La confrontación entre la rentabilidad inmediata y la preservación del rigor encuentra en la Cuba contemporánea un laboratorio de singular complejidad. El tejido musical de la Isla, históricamente caracterizado por una rigurosa formación académica y un patrimonio popular de universal valía, experimenta hoy una profunda reconfiguración.
El caso de fenómenos recientes como el proyecto Mamá Estoy Brillando no constituye un suceso aislado, sino el síntoma de una dinámica donde la producción autodidacta digital, la autonomía del circuito informal y los nuevos consumos juveniles desafían de forma directa los mecanismos tradicionales de legitimación institucional.
Para diagnosticar este fenómeno es preciso rastrear sus antecedentes en la propia evolución de la música urbana insular. La irrupción del reguetón en los años 90 y la posterior consolidación del reparto (matriz rítmica nacida en los márgenes urbanos e íntimamente ligada a la pulsión de la rumba y los códigos del barrio) sentaron las bases de un lenguaje sonoro de altísima penetración social. Sin embargo, la vertiente contemporánea da un paso más allá al articular la cadencia autóctona con referentes de la cultura pop global, el trap y una cuidada propuesta de diseño e imagen. Este proceso prescinde de la mediación de las instituciones culturales y de la industria discográfica estatal, encontrando en las plataformas de streaming, las redes sociales y la distribución alternativa su canal natural de expansión.
La encrucijada conceptual que plantea este fenómeno no radica en su existencia o en su innegable capacidad de convocatoria, sino en la pérdida del oficio técnico que entraña su metodología de producción. La sustitución de la orquestación y el dominio instrumental por la inmediatez del software de edición, los bucles digitalizados y la modulación vocal artificial genera una obra concebida bajo la lógica del impacto efímero. Cuando esta estética estandarizada pretende desplazar la exigencia del repertorio acústico y ocupar indistintamente todos los escenarios de la nación, la política cultural enfrenta el deber imperativo de marcar un límite conceptual claro.
Con la publicación de esta tercera entrega, concluye la serie ensayística sobre el estado de la música en la esfera pública contemporánea. A lo largo de este tríptico, se ha articulado un diagnóstico severo pero indispensable sobre las tensiones que atraviesan la gestión cultural moderna: la encrucijada entre el rendimiento financiero inmediato y el deber histórico de salvaguardar el nivel intelectual de la sociedad.
Desde la crítica a la hiperestandarización del producto urbano comercial hasta el examen comparativo con las respuestas estéticas de la posguerra y el análisis del contexto insular reciente, quiero convocar a una postura firme frente a la simplificación del lenguaje artístico. Su defensa del rigor no busca marginar la diversidad ni acallar la espontaneidad del espacio festivo, sino recordar que la jerarquía de las instituciones culturales es el único valladar capaz de sostener la soberanía sensible de una nación.
LA VIGENCIA DEL RIGOR
El recorrido que he trazado a lo largo de esta trilogía reafirma en mí una certeza irrevocable: ninguna sociedad puede costear la sostenibilidad de sus instituciones al precio de su propio empobrecimiento ético y estético. Entiendo y reconozco que la coexistencia de manifestaciones heterogéneas en nuestra vida pública es un síntoma de pluralidad legítima; no obstante, me niego a aceptar que confundamos la masividad con el valor, o la rentabilidad inmediata con el mérito artístico. Hacerlo significaría renunciar al criterio de excelencia sobre el cual hemos edificado, nota a nota, nuestra memoria colectiva.
Frente al sonido procesado por el algoritmo, la inmediatez de un consumo efímero y la cesión impúdica de los espacios simbólicos al dictado del mercado, asumo la salvaguarda de la alta cultura y del patrimonio acústico como una trinchera inalienable del intelecto. Exigir madurez, trayectoria y rigor a quienes pretenden subir a los escenarios sagrados de nuestra patria no es, bajo mi concepción, un acto de segregación; es un ejercicio elemental de dignidad y respeto hacia el público. Proteger nuestros templos del arte es mi compromiso como artista y educadora, para garantizar que las futuras generaciones encuentren siempre un espacio donde la belleza, la disciplina y la verdadera complejidad sonora sigan siendo un refugio imperecedero.
(Por: María de los Ángeles Horta Hernández)



