Crónica: Tarde con Livia y con Ana
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Crónica: Tarde con Livia y con Ana

Livia Russo no fue la primera que nos recibió en la puerta del Museo del Deporte Dominicano, pero sí la que más nos acompañó en todo el recorrido por la Expo Centenaria Santo Domingo 2026. Arrastra una pierna, aunque no tiene que ver con su pasado de voleibolista en la selección nacional quisqueyana que alcanzó bronce en los juegos regionales de 1974 y 1978. “Son achaques del almanaque”, dijo sonriendo y la frase parecía familiar.

Al momento preguntó por Imilsis Téllez, Mamita Pérez y Mercedes Pomares. Su rostro volvía a aquellos remates y encuentros con cada nombre pronunciado. Para el bello e intencionado Museo ella donó pertenencias muy valiosas: uniforme, medallas, fotos, zapatillas y hasta la felpa con que se secaba el sudor en los juegos.

Livia habla con la ternura de quien forma parte de una historia viva y posible de apreciar desde una museografía atractiva, interactiva y emocionante para cualquier visitante. Narraciones, testimonios, recuentos, gigantografías y una tecnología puesta en función de aprender y disfrutar sobre los juegos regionales más antiguos del mundo hicieron de esa tarde una de las inolvidables para el cronista. Y mucho tuvo que ver Livia, con sus pasados 70 años.

A medida que el Museo nos hacía suyos, más vivencias contaba ella de su intercambio con la primera generación de lo que serían luego las Espectaculares Morenas del Caribe. Los colores azul y rojo del lugar están tan bien pensados que nos hacían flotar entre objetos exclusivos como las zapatillas usadas por Félix Sánchez cuando se hizo campeón olímpico; o las decenas de medallas de oro, uniformes deportivos y trofeos que los principales deportistas locales donaron o prestaron para la instalación.

Pero Livia tenía una carta guardada que solo mostró cuando llegamos al segundo piso. Una simulación de una pista de atletismo sobre el brilloso piso daba la entrada a una sala totalmente interactiva, en la que se puede seleccionar uno o varios de los videos recuperados sobre hazañas trascendentales de los Juegos.

Sin embargo, la sorpresa guardada por ella para los cubanos estaba a nuestra derecha. Una gigantografía de Ana Fidelia Quirós con su memorable actuación en Ponce 1993 tras su accidente doméstico sobrecoge al corazón más duro y conocedor. Allí, en medio de tantas huellas de 100 años de Juegos Centroamericanos y del Caribe estaba, justo en un sitio preponderante, la corredora que identifica a Cuba en el mundo, muy fiel y querida por su pueblo, la doble campeona mundial y dos veces medallista olímpica.

Livia Russo preguntó: ¿Cómo está ella?, ¿vino en la delegación?, ¿podrán decirle que aquí también la amamos? Y a medida que lanzaba esas interrogantes de admiración uno sentía tanto orgullo de ser cubano y de haber coincidido en el tiempo con un ser humano tan especial como Ana Fidelia.

Lo que guardamos en esta crónica no es otra cosa que la entrega al deporte de Livia y Ana, la amistad viva entre Dominicana y Cuba. Estas medallas espirituales son, con total certeza, tan o más importantes que las físicas. Al menos para este periodista.

Acerca del autor

Máster en Ciencias de la Comunicación. Director del Periódico Trabajadores desde el 1 de julio del 2024. Editor-jefe de la Redacción Deportiva desde 2007. Ha participado en coberturas periodísticas de Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Panamericanos, Juegos Olímpicos, Copa Intercontinental de Béisbol, Clásico Mundial de Béisbol, Campeonatos Mundiales de Judo, entre otras. Profesor del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, en La Habana, Cuba.

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