Matemáticas para el pensamiento
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Matemáticas para el pensamiento

Decir matemáticas a veces es provocar una mueca de rechazo en muchas personas porque es una materia temida en edad escolar, de las más importantes y decisivas para los estudios, pero también para la vida.

Claro que es cuestión de gusto porque tenemos cierta inclinación hacia determinados campos del conocimiento por afinidad, porque se nos da bien, porque lo entendemos, por muchos motivos, pero quizás lo que sucede con esta aversión es que la matemática se impuso, no se tuvo un profesor entregado que enamorara, que enseñara a pensar, que hiciera comprender en qué consiste una ecuación y explicara que resolver un problema matemático no puede hacerse desde lo mecánico sino que lleva bastante de interpretación.

Y esto sucede en casi todo aspecto de la vida que lleve razonamiento y que en su lugar se emplee, sobre todo, la memoria sin análisis, el recitar y repetir conceptos en automático. Es un error, y así no hay pasión que se pueda desatar. No obstante de que reneguemos, necesitamos las matemáticas para todo, hasta para cocinar.

Pero decir matemáticas es que regresen recuerdos escolares que hacen sudar: la pizarra llena de números, una fórmula gigantesca que parecía escrita en arameo, el temor a equivocarse frente al aula, el silencio y la sensación de que hay personas que son buenas para los cálculos y otras condenadas, irremediablemente, a no entender. Pero no es así.

El desacierto puede estar en que nos han hecho mirar las matemáticas únicamente como una asignatura cuando no son solo operaciones, fórmulas y resultados, sino, y antes que todo, una forma de organizar el pensamiento que aparece en nuestras vidas muy pronto de manera innata.

Si un niño intenta descubrir cuántas piezas necesita para completar una construcción con legos, está sumando y restando; cuando clasifica objetos por tamaño es que reconoce en ellos una secuencia y calcula cuánto falta. Contar ya es una operación matemática que exige memoria y pensamiento, se comienza simple y escala.

Cuando ese mismo niño busca una estrategia para ganar un juego o descubre que una figura puede dividirse en otras, está haciendo una operación profundamente matemática aunque lo haga un poco rústico y aunque todavía no conozca un solo símbolo algebraico, lo hace de manera natural, sin mucho esfuerzo.

El problema es que luego llegan los temores, es cierto que se complejiza y aparece la presión escolar, por eso lo importante es no perder el hilo, vencer cada etapa antes de pasar a la siguiente porque en el arrastrar dudas se quedan lagunas que imposibilita resolver después.

Por eso es valioso que en ese inicio matemático de la vida de un niño se fomente una relación distinta con los números desde la curiosidad, no con el pánico al fallo porque de la equivocación también se aprende.

La matemática obliga a hacerse preguntas y eso es fundamental para estimular el pensamiento porque, es indudable, debemos pensar antes de calcular para llegar a una solución, y en ese camino evaluamos errores así como qué posibilidades tenemos, cuál se ajusta mejor y si existe alternativa para encontrar el mismo resultado

Ese proceso de razonamiento es más significativo que memorizar una fórmula. Más allá de lo elemental, y en la práctica, asimilar de verdad las matemáticas es desarrollar la capacidad de razonar y utilizar sus recursos para formular, interpretar y resolver problemas en situaciones reales. Es esencial para la vida.

No es una mera secuencia de ejecutar operaciones como un robot, se trata de emplear conceptos y herramientas para comprender y explicar, poder predecir y tomar decisiones.

 

 

 

Lo más curioso es que las matemáticas comienzan de a poco, como a fuego lento incrementa su nivel de dificultad al tiempo que nos entrenan, como si nuestro cerebro fuera al gimnasio y cada vez pudiera más y más. Así funciona. No podemos pretender entender una ecuación logarítmica sin saber dividir fracciones, por ejemplo.

Las matemáticas trabajan directamente las capacidades relacionadas con las llamadas funciones ejecutivas, o sea, la memoria de trabajo, la inhibición de respuestas impulsivas y la flexibilidad cognitiva.

En este sentido las habilidades adquiridas serán de utilidad más allá de la escuela porque las matemáticas están por todas partes. Lo más básico es cuando nos toca pagar la compra y calculamos si nos alcanza y si nos devolvieron lo justo, cuando comparamos precios o soñamos con adquirir, no sé, un vestido, y nos toca planificarnos en cuánto tiempo será posible según nuestras finanzas. ¿No es eso matemáticas a simple vista?

Pero es similar cuando seguimos una receta, cuando distribuimos una apretada agenda de trabajo para que nos rinda las 24 horas del día, cuando medimos distancia entre un lugar y otro para saber si se está lejos o no, incluso cuando ubicamos los muebles en la casa porque, sin saberlo, se emplean nociones espaciales, de proporción y geometría.

Y así, es inmensa la lista de ejemplos que inundan la vida cotidiana compuesta de pequeñas decisiones cuantitativas. Las matemáticas nos rodean, están tan presentes y ni siquiera nos detenemos a pensarlo, solo ejecutamos.

Estudiosos en el tema refieren que los primeros contactos con el pensamiento matemático construyen los cimientos sobre los que después será posible edificar conocimientos más complejos. De ahí que sugieran observar a los niños que inician en este mundo a través del juego, lo cual favorece que puedan inmiscuirse de forma más natural en este camino que luego, a veces, se tuerce cuando llega la competencia y la atención no personalizada, además de factores ambientales y psicológicos.

Tampoco se trata de convertir la infancia en una escuela de sumar y restar, ni imponerle contenidos aburridos que no estén acordes a su edad y a lo ya aprendido. Eso no. Pero hay muchas maneras de estimular. Los rompecabezas, clasificar figuras, completar series, encontrar diferencias, jugar con dominós, esto y más implican operaciones matemáticas a través del reconocimiento de patrones, cantidades, relaciones espaciales y reglas.

Lo que inicia como entretenimiento nos prepara para resolver problemas cotidianos, nos trabaja la capacidad de razonar hasta encontrar caminos. Es cierto que su estudio es obligatorio en la escuela y no debería asumirse como tortura, en eso recae la responsabilidad de maestros. Sepamos que no existen cerebros «matemáticos» y mentes castigadas por la incomprensión del campo de los números, sino diferentes experiencias educativas, oportunidades, ritmos y, por supuesto, dificultades específicas que requieren apoyo.

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