Y en eso llegó Fidel
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Y en eso llegó Fidel


Freddy Pérez Cabrera

Freddy Pérez Cabrera

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30 Septiembre 2026

Varias veces estuvo Fidel en Santa Clara, antes y después de convertirse en el líder indiscutible de la Revolución cubana. Llegó aquí en 1950, cuando aún era estudiante universitario, para realizar la que se considera su primera autodefensa. Tres años más tarde, de paso hacia Santiago de Cuba, en esta urbe se confeccionó los espejuelos con que combatiría en el Moncada, y tras el triunfo del 1.º de enero, el Día de Reyes, fue ovacionado en áreas del Parque Leoncio Vidal, entre otras visitas.

Sin embargo, ningún evento caló más hondo en los habitantes de esta ciudad que el ocurrido el 30 de septiembre de 1996, cuando después de varios años de ausencia, Fidel regresó a Santa Clara. A pesar de que en otras ocasiones él había recorrido esta provincia, la connotación especial de aquel encuentro radicó en que la ciudad deseaba una visita suya desde hacía muchísimo tiempo.

Fidel venía de Sancti Spíritus, donde había estado el día anterior, y decidió ir al pedraplén Caibarién-Cayo Santa María. El Comandante en Jefe no había podido compartir con el Contingente Las Villas y aquella era una buena oportunidad, «porque es mejor abanderar, no cuando la obra comienza, sino prácticamente cuando la obra ha sido realizada».

Veinte años hacía que Fidel no le hablaba a Santa Clara, y por esa razón, el entonces primer secretario del Partido en la provincia le propuso realizar un acto en la Plaza del Che.

—¿Para qué ese acto? ¿Por qué?

—La población desea compartir con usted.

—Haz lo que quieras, pero tú estás loco —apenas quedaban 12 horas para convocar al pueblo.

«Fidel va a hablar en la Plaza», decían la radio, las voces, los carteles; mientras, el Comandante visitaba varios sitios de la capital provincial. Al terminar el recorrido, cerca de las 5:00 p. m., fue para la Plaza. Fue entonces cuando empezó a caer un tremendo aguacero, lo que retrasó la llegada del pueblo a la convocatoria: «Ese acto va a ser muy difícil», pensaba la mayoría.

Sin embargo, cuando a las 6:00 p. m. Fidel salió a la Plaza, conmovido por la multitud que observaba, expresó:

—¿Pero y esto qué es?

—Vinieron por usted —le dijo Díaz-Canel.

—No puedes decir eso, las cosas no se hacen por un hombre, las cosas
se hacen por una idea. Es inconcebible. Esto es un huracán.

Y efectivamente, aquello era un mar de gente que, conmovida por la presencia de su líder, había ido a escucharlo y a demostrarle su cariño. Entre los allí congregados había una mujer, con un cartel en sus manos, que gritaba: «Fidel, habla, te necesito».

El Comandante, conocedor de ese anhelo, comenzó su discurso con un reconocimiento a los presentes: «Son ustedes demasiado generosos por el calor y el cariño con que me han recibido y por ser capaces de llenar esta gran Plaza, aun bajo la lluvia.

«Para mí será una fecha que me unirá eternamente en el recuerdo a esta ciudad y a ustedes, que nos colma de orgullo a todos nosotros, que nos llena de confianza y de fuerza.

«Muchos compañeros me hablaban y me decían: «Hace tiempo que no visita Santa Clara, y se preguntan que por qué no visita, si estuvo por acá, si estuvo por allá». Yo les puedo asegurar, con la sinceridad
que me ha caracterizado siempre, que eso no tiene absolutamente nada que ver con el cariño, el respeto y la admiración que yo he sentido siempre y sentiré siempre por Santa Clara y por Villa Clara».

Después relató que cuando Miguel Díaz-Canel Bermúdez, entonces primer secretario del Partido en Villa Clara, le propuso realizar el acto en la Plaza, estuvo de acuerdo, pero se interesó por saber cómo se
podía organizar una actividad de esa magnitud en solo unas horas y en un espacio tan grande.

«Sí, sí, se organiza, y se llena la Plaza, puede estar seguro», fue la respuesta de quien hoy ocupa el más alto cargo en la dirección del Partido y el Estado cubano.

Así se consumó aquella proeza y quedó zanjada la deuda de Fidel con el pueblo de esta provincia; a la vez que se ratificaba el inmenso cariño de los villaclareños por su Comandante en Jefe y la empatía recíproca
entre el líder de la Revolución y su pueblo.

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