
Sin dudas, uno de los grandes pedagogos latinoamericanos del siglo XX resultó el brasileño Paulo Freire, quien no solo ejerció el magisterio, sino que lo problematizó como espacio político y lo ensanchó como terreno de liberación. Pensando en maestras, maestros y estudiantes cubanos, que en medio de condiciones muy difíciles se lanzarán a la aventura de un nuevo curso escolar, resumimos cinco ideas freirianas, con la fe de que se conviertan en herramientas para el duro, cotidiano e infinito proceso de educar.
«Leer es un acto más creador que “pasear” simple o ingenuamente por las palabras. Leo más y mejor cuando, enterándome de la sustantividad de lo que leo, me voy haciendo capaz de reescribir lo leído, a mi manera, y de escribir yo mismo lo no escrito todavía. No puede disociarse el acto de leer del acto de escribir».
«Debemos empeñarnos intensamente en promover la concepción de la historia como posibilidad. En la historia como posibilidad no hay lugar para un futuro inexorable. Por el contrario, el futuro siempre es problemático. (…) Supone reconocer o constatar la importancia de la conciencia en el proceso de conocer, de intervenir en el mundo. La historia como tiempo de posibilidad supone la capacidad del ser humano de observar, de conocer, comparar, evaluar, decidir, emprender nuevos caminos, ser responsable; presupone la capacidad de ser ético, y de transgredir la propia ética».
«Los sueños son proyectos por los cuales se lucha. Su realización no se verifica fácilmente, sin obstáculos. Más bien al contrario, supone avances, retrocesos, marchas a veces demoradas. Implica lucha. A decir verdad, la transformación del mundo a la que aspira el sueño es un acto político y sería una ingenuidad no reconocer que los sueños tienen sus contrasueños».
«Es imposible que pensemos en el mañana, más próximo o más remoto, sin que nos encontremos en un proceso permanente de “emersión” del hoy, “mojados” por el tiempo en que vivimos, tocados por sus desafíos, incitados por sus problemas, inseguros ante la insensatez que anuncia desastres, poseídos por una justa rabia ante las profundas injusticias que expresan, en niveles que causan asombro, la capacidad humana de transgredir la ética. O también alentados por las manifestaciones de amor gratuito a la vida, que fortalecen en nosotros la necesaria, pero a veces debilitada, esperanza».
«Como programa, la desesperanza nos inmoviliza y nos hace sucumbir al fatalismo en que no es posible reunir las fuerzas indispensables para el embate recreador del mundo. No soy esperanzado por pura terquedad, sino por imperativo existencial e histórico. (…) Necesitamos la esperanza crítica como el pez necesita el agua incontaminada. (…) Prescindir de la esperanza en la lucha por mejorar el mundo, como si la lucha pudiera reducirse exclusivamente a actos calculados, a la pura cientificidad, es frívola ilusión. Prescindir de la esperanza que se funda no solo en la verdad sino en la calidad ética de la lucha es negarle uno de sus soportes fundamentales».
En cada espacio en que se dijo «lucha», léase, por supuesto, lucha; y léase, también, educación.


