Chile en septiembre 1973 
Guerrillero Portada

Chile en septiembre 1973 

A mi amiga la conozco en un congreso pedagógico en Panamá. Sale clandestina cuando el golpe de estado en Chile en la madrugada y mañana del martes 11 septiembre de 1973, después que asesinan a su novio y varios colegas de estudio en la universidad.  Cruza las crestas nevadas de la cordillera, esta vez sin  la compañía del  joven chileno.  Busca refugio en un país amigo. Sabe que partir es morirse un poco. 

En lo adelante, en la clandestinidad, su lucha contra la dictadura de Pinochet (1973-1990) se agudiza; hoy todavía anda en los septiembres de pie por las cordilleras y ciudades chilenas, subiendo y bajando cerros fríos en busca de las almas y las obras de los muertos. 

Gracias a ella, y a la pluma encantada y precisa de Eduardo Galeano, es que  puedo escribir sobre la tragedia chilena. 

En 1972, un millón de personas desfilaba con júbilo en sus corazones por las calles de Santiago de Chile en apoyo a Salvador Allende frente a las momias burguesas, estancadas en sus ideologías. «Era el pueblo rompiendo la costumbre de sufrir, recuperando el cobre, el hierro, el salitre, los bancos, el comercio exterior y los monopolios industriales«,  expresó Eduardo Galeano en El Siglo del Viento.

Entonces, mi amiga «Rosaura«, nombre de lucha, bella como la más chilena, de voz limpia y gesto noble, me escribía áspera y ardiente:  

«Las empresas se rebelan contra el gobierno de Allende, esconden las  mercancías: alimentos y medicamentos, combustible y transporte, servicios y negocios; construyen el mercado negro para beneficio de la poderosa  burguesía.  A ello se suma el Banco Mundial la CIA y la ITT que controla múltiples negocios en todo el mundo: grupos electrónicos y armas sofisticadas, sistemas nacionales e internacionales de comunicación, vuelos espaciales, la explotación de bosques, el turismo, autos y hoteles. Los empresarios paralizan Chile».

Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores!"
Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores!»

Días antes del golpe de estado militar, «Rosaura« me decía: 

«En el horizonte se divisan buques de guerra de los Estados Unidos: el golpe es inminente.  Los generales están exigiendo la renuncia de Allende, le ofrecen un avión para que abandone Chile.  Le advierten que el Palacio Presidencial será bombardeado por tierra y aire. La tensión es tal que los pájaros hablan y los árboles cantan, la gente anda asustada y escurridiza». 

El 11 de septiembre La Moneda es atacada, las bombas llueven; Allende se pone el casco y se prepara para morir en defensa de su pueblo. Habla por radio por última vez: «Yo no voy a renunciar«, dice, y añade: «Más temprano que tarde se abrirán de nuevo las anchas grandes alamedas por donde pasare el hombre libre», «pagaré con mi vida la lealtad de mi pueblo». Finalmente, visiblemente emocionado, clama: “¡Viva  Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores!«    

Una gran nube se eleva desde La Moneda  en llamas. El presidente dispara su fusil y muere en su sitio de lucha. Los militares matan a miles por todo Chile.  Ocupa el poder una  Junta Militar dirigida por el general Augusto Pinochet., quien acaba de consumar su traición a Allende y a su patria; su dictadura abriría el camino para el despojo de los mapuches,  el sufrimiento del pueblo por los seres caídos y se convertiría en el cazador y torturador de su propio pueblo que se dedica a buscar y llorar los muertos. 

Por su parte, el poeta Pablo Neruda, moribundo, pide explicaciones del terror. Su casa es despedazada a golpe de hacha, los soldados de la dictadura se instalan allí, comen y se emborrachan.  Inundada  la casa de basura, agua y barro, el poeta parte hacia el cementerio. La gente se une al cortejo a pesar de los camiones militares erizados de ametralladora, a 12 días del cuartelazo. Se escucha la internacional, el pueblo canta por las calles de Santiago de Chile a pleno pulmón. 

La dictadura no perdona, cinco días más tarde, el 16 de septiembre,  Víctor Jara  (1032-1973) es  torturado y asesinado; le cortan los dedos y la lengua para que no pueda jamás tocar la guitarra y cantar canciones sobre la pobreza y las injusticias.    

A 53 años de los tenebrosos sucesos, Rosaura viaja cada septiembre y anda por las cimas de la cordillera nevada, donde la esperan los chilenos para rescatar la memoria histórica, honrar a los muertos y continuar la lucha.  «Viva la chicha y el vino», nos dice, totalmente identificada con el pueblo, bajo los framboyanes rojos de flor.

El baño de sangre en Chile todavía conmueve al mundo entero.

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