
La reconexión del Sistema Electroenergético Nacional no ha devuelto la electricidad a buena parte del país. Mientras la Unión Eléctrica anunciaba este miércoles que todas las provincias habían vuelto a quedar enlazadas, varias localidades seguían atrapadas en apagones prolongados, con circuitos que acumulaban más de 50 y hasta 70 horas sin servicio tras la nueva caída total del sistema.
El dato desnuda otra vez la fragilidad del país real frente al parte oficial. La red volvió a sincronizarse de madrugada, pero a las 6:00 de la mañana apenas había 1.000 MW disponibles para una demanda de 2.750 MW. En otras palabras, el régimen recuperó la conexión formal del sistema, pero no resolvió el colapso de generación que mantiene a la población bajo cortes masivos y a oscuras durante jornadas enteras.
La propia Unión Eléctrica calculó para el horario de máxima demanda un déficit de 2.017 MW, una cifra que deja al desnudo la profundidad de la crisis energética. Ese faltante equivale a cerca de dos tercios de la demanda máxima estimada por la empresa estatal y confirma que la normalidad es todavía una ficción administrativa. En la práctica, la reconexión solo sirvió para pasar de un apagón total a otro régimen de apagones interminables.
El parte oficial reconoció además una lista larga de unidades fuera de servicio. Estaban en avería varias de Mariel, una de la Antonio Guiteras, la Unidad 4 de Cienfuegos, la Unidad 6 de Diez de Octubre y la Unidad 2 de Felton. Otras seguían en mantenimiento en La Habana, Nuevitas y Renté. La suma de fallas y paradas deja claro que el problema no es coyuntural: el sistema eléctrico sigue sostenido por remiendos, apagado por tramos y sin capacidad para responder a la demanda del país.
La desconexión total del lunes fue la tercera de alcance nacional en lo que va de 2026 y la octava desde finales de 2024, según recuentos internacionales citados en el propio material. Ese historial confirma una decadencia estructural que el régimen ha permitido profundizar entre obsolescencia, averías recurrentes, falta de combustible y una capacidad de generación incapaz de sostener la vida cotidiana de los cubanos.
En provincias como Holguín, los reportes locales hablaban de circuitos con afectaciones superiores a las 70 horas. En Placetas, Villa Clara, la población ya sumaba más de 55 horas consecutivas sin electricidad al mediodía del miércoles. Ranchuelo y Santo Domingo también seguían sin servicio en todos sus barrios desde el lunes. Son las consecuencias concretas de una política energética fracasada: alimentos que se pierden, familias sin descanso, negocios paralizados y servicios básicos al borde del colapso.
El régimen volvió a recurrir a los mismos protocolos de recuperación por microsistemas para priorizar hospitales y acueductos, una señal de emergencia que ya se repite con demasiada frecuencia. La reconexión nacional no cambia el fondo del problema. Cuba sigue sometida a un sistema eléctrico derrumbado, administrado por un aparato estatal que informa desconexiones y recuperaciones parciales, pero no ofrece soluciones reales a un país que vive castigado por la oscuridad.
La Unión Eléctrica reconectó el SEN, pero varias localidades siguen sin servicio tras el apagón total y con cortes que superan las 50 horas.



