En la guerra, la atrocidad de lo humano
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En la guerra, la atrocidad de lo humano

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La ONU verificó 9 788 casos de violencia sexual relacionada con los conflictos en 2025, más del doble que el año anterior.
Foto: UNOCHA

Mucho nos vanagloriamos los seres humanos del siglo XXI de una supuesta evolución en distintos ámbitos. Inteligencia artificial, nanotecnología, agua en Marte, armamento militar cada vez más moderno y potente… sin embrago, en muchos aspectos sociales algunas personas –que no son pocas– parecen bestias.

Cual cavernícolas caminan y, sobre todo, actúan entre nosotros, aquellos que como estrategia deliberada de guerra usan la violencia sexual, conscientes –y ahí radica su principal deshumanización– de la brutalidad y la gravedad de ese delito. 

De acuerdo con palabras del Secretario General de la ONU, António Guterres, «la expresión «violencia sexual relacionada con los conflictos» (VSRC) hace referencia a la violación, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, el embarazo forzado, el aborto forzado, la esterilización forzada, el matrimonio forzado y todas las demás formas de violencia sexual de gravedad comparable perpetradas contra mujeres, hombres, niñas o niños que tienen una vinculación directa o indirecta con un conflicto (…) El término también abarca la trata de personas con fines de violencia o explotación sexuales, cuando se comete en situaciones de conflicto».

No se trata de hechos aislados, pues al mismo tiempo tienen lugar asesinatos, reclutamiento de menores, destrucciones y saqueos, ya que la VSRC se considera una forma de terrorismo que suele emplearse como represalia, forma de tortura o para generar miedo entre las poblaciones civiles y los detenidos de guerra.

Su brutal eficacia para generar terror y reprimir a las víctimas parece haberse normalizado, y ya no es visto como un efecto secundario del belicismo en el que se encuentra sumergido el mundo a día de hoy, sino que, lamentablemente se ha convertido en táctica de guerra y de control territorial, ha afirmado la ONU.

Precisamente, ese organismo multilateral verificó –según reportes recientes de su sitio oficial– 9 788 casos de violencia sexual relacionada con los conflictos en 2025, más del doble que el año anterior. Además, la información difundida advierte que «la cifra real es mucho mayor», pues «por cada caso que llega a una clínica, entre diez y 20 nunca se denuncian ni reciben atención».

En ese sentido, en palabras de Guterres: «Los casos de violencia sexual relacionada con los conflictos se han más que duplicado en un año y alcanzaron un nivel sin precedentes en 2025, en medio de guerras cada vez más brutales, desplazamientos masivos y un creciente desprecio del derecho internacional».

En un informe presentado ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se hace referencia a 21 situaciones de conflicto y documenta distintos patrones de violación. La República Democrática del Congo, Haití, Sudán y la República Centroafricana registraron el mayor número de casos verificados por la ONU, aunque no están muy lejos de sus cifras otros escenarios bélicos alrededor del mundo. 

En contextos de confrontación militar se ha hecho común que mujeres y niñas sean convertidas en objetivos sistemáticos de los grupos armados. Al respecto, los textos de la ONU explican que esos sectores representan cerca del 90 % de las víctimas. Y agrega que casi 3 000 niños y niñas sufrieron violencia sexual en 2025, un aumento del 37 % respecto del año anterior.

No obstante, los hombres también son atacados, en particular en centros de detención, donde la violencia sexual se utiliza como forma de castigo, humillación o para arrancar información y confesiones, e incluso en algunos casos, acompañados de violencia física extrema o asesinatos para impedir que las víctimas testifiquen, indicó la representante especial del Secretario General sobre la violencia sexual en los conflictos, Pramila Patten.

La violencia sexual no puede ser naturalizada en ningún contexto, por más cruento que sea este y por más «efectivo» que sea el «método» para quebrar resistencias y destruir le tejido social de las comunidades.

Ni siquiera debería ser necesario llamar a conciencia –porque la capacidad de razonar nos diferencia de las bestias– ante la impunidad de un crimen que bien pudiera ser considerado de lesa humanidad, por las cicatrices físicas y sicológicas que deja. Humanizarse un poco no le vendría mal a ese grupo de la involucionada humanidad, que acude a la violencia sexual.

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