Nuestro Moncada
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Nuestro Moncada

El 26 de julio llega este 2026 con un albor que es memoria y es pregunta. Setenta y tres años después de aquel amanecer en Santiago de Cuba, la mejor forma de honrar a los asaltantes del Moncada es preguntarnos: ¿cuál es el cuartel que hoy debemos tomar? La respuesta es clara: el cuartel de la ineficiencia, del inmovilismo, de todo aquello que nos impide alcanzar la prosperidad y la sostenibilidad que el socialismo cubano promete y merece.

Este pueblo está cansado. Lo confiesan las ojeras de la madre que carga agua en baldes porque el motor de la bomba se quemó hace seis meses y nadie aparece con el repuesto. Lo susurran los jóvenes que ven partir a sus amigos porque aquí el talento no siempre encuentra cauce. Lo grita en silencio el obrero que ve las naves de su fábrica a media máquina mientras en la calle hay de todo. Es un cansancio real, acumulado, un peso que no se aligera con discursos. Y, sin embargo, en medio de esa fatiga que podría ser resignación, el corazón de este pueblo late con una fuerza que asombra: la esperanza.

Aquellos jóvenes, encabezados por un abogado veinteañero que creía en las ideas tanto como en la acción, atacaron una fortaleza militar para desatar una revolución que devolviera la dignidad a los humildes. Su programa hablaba de problemas concretos: tierra, vivienda, salud, educación. Hoy, los nuevos problemas demandan un nuevo programa. Nuestra rebeldía se dirige contra las trabas que nos impiden producir, contra las prohibiciones absurdas, contra las mentalidades que ven peligros en cada iniciativa ajena. Ese es nuestro Moncada.

El cambio de mentalidad que necesitamos es, en esencia, un acto de rebeldía contra el dogma. Es la rebeldía de atreverse a confiar, de sentar en la misma mesa al director de la empresa estatal y al dueño de la mipyme para que diseñen juntos la estrategia que saque adelante al territorio. Es la rebeldía del que sueña, del que crea, del que hace la crítica constructiva, del que ama a su Patria y la salva de a poco.

Celebrar el 26 de Julio con el pecho henchido está bien, pero más importante es celebrarlo con las manos ocupadas en construir la prosperidad que nos falta. La Generación del Centenario no nos puso aquí para administrar la escasez con estoicismo; nos puso aquí para demostrar que un país sin explotadores puede ser, además de justo, un país eficiente, moderno y feliz. Ese es también nuestro Moncada.

Fidel y los suyos nos enseñaron que la rebeldía no es un acto de destrucción, sino de construcción. Ellos no demolieron el Moncada; lo asaltaron para transformar desde adentro toda la podredumbre de una república que excluía a las mayorías y hoy, aunque duela admitirlo, hay una mayoría que sufre. Nuestro Moncada es la economía que debemos reactivar, el campo que debemos sembrar, la fábrica que debemos encender. Construir desde adentro, desde la justicia social que se alcanzó una vez: ese es nuestro Moncada.

Este aniversario nos pilla agotados, es cierto. Las ojeras no mienten. Pero debajo del cansancio, como una corriente subterránea que ni la sequía detiene, sigue fluyendo la certeza de que la historia no está escrita de antemano. La dictadura de Batista parecía invencible y cayó; el derrumbe del campo socialista nos dejó al borde del abismo y aquí seguimos. La rebeldía es eso: la obstinada costumbre de creer que el futuro puede ser distinto.

Amanece otro 26 de Julio sobre la mayor de las Antillas. El pueblo sigue cansado, con el lógico agotamiento de quien carga décadas de resistencia sobre los hombros. Pero en los ojos de ese mismo pueblo brilla la luz inconfundible de la esperanza, la que no espera sentada, la que se arremanga y se rebela. La luz de quienes saben que el proyecto de país cubano, si se atreve a cambiar, a abrirse, a confiar en sus hijos, a planificar junto a ellos la sostenibilidad del archipiélago, tiene la fuerza moral y la inteligencia colectiva para construir la prosperidad que sus mártires soñaron. Ese es nuestro Moncada.

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