Ellos son los patriarcas
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Ellos son los patriarcas

De los tesoros que tenemos en casa, uno de los más valiosos son nuestros ancianos. Ellos son nuestro pasado, pero también el presente forrado de historia, experiencia y empeño.

Cada uno de ellos tiene qué contar, un camino andado que respetar y, por eso, porque han llegado al final del camino, porque a unos la vida les sonrió más y a otros menos, porque pudieron formar una familia o no, porque sus rostros hoy denotan cansancio y templanza a la vez, es que merecen toda consideración.

Que unos se equivocaron más que otros, es cierto, pero la gran mayoría ha puesto lo mejor de sí. 

Soy del criterio de que al anciano hay que venerarlo, al que vemos en la calle, al vecino, pero mucho más al que tenemos en casa. Sí, justamente a ese,  que sentado en el sillón de nuestra sala, disiente, protesta, acaricia, besa y protege con sus oraciones o plegarias.

Al que nos pelea cuando algo no le gusta o lo hemos hecho mal; al que pide a gritos atención, al olvidadizo; al que no quiere que le toquen lo suyo; al que ya es torpe al andar; al que no entiende las relaciones sociales de hoy , ni la manera  de emparejarse, ni de criar; al que pasó de moda; al que nos cuidó de chicos y hoy ha perdido habilidades físicas o mentales; al que espera ayuda; al que nos sigue amando desde el remanso de un sillón.

Bien dijo José Martí que la voz de los ancianos tiene algo de los otros mundos: tiene algo de religión, de paz no humana, algo de revelación y profecía, y agregaba: «Se tiene como una garantía de consuelo en las palabras de un honrado anciano”.

Y es que ellos encierran sabiduría. Los años vividos les arrojaron experiencias que quieren transmitirnos, siempre para bien. El Apóstol hizo referencia a este tema y tuvo palabras de veneración en sus escritos, a ellos se refirió con mucho respeto, pleitesía y honores, pero, sobre todo, con obediencia. “La ancianidad es sublimemente sintética. Habla como los pueblos antiguos, en frases cortas, con grandes palabras”.

Y no es la primera vez que escribo sobre el tema, pero Martí para ellos utilizó palabras que los ubican en el lugar cimero como venerables, fuertes, luz, paz, revelación, profecía, alma, fe y pujanza.

El tratar bien a los más añosos, a los que ya han sentado historia y obra,  tiene que ver con los sentimientos y humanismo de cada quien de forma individual y de cada sociedad o Estado. 

A la gente de bien toca defender el tema y desafiar barreras para que ellos reciban el cuidado que merecen, sean bien atendidos y no olvidados. Decía Martí:

“…Y enternece de veras, como todo hombre que defiende a los humildes, y toda cabeza blanca en la que no se ha apagado el entusiasmo. ¡Cansa tanto la vida! En la calle nos debíamos quitar el sombrero cuando pasan los ancianos”.

Para apreciar a los adultos mayores, no basta con escuchar sus consejos cuando estamos en problemas, un ratico y ya, sino pensar en ellos de manera integral; saber sus preocupaciones, dolores, anhelos, sueños, estado de ánimos, y sin limitarnos, ser protagonistas en la solución de sus problemas o, al menos, intentarlo. 

Al respecto, volvemos a las ideas del Apóstol cuando afirmó que: “¡Oh, qué bien hace el que consuela a los ancianos!”.

Ellos merecen más que migajas. Ya aportaron, a la familia y a la sociedad, ahora solo queda hacer por ellos y honrarlos. 

Solo las personas virtuosas saben valorar lo que recibieron y lo que deben a esas generaciones. En fin, los de cabellos blancos merecen ser amados, porque al final, y lo decía también Martí, ellos son los patriarcas.

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