Acuario: Convierten el Acuario Nacional de Cuba en una feria – 14yMedio
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Acuario: Convierten el Acuario Nacional de Cuba en una feria – 14yMedio

Centenares de personas esperaban este viernes poco antes de las 10 de la mañana a que abriera el Acuario Nacional de Cuba. La falta de cambio demoraba la compra de entradas y esto aumentaba la expectación. Hacía mucho que el centro, situado en el barrio habanero de Miramar, no concitaba tanta afluencia. La última vez, de hecho, que 14ymedio visitó el lugar, parecía no poder remontar de ninguna manera la decadencia en la que cayó en los últimos años, especialmente tras la pandemia de covid-19. Para insuflarle vida este verano, el Estado ha llevado a cabo dos estrategias: concentrar las visitas en menos días a la semana –en principio, solo de viernes a domingo, aunque a partir de la próxima semana incluirán miércoles– y organizar un “festival” llamado Pa’ Cuba. De él se ocupa el Grupo Palco, la entidad perteneciente al conglomerado militar Gaesa encargada de la organización de ferias, ventas y exposiciones. Y sí, se observa en el Acuario más público, pero en cambio, este presta muy poca atención a los animales. “Hay gente que no ha visto todavía los peces, pero ya están en la cola para una cafetería, que vende pan con queso a 150 pesos”, lamentaba una trabajadora. “Hay quien viene aquí a matar el hambre”, se sinceraba. Los kioscos con todo tipo de artículos y alimentos a la venta, en efecto, así como las carpas con las atracciones más variadas, resultaban más atrayentes. Siempre, claro está, que se estuviera dispuesto a soltar billete.  Tartaletas a 700 pesos, limonada a 1.000 pesos o frapuccino a 2.800, eran algunos de los precios en el área de consumo. “Y un guarapo, 300, 400 y 500 pesos”, señalaba una jubilada que había llevado a sus nietos a pasar el día. Y se quejaba: “Aquí le están sacando el kilo a la gente”. Más que el principal centro de investigación de especies marinas del país, era una verdadera feria de variedades. En los puestos podían verse desde tenis por 26.500 pesos hasta muñecas de entre 4.000 y 10.000 pesos, pasando por bocinas bluetooth por 19.500 pesos o copias de uniformes de fútbol –incluido uno viejo de España, flamante campeón del Mundial–, por 20.000 pesos. Algunos de los puestos, informaba un visitante conocedor, “son de particulares”. En estos, se podía pagar tanto en pesos como en dólares. En cuanto a las atracciones para los menores, tampoco eran baratas: 300 pesos el toro loco, 500 pesos la tirolesa, 850 por pintarse la cara, 1.500 pesos por tatuajes, 3.000 pesos una hora… ¿No tenía el Acuario demostraciones con delfines y focas? “Ahora mismo no”, contestaba un trabajador. “Lo que se puede es tocarlos nada más”. Previo pago, eso sí: 1.300 pesos, por ejemplo, por interactuar con la loba marina. Nada de eso anunciaban las palabras de Mabel Góngora Leal, jefa del departamento de Comercialización y Comunicación del Acuario, al anunciar en los medios estatales la apertura del festival Pa’ Cuba, el pasado 18 de junio. “El acuario es un centro científico, educativo y recreativo, y la educación ambiental es primordial en este centro”, decía la funcionaria. En el mismo espacio, Góngora reconocía cómo el lugar estaba “deprimido” y que llegaron a “casi tocar fondo”, a pesar de lo cual, “nunca cerramos”, y se congratulaba de la “poquitica” recuperación de afluencia que estaban teniendo. Parte de los visitantes no estaba de acuerdo con esta visión. “Esto aquí es para asaltar los bolsillos de la gente”, decía una vecina de Centro Habana que había ido al Acuario con su madre y sus dos hijos para aliviar el aburrimiento a los muchachos. El transporte para llegar hasta aquí les costó 13.500 pesos, a lo que la familia tuvo que sumar las entradas –150 pesos los adultos y 50 los niños–. “No nos queda mucho para disfrutar, y sin dinero casi no se puede hacer nada”. Lydia, otra habanera, está de acuerdo, con un matiz: “Es una buena opción de entretenimiento para los muchachos, porque a fin de cuentas no hay muchas opciones para ellos en este momento, por no decir que no hay nada. Los niños están en las casas trancados todo el día, sufriendo apagones y falta de agua”. Sin embargo, concedía: “Aquí solo pueden venir los que tienen entrada de remesas, porque esto es un palacio de consumo”. Mientras las áreas de consumo y recreación estaban llenas, los pasillos con las peceras lucían vacíos. Los trabajadores llenaban el tanque de las tortugas marinas, escondidas del sol mientras tanto debajo de una piedra. Lo vaciaron, explica un empleado a este diario, para quitar las hojas y semillas que caen de los árboles. “Ahora lo estamos rellenando”. Una vez desayunados, los visitantes empezaron a caminar por esas áreas también. Un padre, haciéndose el simpático, le decía al hijo: “Están buenos los peces para comérselos”. Todavía quedaba hambre.

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