
Las empresas españolas que aún sostenían negocios en Cuba comenzaron a cerrar filas y a salir de la isla tras el endurecimiento de las advertencias de Estados Unidos y la incertidumbre política que arrastra el régimen. Iberia, Meliá, Iberostar y otras firmas del sector turístico ya confirmaron movimientos que golpean de lleno a una economía dependiente del capital extranjero y cada vez más aislada.
La presión llegó con la Orden Ejecutiva 14404, que abre la puerta a congelar activos en territorio estadounidense a entidades vinculadas con sectores clave de la economía cubana o con apoyo al aparato estatal. En paralelo, varias compañías revisaron su presencia en la isla y comenzaron a recortar operaciones, una señal clara de que hacer negocios en Cuba se ha vuelto un riesgo que ni las grandes marcas quieren asumir por más tiempo.
Minor fue una de las primeras en apartarse, al dejar de explotar dos hoteles en La Habana bajo la marca NH. Después siguieron Meliá, que anunció la salida de quince hoteles, e Iberostar, que hará lo mismo con otros doce. La propia Meliá ya había reducido a la mitad su capacidad operativa en Cuba y reportó una ocupación de apenas 34,1 % en el primer trimestre, muy por debajo de su promedio global. El negocio turístico, que el régimen vende como tabla de salvación, muestra así su fragilidad real.
La fuga empresarial también alcanzó el transporte aéreo. Iberia suspendió sus operaciones en la isla y World2Fly canceló los vuelos a La Habana. Air Europa sigue por ahora con la ruta Madrid-La Habana, aunque con la mirada puesta en la demanda real y en la evolución de un mercado que se está achicando a toda velocidad. Cuando una ruta comercial empieza a depender de tanta cautela, el mensaje es inequívoco: Cuba dejó de ser un destino seguro y rentable.
Los números del turismo confirman el derrumbe. Entre enero y abril, la llegada de visitantes internacionales cayó 55,8 %, hasta 328.608 turistas, según la Oficina Nacional de Estadística e Información. La Unión de Agencias de Viajes describió las ventas como “muy complicadas” y señaló que el descenso es “muy importante”, porque los clientes se están moviendo hacia destinos más estables como Riviera Maya, Punta Cana o Cabo Verde. Cuba pierde turistas, pierde ingresos y pierde prestigio como plaza de inversión.
El impacto no se limita a las empresas extranjeras. Cada salida reduce empleo, aprieta la recaudación y deja al descubierto el fracaso de un modelo que el régimen ha intentado maquillar con propaganda turística mientras el país se hunde en la escasez y la desconfianza. El golpe es también político: cuando las principales cadenas comienzan a desmontar su presencia, queda al desnudo la incapacidad del poder cubano para ofrecer garantías mínimas, estabilidad jurídica o un entorno económico medianamente confiable.
Ni el seguimiento del gobierno español ni la vigilancia de la Comisión Europea han frenado el repliegue. Madrid admite que mantiene contactos con las empresas afectadas, y Bruselas reconoce que varias firmas de la UE estudian reducir o cortar actividades. La lectura es la misma en ambos lados del Atlántico: Cuba se convirtió en un terreno hostil para el capital, pero esa hostilidad nace de un sistema político que destruyó la confianza y convirtió la economía en rehén de la improvisación, el control estatal y el desgaste del castrismo.


