Llovía intenso en la ciudad de Matanzas el 29 de julio de 1836 día en que nació Ramón Luis Miranda Torres, quizás por eso al niño le gustaba bañarse en los aguaceros disfrutando el azul intenso de la bahía. Su padre fue Bernardino Miranda Sánchez quien había llegado de Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, y su madre Gumersinda Torres Domínguez, matancera. A sus doce años de edad, la familia se trasladó a La Habana y Ramón Luis integró el primer grupo de alumnos fundadores del Colegio El Salvador, dirigido por el insigne patriota José de la Luz y Caballero.

Con 17 años, en 1853, comienza a estudiar Medicina; aprueba con notas sobresalientes los dos primeros cursos y luego viaja a Francia. El 10 de mayo de 1861 se gradúa de médico, con una brillante defensa de su tesis De la parálisis del nervio motor ocular común. De Francia, se trasladó a España para obtener en la Universidad Central de Madrid la validación de su título, pues sin ese requisito no podía ejercer la profesión en España, ni en sus colonias, y como Cuba estaba bajo el dominio español, había de someterse a esta prueba. Su examen de grado en Madrid fue muy notable.
A los 25 años regresó a la Isla, instaló su consultorio en La Habana y poco a poco se ganó la admiración de numerosos pacientes. Por su destacada labor académica ingresó en 1866, como miembro supernumerario, en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana transitando con éxitos hasta Académico de Mérito, en 1901. El doctor Miranda estuvo presente y votó a favor del ingreso de Carlos J. Finlay como Académico de Número en la famosa institución. Ambos científicos, Miranda y Finlay, participaron en varios debates académicos y mantuvieron magníficas relaciones.
Las labores conspirativas del doctor Miranda le hicieron emigrar a Nueva York donde conoció a José Martí y se convirtió en su médico personal, fue el último galeno que lo atendió en vida y se conoce en la historiografía como el médico de Martí. La relación Martí-Miranda fue más allá de la relación médico paciente, se convirtió en verdadera amistad. Según escribió Miranda: «Tuve el honor de prestarle mis servicios profesionales […] me mandó a buscar por estar enfermo […] lo encontré en su modesto y estrecho cuarto, postrado en cama, febril, nervioso; examinado diagnostiqué bronquitis y que en breve se curaría. Él se había alarmado creyendo que su enfermedad podría agravarse y me dijo doctor cúreme pronto, tengo una misión sagrada que cumplir con mi patria, poco me importa morir después de realizarla, la muerte para mí no es más que la cariñosa hermana de la vida».
El doctor Miranda no sólo trataba en el Apóstol los males físicos, sino que se preocupaba por aliviarle la tensión de los problemas y adversidades de la vida diaria, de los que como humano al fin era víctima. Con su don diplomático y sus métodos persuasivos, tenía la virtud de calmarlo. Martí profesaba un verdadero cariño por el galeno, a quien no sólo consideraba su médico, sino su consejero. Ante problemas graves acudía al «doctor», como él le llamaba, para oír su opinión. Al invitarlo a una reunión donde se prepararía un homenaje al doctor Fermín Valdés Domínguez, escribe Martí: «Le tengo tanto cariño que no creo deba escribirle con pompa y besamano […] en la compañía de usted salen las cosas mejor hechas. A usted solo lo innoble le es extraño».
A lo anterior se añade que fue Miranda uno de los grandes entusiastas de la publicación del periódico Patria, órgano de prensa del Partido Revolucionario Cubano, fundado por Martí. Además de redactor, en más de una ocasión su dinero particular fue el sostén del periódico. El galeno no se dedicaba solamente a contribuir económicamente ni a escribir cuartillas, hacía allí cuanto fuera útil y necesario; en ocasiones acompañaba a Martí a cargar los paquetes de periódicos hasta la oficina de correos.
El 11 de diciembre de 1890 el Apóstol escribe a Miranda, desde Nueva York: «[…] vivo clavado a la mesa, sin una hora mía, en que ir a ver a los que valen tanto como usted, y alegrar y curar el corazón, que es donde tiene Ud. la verdadera medicina». Luego encontrándose el Maestro enfermo, el 27 de diciembre de 1892, se comunica con otro médico que lo había atendido, el doctor Miguel Barbarrosa. En esa misiva apunta Martí: «Vino a verme el Dr. Miranda y aprobó absolutamente y con gran elogio, toda la medicación de Ud. que continúa él aquí; por cierto que no quiso irse sin su dirección». Estas líneas son fiel reflejo de la ética médica practicada por el doctor Miranda, no sólo elogia la terapéutica de su colega sino que también solicita la dirección para escribirle.
En Nueva York se creó por iniciativa de un cubano —el señor Vicente Díaz Comas— la Sociedad de Beneficencia Hispano-Americana, y haciendo galas de su alto humanismo allí estuvo en la presidencia el doctor Miranda. En ocasiones tuvo que costear los gastos de esa Sociedad que prestó grandes servicios a los cubanos residentes en aquella ciudad, entre los que se encontraban exiliados por causas políticas, desamparados, etc. Sobre la Sociedad, Martí comentó en una de sus crónicas: «Es el turno del doctor Miranda: los quevedos apenas se equilibran en la punta de la nariz griega, los ojos debajo de las leves cejas, pierden cierta melancolía que algunas veces los invade, y parecen saltar de contento, viendo cómo aumenta el caudal de los pobres; no puede permanecer sentado se pone en pie, la larga levita parece cobrar vida; de los labios amorosos sale el elogio […]».
Después del fracaso de Fernandina, Martí se refugió en casa de Miranda; allí el galeno le aportó dinero para la causa revolucionaria, y su esposa Luciana, quien tenía mayor poder adquisitivo, le entregó un cheque por valor de $996.25. Del matrimonio entre Ramón Luis y Luciana Govín Manso, nacieron cuatro hijos: Elvira, Alfredo y Félix, que fallecieron de niños, y Angelina, quien se casó con Gonzalo de Quesada Aróstegui, joven abogado amigo de Martí y secretario del Partido Revolucionario Cubano. A la muerte del Héroe de Dos Ríos, Quesada Aróstegui se encargó de compilar la documentación martiana, labor que continuaría su hijo, Gonzalo de Quesada Miranda, quien por supuesto era nieto del doctor Miranda.
De Martí, también dijo Ramón Luis: «[…] sentí por él respeto, admiración, y comprendí su grandeza e inmenso amor por Cuba. Con frecuencia nos veíamos […] tuve el placer de que pasase sus últimos días en Nueva York en nuestra casa […] durante el tiempo que pasó Martí en nuestra casa —dos semanas— proporcionó a toda la familia deliciosos ratos, con su amena, variada y elocuente conversación, que jamás olvidaremos, como tampoco el 28 de enero de 1895, día de su cumpleaños cuarenta y dos, que lo pasó agradablemente en compañía de varios de sus amigos, los cuales compartieron con nosotros nuestra mesa. Dos días después, entusiasmado lleno de fe y esperanza en que Cuba sería libre, se despidió cariñosamente de nosotros para Santo Domingo».

Al terminar la guerra el doctor Miranda regresó a Cuba, presidió la Comisión Organizadora para erigir una estatua a José Martí. La obra fue ejecutada por el escultor italiano Salvador Buemi y se inauguró, en la Plaza de la Libertad, de la ciudad de Matanzas, el 24 de febrero de 1909. En la nota de invitación a la inauguración, escribió Miranda: «Sr. Presidente de la Academia de Ciencias. Debiendo inaugurarse en Matanzas, el 24 de febrero, el monumento que he dedicado á nuestro Apóstol y Libertador José Martí, tengo el gusto de invitar á V. y á los académicos, para que se sirvan concurrir á dicho acto, que será a las 10 a.m. Lo que agradeceré debidamente».

En los primeros días de diciembre de 1909 el doctor Miranda volvió a Nueva York, allí sufrió una pérdida aguda de la conciencia debido a una hemorragia intracerebral que lo dejó en cama, grave y con dificultad para movilizar el lado derecho del cuerpo. Los académicos cubanos, enviaron una nota desde la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, la cual expresaba: «Reunida esta Academia anoche por primera vez después del ataque sufrido por nuestro muy querido Académico de Mérito doctor Ramón Luis Miranda, se dió cuenta de su grave dolencia y la corporación acordó hacer contar los vivos sentimientos que le animan y sus votos por el pronto restablecimiento del querido enfermo».
El doctor Fermín Valdés Domínguez, enterado de la enfermedad de su colega, escribió una sentida crónica, donde expresó: «supe con angustia, que mi noble amigo, el consecuente amigo y médico de mi hermano Martí, estaba gravemente enfermo. Y quise buscar fuerzas en mi cerebro, y pedí con religioso fervor a mi Dios que sostuviera esa vida que tantas grandezas recordaba, que era guardadora de tantas virtudes, de tanto amor a la Patria, de tanta devoción a la ciencia, de tanto cariño para todos los que en la tierra sufrían».
Otros cubanos, enterados del suceso, también enviaron escritos, expresando solidaridad y apoyo al doctor Miranda. Intensos esfuerzos realizó el equipo médico que lo atendió pero no rebasó la enfermedad. A las tres de la madrugada del 27 de enero de 1910, víspera del aniversario del nacimiento del Apóstol, falleció el médico de Martí, galeno ejemplar a quien Martí dedicó su libro Versos Sencillos, con el siguiente autógrafo: «a un médico que cura siempre, al Dr. Ramón Miranda, su amigo cariñoso, José Martí».

Acerca del autor

Dr. C. Ricardo Hodelín Tablada*
Médico e Investigador histórico. Doctor en Ciencias Médicas. Académico Titular de la Academia de Ciencias de Cuba. Neurocirujano del Hospital Provincial Clínico Quirúrgico Docente “Saturnino Lora”. Santiago de Cuba. Miembro de la Uneac, de la Unhic y de la Scjm.
