“No era el trabajo que nos prometieron”. Lo supo el mismo día que llegó, cuando la hicieron subirse a unos tacones de diez centímetros para modelar frente a desconocidos. Le habían hablado de un empleo como camarera: contrato, salario, estabilidad. Dos meses después, no tenía nada de eso. Solo preguntas y la sensación de haber confiado demasiado.
Jan tenía 23 años cuando decidió irse. Como muchos jóvenes cubanos en los últimos años, apostó por salir del país buscando una oportunidad distinta, comenzar de cero. Tenía trabajo, hacía fotos para una mipyme, ganaba un salario que, dentro de todo, le permitía sostenerse. No vivía mal, pero tampoco le alcanzaba para dejar de pensar en lo que podía haber más allá.
Fue en Facebook donde apareció la oportunidad. Un anuncio cualquiera, ofreciendo lo que parecía una salida organizada: cien personas y contrato de trabajo. El sueldo prometido era mejor que el que tenía aquí, y había algo que pesaba más que todo lo demás: la posibilidad de irse.
«El salario era de 500 dólares al mes. Se lo comenté a mi esposo y su respuesta fue: ‘¿Tú estás segura?’, porque todo el que emigra tiene ese miedo de que, al llegar al exterior, lo prometido se esfume y la realidad sea prostitución, tráfico de órganos y hasta peor», confiesa.
No se lanzó a ciegas. Preguntó y buscó referencias. Del otro lado, le respondieron con lo que necesitaba escuchar. “Pedí el contacto de personas que ya estaban allá para corroborar la información. Me dieron el de una muchacha que había trabajado conmigo en Cuba, y ella me dijo que sí, que el salario no era gran cosa, pero daba para vivir.
«Otra me dijo que había tenido una mala experiencia, que incluso se había alejado de las personas que la habían llevado hasta allá, pero que al final se resolvía. Y uno se queda con eso, con que al final se resuelve”.
Había condiciones: contrato por dos años, parte del salario retenido como depósito, el pasaporte bajo control de la empresa. “Yo sabía lo del pasaporte, sabía que te quitaban 200 dólares todos los meses del salario durante el primer año. Al final te quedaban 300, pero uno dice: bueno, aguanto dos años, ahorro, y después busco algo mejor».
El viaje fue largo, sin posibilidad de avisar a la familia. Cuando aterrizaron, el cansancio no era lo más importante. Era la sensación de estar entrando en algo que todavía no terminaban de entender.
“Nos pasamos todo ese tiempo sin comunicación, sin internet, sin nada. Llegamos y nos montaron en unas ‘vans’ y nos llevaron a lo que parecía un barrio normal. Nos condujeron a un local a probarnos trajes porque al otro día teníamos un ‘evento’. Yo no entendía bien qué era, pero ya algo no cuadraba.
“Nos dieron tacones y vestidos. Recuerdo que pensé: esto no es de camareros y supe que no íbamos a trabajar de lo que decía el contrato”. A partir de ese momento, todo fue adaptación forzada. Un país completamente distinto, un idioma incomprensible, reglas nuevas, exigencias inesperadas. El grupo era grande, pero eso no significaba compañía.
“Es un choque grande para alguien que viene de un país totalmente distinto. El idioma es una pesadilla. Encima de eso, nos tenían entrenando cinco o seis horas diarias, caminando con un libro en la cabeza para mantener el equilibrio. Había gente que nunca había usado zapatos altos. Era demasiado en muy poco tiempo”.
Lo más difícil no fue el trabajo. Fue el ambiente. “Había una mujer, -psicóloga y manager cubana al frente del grupo- que usaba lo que sabía de Psicología para manipularnos. Iba de habitación en habitación hablando mal de uno con el otro, creando chismes. Ella sabía que, si nos uníamos, tenía menos control, y se encargaba de dividirnos”.
En un país extraño, lejos de todo lo conocido, ese grupo era lo único cercano y poco a poco, eso también se fue rompiendo. «Ver a todos mirándonos con rechazo, por la manipulación de la supuesta mánager, fue lo más difícil, porque lejos de nuestra familia, esta gente era lo más cercano que teníamos», comparte.
El control no se limitaba a las relaciones. También estaba en los horarios, en las salidas, en cada detalle de la rutina. “Nos tenían como si fuéramos niños. Había que firmar un papel declarando dónde ibas, a qué hora regresabas. No podías salir después de cierta hora. Todo era controlado. Además, multas por todo. Si el maquillaje estaba mal, multa. Si te faltaba algo del vestuario, multa”.
El mismo lugar donde todo empezó a torcerse guardaba historias que nadie les contó al llegar. “Nos enteramos de que el hotel llevaba años cerrado. Allá, los prostíbulos están prohibidos, pero había una especie de ‘club’ con personas trabajando como ‘acompañantes’ para otras con dinero.
«A eso se sumó que nos hicieron firmar un papel que establecía que, en caso de sucedernos algo, no se harían responsables de enviar nuestro cuerpo para Cuba. ¿Por qué habría de pasarnos algo? Nos dio mucho miedo en ese momento», revela.
Entonces, cuando ya estaban ahí, ya habían pasado el choque inicial y empezaban a adaptarse a esa nueva normalidad, todo se cayó sin aviso. “Dos meses después nos llaman y nos dicen que el contrato -que debía durar dos años- se acabó. Así, sin más. Nos dieron menos de diez días para decidir si nos íbamos para Cuba o nos quedábamos”.
El golpe no fue solo económico. Fue emocional. “Mucha gente había vendido todo en Cuba para venir y de repente estás en un país donde no conoces nada, sin trabajo, sin dinero, con un plazo para decidir tu vida. Fueron noches de no dormir, de desespero, de llanto, de no saber que pasaría con nosotros. No queríamos regresar después de todo lo que habíamos pasado para llegar hasta aquí».
En medio de la incertidumbre, Jan buscó ayuda por vías oficiales. “Cuando nos cancelaron el contrato, contacté a una cónsul cubana. Me dio asesoría, pero en la práctica no pudo hacer nada”, cuenta.
Lo que escuchó entonces terminó de darle forma a lo que ya intuía. “Ella me explicó que la manera en la que habíamos llegado era considerada un fraude. Esos contratos no pasan por la embajada cubana, no son legítimos. Para ellos, eso es trata de personas”.
Las opciones que tenía sobre la mesa no eran simples. “Me dijeron que podía ir a Recursos Humanos o incluso a la Policía y denunciar todo, con pruebas y detalles, pero nosotros teníamos menos de ocho días para encontrar trabajo o regresar a Cuba. No podíamos darnos el lujo de enfocarnos en una denuncia”.
Con el tiempo, aparecieron otras posibilidades, pero también nuevos obstáculos. La cancelación del contrato no fue solo una ruptura laboral. Fue la confirmación de un sistema que operaba a sus espaldas. “Cuando nos cancelaron a los dos meses, los jefes de la compañía recibieron una indemnización por parte de los dueños del hotel por incumplimiento del contrato. Eran mil 500 dólares por cada trabajador… y ese dinero nunca llegó a nosotros”, dice Jan.
No hubo explicación. No hubo reparto. No hubo derecho. “Ellos sabían que eso no era legal. El Código de trabajo de ese país prohíbe muchas de esas prácticas, pero aun así lo hicieron. Se quedaron con un dinero que era nuestro”.
Lo que parecía una cadena de irregularidades empezó a adquirir un patrón, que se sostiene sobre una promesa: salir del país y que, en la práctica, coloca a las personas en una posición de vulnerabilidad donde pierden control sobre su trabajo, su salario y, en muchos casos, su capacidad de decidir. La línea entre una oferta laboral engañosa y la trata de personas deja de ser difusa cuando se acumulan estos elementos.
No se trata solo de viajar bajo falsas promesas. Se trata de ser captado, trasladado y mantenido en condiciones distintas a las acordadas, bajo mecanismos de control y dependencia económica.
Lo que vino después fue otra etapa, igual de incierta. Buscar trabajo no era como lo habían imaginado. “No es que tú vas a un lugar y pides trabajo. Necesitas un agente. Nosotros ni siquiera sabíamos eso antes de venir”.
“Decidimos irnos a un parque acuático que es muy conocido y dónde trabajaban extranjeros. Logramos hablar con alguien de Recursos Humanos y nos dijo que tenía que comunicarse con quien estuviera frente a nosotros. Ingenuamente, pensamos que nuestra manager nos iba a ayudar, pero lo único que hizo fue decirnos que teníamos que regresar al hotel, que todavía teníamos trabajo que hacer.
“Nos habían dado ocho días para encontrar algo o irnos para Cuba, pero al mismo tiempo querían que siguiéramos trabajando quince días más, sin contrato. ¿Sabes lo difícil que es tener que actuar y sonreír en un show, como si todo estuviera bien, sabiendo que si no consigues trabajo tienes que regresar a Cuba con menos dinero del que trajiste… porque mucha gente vendió todo para venir? Eso era una pesadilla”.
La historia de un segundo grupo -que debía arribar posterior a su llegada- todavía le pesa cuando la cuenta. “El otro grupo de muchachas que venían para acá nunca llegó. Las pararon en el aeropuerto, cuando vieron el contrato donde decía que les iban a quitar el pasaporte. Eso es ilegal. Las interrogaron una por una. Les preguntaban qué tenían en común, por qué venían todas juntas, por qué eran jóvenes… y al final no las dejaron salir.
“Ellas estaban en el aeropuerto con sus maletas, sin dinero, muchas habían dejado todo en Cuba, incluso sus líneas telefónicas con la familia y de pronto no podían irse. Nadie se imagina algo así cuando está montándose en un avión. A mí eso me dio un sentimiento… porque tú sabes lo que hay detrás de ese viaje, todo lo que tuvieron que hacer para llegar hasta ahí”.
Nada de eso estaba en la promesa inicial. Como tampoco lo estaba el hotel y, detrás de esa estructura hay nombres, rostros, historias que se repiten. “Nos guiaba un individuo que había vivido alla, trabajó con su esposa, estuvo como cinco años, hizo dinero y después regresó a Cuba, pero sigue trabajando con las mismas personas de aquí, un matrimonio de dueños de la ‘compañía’.
Es ese el puente. La conexión entre la promesa en Cuba y la realidad. “Ellos son los que traen a los cubanos para acá. Muchos sitios trabajan con esa compañía porque les conviene pagar menos. Por ejemplo, si un parque le paga a un bailarín, ellos -los encargados de la compañía- le pagan poco menos de la mitad. El parque paga una cifra, pero a ti te llega otra completamente distinta”.
A eso se sumaban las exigencias. “Hay estándares de belleza muy fuertes. Si eres hombre tienes que medir más de 1.80 m, si eres mujer, más de 1.68 m. Si no eres blanco a más no poder, pierdes oportunidades. Si no tienes el cuerpo que ellos esperan, pierdes oportunidades. Todo eso nadie te lo dice antes de venir».
Aun así, Jan no habla desde el arrepentimiento total. Habla desde la conciencia de lo que significa tomar decisiones en un contexto como el suyo, por eso insiste en algo que, ahora, le parece básico: “Si su deseo es emigrar, investiguen. Pregunten. No se queden con lo primero que les dicen. Busquen testimonios reales, hablen con gente que esté en el lugar, y traten de hacerlo de la forma más segura y legal posible».
La historia de Jan deja una advertencia que va más allá de su propio recorrido. En su experiencia se cruzan decisiones marcadas por la urgencia de emigrar y un contexto donde no siempre se cuenta con información suficiente para identificar riesgos.
Su testimonio pone sobre la mesa la importancia de orientarse antes de aceptar ofertas que implican salir del país, verificar su legitimidad y comprender que detrás de algunas promesas pueden esconderse dinámicas de control y explotación. En ese sentido, su historia no es una excepción cerrada, sino un reflejo de situaciones que pueden repetirse cuando la falta de información y la vulnerabilidad abren la puerta a posibles redes de engaño.
Nota: El nombre utilizado es un seudónimo para proteger la identidad de la entrevistada.
