Camagüey, 12 jul.- Han transcurrido 27 meses desde que la enfermera camagüeyana Yoandra Puga Capote asumió su primera misión internacionalista. Pero ningún desafío previo la había preparado para la devastación que ahora enfrenta en Venezuela, donde el reciente terremoto ha dejado escombros, familias rotas y miles de vidas pendiendo de un hilo.
Su labor, sin embargo, va más allá de curar heridas visibles. En los refugios y entre las ruinas de La Guaira, Yoandra aplica vendajes, toma signos vitales y administra medicamentos, pero también escucha, abraza y ofrece palabras que devuelven la dignidad a quienes lo han perdido todo.
«No basta con sanar el cuerpo; hay que sostener el alma», dice mientras acompaña a una anciana que llora la pérdida de su hogar.
Esa sensibilidad, forjada en los hospitales de Camagüey y pulida en cada rotación de su brigada, la ha convertido en un rostro familiar de la esperanza. Para ella, representar a la enfermería cubana en este escenario no es un privilegio, sino un compromiso: «Llevo en el uniforme el orgullo de mi país, pero también la responsabilidad de demostrar que la salud no entiende de fronteras».
La magnitud del desastre – calles sepultadas, familias durmiendo a la intemperie, el duelo colectivo- ha dejado una huella imborrable en Yoandra. Sin embargo, en lugar de quebrarla, esa experiencia ha reafirmado su convicción más profunda: la solidaridad, cuando se ejerce con entrega, tiene más fuerza que cualquier tragedia.
Cada noche, al terminar su jornada, repasa en silencio los rostros que ha atendido y encuentra en ellos la misma resiliencia que ella misma cultiva.
Porque, más allá de la uniforme blanca, Yoandra también es madre. En su casa, a miles de kilómetros, la esperan Luna y Luciana, sus hijas mellizas de apenas cinco años. Ellas no entienden de réplicas sísmicas ni de cooperación internacional; solo saben que mamá está lejos ayudando a otros niños.
Y esa ternura que las une se convierte en su combustible diario: «Cuando abrazo a un damnificado, pienso en mis hijas; cuando les doy un vaso de agua, imagino que alguien haría lo mismo por ellas».
La brigada médica cubana, de la que Yoandra forma parte, no solo despliega recursos técnicos; tiende un puente de confianza y hermandad entre dos pueblos que han compartido historias de apoyo mutuo. En cada gesto de cuidado, en cada palabra de aliento, esta enfermera demuestra que la vocación no se agota en los protocolos, sino que florece en la cercanía humana.
Hoy, mientras el polvo comienza a asentarse y los equipos de rescate aún peinan los escombros, Yoandra Puga Capote sigue en pie, con su maletín y su sonrisa, convencida de que la salud y la vida son causas universales.
Su entrega – respaldada por el amor de sus hijas y el orgullo de su patria- es un testimonio vivo de que, más allá de las fronteras, la solidaridad se transforma en fuerza sanadora, capaz de aliviar heridas físicas y emocionales, y de sembrar, en medio del dolor, la certeza de que siempre es posible recomenzar. (Texto y foto: Zenia Donet García/Radio Cadena Agramonte)

