¿Quién ha sido el gobernante más mentiroso en la historia de Cuba? – DIARIO DE CUBA
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¿Quién ha sido el gobernante más mentiroso en la historia de Cuba? – DIARIO DE CUBA

Fidel Castro ante el monumento a Lincoln, Washington, 1959.

Fidel Castro ante el monumento a Lincoln, Washington, 1959.

Cubadebate

«Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo, puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo». Esta filosófica frase la pronunció Abraham Lincoln en 1858 en un debate político con Stephen A. Douglas, un gran rival político suyo. Pero un mitómano compulsivo, nacido hace un siglo en el oriente de Cuba se pasó la vida tratando de demostrar que Lincoln estaba equivocado.

Con su vitrina utópica de la «revolución cubana» engañó a gran parte del pueblo cubano y a toda la izquierda internacional, todo el tiempo. Y al resto de la comunidad mundial cuasi todo el tiempo.

Luego de diez años de haber sido sepultado sigue engañando a millones de personas que aún no saben de su patológico menosprecio por los cubanos, su falta de principios, su egolatría cósmica, soberbia y su narcisismo. Que de niño ya mataba perros mansos y gatos para divertirse. Que se percibía a sí mismo como un genio, alguien muy superior a todos los que le rodeaban, a quienes humillaba groseramente.

En marzo de 1946, en la Universidad de La Habana, Fidel Castro entró en el escenario político pistola (Browning calibre .45) en mano, que exhibía por doquier (le decían «Pistolita»), luego de ser elegido delegado de la asignatura de Antropología Judicial en la Escuela de Derecho.

Como violento gánster se expandió política y criminalmente por La Habana a tiro limpio, matando o hiriendo rivales, hasta por la espalda, como hizo con Leonel Gómez, un pandillero enemigo suyo a quien le atravesó un pulmón de un balazo y no murió de puro milagro.

Cuando al graduarse de abogado en 1950 dejó de disparar, comenzó a engañar todos haciendo creer que era un fervoroso martiano, siendo él, precisamente, la antítesis personalizada de José Martí.

Reinstalar la Constitución de 1940 y la democracia plural

Luego de dirigir el más sanguinario ataque terrorista en suelo cubano, contra soldados durmiendo en el cuartel Moncada, en el juicio celebrado contra él prometió que si derrocaba a Batista, «la primera ley revolucionaria devuelve al pueblo la soberanía y proclama la Constitución de 1940 como la verdadera ley suprema del Estado».

En su folleto-programa político La Historia me absolverá denunció que la dictadura batistiana sustituyó la Constitución de 1940 por unos «Estatutos Constitucionales» que suprimieron el Congreso y anularon la democracia representativa. Y se preguntó: «si ahora el presidente de la República es designado por el Consejo de Ministros ¿quién elige el Consejo de Ministros?»

Agregó: «Hemos promovido la rebelión contra un poder único, ilegítimo, que ha usurpado y reunido en uno solo los Poderes Legislativo y Ejecutivo de la nación (…) cuando el Gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para este, el más sagrado de los derechos (…) cuando una persona se apodera de la soberanía, debe ser condenada a muerte por los hombres libres».

Celebrar elecciones, «no me interesa el poder», no soy comunista

En la Sierra Maestra prometió (por la emisora Radio Rebelde) que al triunfar la «revolución» se reinstalaría el sistema democrático plural y se celebrarían elecciones libres en menos de 18 meses. Que se promovería el apoyo del Gobierno Revolucionario al empresariado privado cubano y la captación de inversión extranjera para el desarrollo del país; que se le construiría cada familia una «vivienda decorosa», etc.

Al entrar en La Habana, luego de permanecer 23 de los 24 meses de guerra antibatistiana en su seguro refugio de la Sierra Maestra, una de las primeras cosas que hizo fue declarar a la prensa: «Yo no soy un aspirante a presidente de la República (…) no me importa ningún cargo público, no me interesa el poder».

En enero de 1959, en el Club de Leones de La Habana, el vitoreado comandante «aclaró» a la prensa: «No somos ni seremos comunistas. Nuestra revolución es genuinamente democrática, genuinamente cubana». Y reiteró su promesa de celebrar elecciones de democráticas en 18 meses

En abril de 1959, Fidel viajó a EEUU y dijo en el Club de Prensa de Nueva York: «Que quede bien claro que nosotros no somos comunistas. Que quede bien claro».  Y en Washington dijo a los periodistas: «No estoy de acuerdo con el comunismo. Cuba no nacionalizará ni expropiará propiedades privadas extranjeras y buscará, por el contrario, inversiones adicionales».  

En aquella misma visita, en Washington dijo en el programa de televisión Meet the Press, en la sede de la cadena NBC: «El pueblo de Cuba sabe que el Gobierno revolucionario no es comunista».

Ya atornillado en el poder con las milicias, se quitó la careta

Pues bien, al tomar el poder Fidel Hipólito hizo todo lo contrario. Tan pronto se sintió bien atornillado en el poder, sobre todo luego de crear sus «camisas azules» (las Milicias Nacionales Revolucionarias), su ejército personal de fanáticos, como antes hicieron Mussolini con sus «camisas negras» y Hitler con sus «camisas pardas», y después de la «desaparición» de Camilo Cienfuegos, su único potencial rival político por entones, se quitó la careta y no le importó admitir que se había estado burlando de todos, todo el tiempo.

En febrero de 1959 sustituyó la Constitución de 1940 por una Ley Fundamental que redactó él mismo personalmente. Colocó el cargo de primer ministro (su cargo oficial desde el 16 de febrero de 1959) por encima del presidente de la República, suprimió el Congreso y pasó el Poder Legislativo al Consejo de Ministros presidido por él.

Luego acusó de «traición a la patria» al presidente Manuel Urrutia por comentar a periodistas la necesidad de celebrar las elecciones prometidas. Urrutia tuvo que huir ir de Palacio y se refugió en la Embajada de Venezuela. Y poco después el comandante declaró tranquilamente «¿Elecciones para qué?».

El 13 de octubre de 1960 estatizó toda la economía del país (excepto los pequeños negocios familiares), incluyendo todas las propiedades estadounidenses valoradas entonces en unos 1.800 millones de dólares, unos 11.000 millones de dólares de hoy.

Cinco meses después, el 16 de abril de 1961, declaró oficialmente el carácter comunista de su «revolución», y enfatizó que él era marxista-leninista hacía tiempo. Y el 22 de diciembre de ese mismo año en un discurso en la Plaza de la Revolución, remató: «¿No quiere socialismo el imperialismo? ¡Pues bien, le daremos tres tazas de socialismo!». Y cerró su discurso con «¡Viva el socialismo!, ¡Patria o Muerte!».

Su Gobierno violó todos los derechos y los bañó en sangre

Del «patriótico postulado» enunciado por él en el juicio por lo del Moncada, acerca de que cuando «un Gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para este el más sagrado de los derechos», vale recordar el baño de sangre con miles de civiles fusilados por motivos políticos tan pronto asaltó el poder.

Y del apoyo del Gobierno Revolucionario al empresariado privado, lo que hizo fue expropiarlos sin pagarles un centavo, y de hecho expulsarlos del país a crear riquezas para otros pueblos y países, no para Cuba.

Ni siquiera cumplió lo prometido con la Reforma Agraria, pues en vez de entregar la tierra a los campesinos no propietarios lo que hizo fue estatizar el 80% de todas las tierras cultivables del país y crear los improductivos latifundios estatales que ya habían matado de hambre a decenas de millones de soviéticos y chinos.

En fin, de cómo Fidel Castro siguió mintiendo y engañando a los cubanos y al mundo se podrían escribir muchas páginas. Pero creo que con lo aquí repasado es suficiente para denunciar el escarnio, lo insoportable que resulta para el pueblo cubano el homenaje que se le rinde a quien podríamos llamar literalmente «La Bestia de Birán», el déspota que tanto hizo y sigue haciendo sufrir al pueblo cubano.

Y para terminar como comencé, vale recordar que en su primera visita a EEUU luego de asaltar el poder, en abril de 1959, Fidel se quitó la gorra y se hizo fotografiar por el cubano Alberto Korda al pie del monumento a Abraham Lincoln en Washington mirando fijamente, con supuesta admiración, al emblemático prócer estadounidense de quien él se estaba burlando todo el tiempo.

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1 comentario

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La ironía del caso Castro I es que todos los cubanos dentro de ese país se saben la historia de este artículo y le siguen rindiendo homenaje al déspota. Se merecen nuestro respeto, sí, los cubanos que se prestan para el juego de trono.

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