Evocaciones sobre sus encuentros con Fidel del destacado escultor Andrés González, creador de la obra ubicada en la Tribuna Antimperialista José Martí
El silencio parlante del arte establece diálogos de arraigo en la memoria. Quizás, al recordar, escapa la palabra precisa disfrutada en instantes anteriores, pero los gestos y las atmósferas vividas son un fuerte nexo con lo nunca olvidado.
Para el destacado artista Andrés González contar lo que nunca imaginó es motivo de infinitos gozos íntimos. Lo relata junto a su hijo Andrés González Pak, joven escultor ávido por interiorizar saberes y experiencias sobre quien considera: “su maestro en la profesión y la existencia”.
Ambos tienen ante sí la réplica de la obra inspiradora. Espontáneo, cálido, confiesa el padre: “José Martí está presente en cada creador cubano. La filosofía identitaria del Apóstol es un nutriente implícito al reflexionar sobre ideas, conceptos y expresiones artísticas.”.
Habla despacio; pausado, tal vez para explicarse él mismo las emociones sentidas durante los encuentros con Fidel, quien determinó que fuera su pieza la elegida para ser ubicada en la Tribuna Antimperialista José Martí.
Conversamos en el modesto taller donde Andrés ha concebido parte de su amplio, diverso y valioso repertorio de escultura monumentaria expuesto en Cuba y numerosos países de diferentes continentes.
“El Comandante en Jefe siguió paso a paso todo el proceso creativo. De manera frecuente envió a un fotógrafo para dejar constancia de cómo avanzaba el trabajo. Me impresionó la manera respetuosa y ética de su interés por conocer detalles de nuestra labor”.
Asiente y hace énfasis en el valor de tantos recuerdos.
“El afán indagatorio del Comandante en Jefe lideró siempre cuando nos encontramos tras la inauguración del emotivo hecho. Quería saber sobre mí, de donde era. Le expliqué: soy oriundo del poblado La Palma, en Pinar del Río. Todo comenzó porque me gustaba tallar maderas, darles otras formas para transformarlas. Era un mero juego entretenido. Encauzó esa afición un instructor de artes plásticas; después cursé la Escuela Nacional de Arte y obtuve una beca para estudiar en el Instituto Académico de Moscú de Bellas Artes Surikov, donde permanecí los 6 años de la carrera”.

Sonríe al expresar: “Siempre tuve a Fidel en un pedestal. De pronto estaba junto a mí un hombre sensible y humano. Trataba de comprender el arte en su transcurrir. Incluso desde la observación al boceto original. Me he sentido feliz, pues ansiaba, igual que yo, ser partícipe del misterio de cada pieza. Esa razón constituye un fuerte abrazo afectivo.”
“Me emociona recordar que mandó a realizar más de seis mil estatuillas de nuestra pieza con el propósito de multiplicarla en varios lugares en los que el pueblo pudiera adquirirlas.
“Tampoco fue difícil explicarle el surgimiento en la mente de ideas nuevas. Estas no son cuestiones que afecten solo a la creatividad y la manera de manifestarse en la creación artística, sino que dan cuenta de la naturaleza misma del hombre y del conocimiento científico.
“Admiró los aportes de Carlos Enríquez, quien fue calificado por Félix Pita Rodríguez como el más cubano de los pintores. Estuvo entre los primeros artistas que rompió con el academicismo de la década del 20 al ser un precursor de la vanguardia. Junto a otros jóvenes luchó en defensa del arte moderno en Cuba.
“Sin embargo, a Fidel no le gusto su obra La muerte de Martí de 1939. Dijo: “no concibo a Martí muriendo y cayendo de su caballo. Esa no es la imagen que yo quiero de Martí. Para él, el arte es combate, vida, fuerza, estímulo al pensar y a la conciencia”.

Riqueza de su imaginario
Escuchar al artista durante sus evocaciones revela aristas del redescubrimiento de Fidel atento al infinito caudal de la cultura sin obviar las particularidades del arte como un sistema de signos inspirado en próceres y homenajes.

El intelecto de Andrés desborda una plena laboriosidad imaginativa. Sus ideas tienen la solidez de un artista presto al estudio, las investigaciones y la búsqueda de expresiones propias.
“En ocasiones, Martí nos ha llegado estático, tranquilo, en fotos y otros documentos. Esas imágenes de ningún modo tienen correspondencia con la poética combativa del Apóstol. Lo esencial del arte es emocionar, conmover, llegar al alma del ser humano y tocarla para despertar la conciencia, el disfrute y el valor símbolo de lo que uno lo quiere decir y cómo lo quiere decir.
“Cultor de la palabra y de las imágenes en su oratoria fue el Comandante. Sin duda, un ejemplo de emotividad que sentí ampliamente estimulada ante mi obra Martí Antimperialista, porque esa también es la razón elocuente de su creatividad presente en todos los órdenes de la vida. Así es Fidel para todos los tiempos”.
Vuelve el artista a su taller modesto casi siempre en penumbras. Lo anima ver la vida con los ojos de la escultura, pues esta se ha convertido en la expresión de su pensamiento en el encuadre visual y en la satisfacción de transmitirle a su hijo lo aprehendido que necesita alimento a diario. Vuelve una y otra vez a cierta idea recurrente en su discurso estético: “la escultura monumentaria es una exposición permanente y con ella hablo a las mayorías para sentirnos cerca y acompañados en un diálogo permanente para aguzar la sensibilidad de las personas. Por eso lucha Fidel mediante su legado”.



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