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El huésped deviene ingente esfuerzo del realizador Bong Joon–ho por recuperar el hálito de la serie B del cine de terror y ciencia ficción de los años 50 y su poderosa carga de alegorías políticas.
La película del creador de Memorias de un asesino, Snowpiercer, Parásitos, Okja y Mickey 17 constituye una sorprendente variación del género de terror en su decidida disposición a sortear el decálogo establecido para armar la secuencia en dicha variante fílmica.
Ni se apropia de la habitual edición trepidante de las cintas donde un monstruo persigue o es perseguido; ni le interesan los planos cortos que faciliten la aparición momentánea de la criatura; ni parece importarle un bledo mostrarnos al bicho en plena claridad (la secuencia inicial es un festín cinematográfico de luminosa policromía) y que sea bien visto por el espectador de cola a boca.
En cambio, sí suele poner reparos a que la toma posterior se adivine, como sucede en los filmes de terror hollywoodenses. En el mundo narrativo Bong, poco sucede con arreglo a lo predecible.
No existe otro modo de ver su filme sobre el monstruo de gigantescos tentáculos que asedia a Seúl sino como una combinación lúdica, llena de desparpajo, y hasta desmadrada a veces, de suspenso, humor negro, comedia del absurdo, drama familiar y sátira política (inscrita sin embargo dentro de la tradición del cine fantástico en la vertiente kaiju, comenzada hace casi 60 años), más proclive a reformular códigos que a deglutirlos.
El huésped, el cual se burla de muchas cosas y entre estas hasta de la cacareada bonanza económico–social de los «tigres asiáticos», encuentra su punto de cocción dramática desde que la criatura huye a las alcantarillas del río Han con la niña de la familia Park en su garganta mastodóntica de molusco y dinosaurio.
Los Park nada tienen que ver con los padres protectores de Stuart Little; guardan más parecido con los de La pequeña señorita Sol: son disfuncionales, raritos a matar; de manera que la pérdida de la chiquilla opera como vector de unidad que los convocará a la cacería de un monstruo sin ganas de dejar vivos a muchos.
La película refocila por el modo como transita de un instante de pesar familiar a un toque de vertiginosa desdramatización que puede venir por el giro más impensado, e incluso valerse hasta de claves de la comedia muda estadounidense. Pero en lo que más se emparenta con el kaiju fundacional y el sentido alegórico de sus predecesoras de los 50 es en la ubicación argumental de la razón del surgimiento de la criatura.
Si hace casi 70 años los lagartos gigantes como Godzilla o las tarántulas asesinas y todo tipo de bichos extraordinarios generados por radiaciones nucleares u otras causas análogas representaban un grito de alerta en la pantalla sobre los peligros de la Guerra Fría y el posible resultado del encono entre las superpotencias de la URSS y EE.UU., El huésped habla en signos fílmicos de la intromisión estadounidense en Corea del Sur y de los daños al medio ambiente que allí, como en cualquier sitio del planeta, la política de las administraciones yanquis acarrea.
No en balde su guion parte de un hecho real acaecido en una base militar yanqui en Seúl hace más de dos décadas, cuando uno de los miembros del personal norteamericano obligó a un trabajador local a arrojar desechos bélicos altamente tóxicos en las aguas del río Han, hoy un verdadero lecho negro de contaminación que fluye en el entramado capitalino sudcoreano.
El huésped (cuyo vigésimo aniversario recordamos) alude a esto, sin cargar las tintas; y sin olvidar por un instante –pese a toda su carga añadida de valores– su claro propósito de convertirse en un producto de entretenimiento, el cual fue capaz, incluso, de competir de igual a igual en la taquilla de su año con los tanques norteños.
