
En Matanzas, la escasez en las tiendas en MLC y el paso acelerado de varios comercios al dólar dejaron al descubierto otra grieta del modelo impuesto por el régimen: la moneda que prometió alivio terminó arrinconada mientras la divisa estadounidense gana terreno de manera abierta y desigual.
Un vecino del barrio La Playa contó que al entrar en el centro comercial Plaza Milanés y Ayllón, administrado por Cimex, encontró un local prácticamente vacío y con personal desmotivado. Su recorrido por otros nueve establecimientos confirmó el mismo deterioro: en seis ya se vendía solo en dólares, una señal clara de que la dolarización avanza sin explicaciones serias para la población.
La escena descrita resulta todavía más reveladora por los detalles del desorden interno. En las tiendas en MLC no había jabas ni comprobantes de pago y la única salida fue anotar los productos en hojas sueltas. En cambio, los comercios en USD sí entregaban jabas y tickets, una diferencia que alimenta dudas sobre los controles, las normas y la forma en que el aparato comercial distingue entre un cliente y otro según la moneda que lleve encima.
El propio consumidor dejó constancia de su molestia por la falta de información oficial. Señaló que los organismos pertinentes no comunican con claridad los cambios, mientras la población queda atrapada entre tarjetas en MLC, rumores sobre conversiones y la incertidumbre de no saber si ese dinero servirá mañana. Esa opacidad es parte del problema: el régimen modifica las reglas del consumo sin dar la cara ni asumir el costo social de sus decisiones.
La expansión de las tiendas en divisas ya se ha convertido en política de hecho. A fines de agosto superaban las 85 en todo el país y las autoridades la presentan como una fórmula para financiar la industria. El discurso oficial intenta venderla como solución, pero en la práctica consolida un sistema de acceso restringido, donde quien recibe remesas o maneja dólares compra y quien vive del salario en pesos queda fuera.
La justificación del ministro de la Industria Alimentaria, Alberto López Díaz, sigue esa misma línea. Defendió la venta en dólares como vía para sostener la producción de alimentos y aseguró que “trae beneficios a la población”. También admitió que no es lo que quieren, pero que con esos ingresos se compra materia prima. El mensaje desnuda la contradicción del modelo: el régimen reconoce que depende de la divisa, mientras obliga a los cubanos a sobrevivir en un mercado donde casi nada alcanza.
Las cifras y los precios terminan por desmontar cualquier relato optimista. Una cubana en Guantánamo mostró en TikTok una pieza de carne de res por más de 70 dólares, una cifra imposible para la mayoría de las familias. A eso se suma la realidad de hoteles de GAESA donde ya no aceptan CUP ni MLC, solo dólares o tarjetas Visa, y la reapertura de tiendas como la 5ta y 96 en La Habana o el supermercado en los bajos del Focsa, ambos bajo la lógica de la exclusión monetaria.
En el fondo, la dolarización no está resolviendo la crisis de abastecimiento ni ordenando la economía. Está trazando una frontera social más dura entre los que tienen acceso a divisas y los que dependen del peso cubano devaluado. En Matanzas, como en el resto del país, el vacío de las estanterías y el avance de las tiendas en dólares confirman que el régimen ha normalizado la desigualdad como método de gobierno.
