El Mundial 2026 bajó el telón el pasado domingo, pero sigue dando de qué hablar. La filtración dada a conocer este martes sobre la intención de Donald Trump de catapultar a Gianni Infantino a la Secretaría General de la ONU no es una ocurrencia al azar: es la pieza que termina de encajar el rompecabezas. Más que un rumor mediático (de ser cierto), la maniobra deja al descubierto el plan geopolítico que se orquestó detrás del torneo y visibiliza los profundos intereses mutuos que sostienen la alianza entre la Casa Blanca y la FIFA.
Una relación forjada mucho antes del silbatazo inicial
El vínculo entre Infantino y Trump no nació con el Mundial. Ya en mayo de 2025, el presidente de la FIFA participaba de una gira diplomática por Medio Oriente junto al mandatario estadounidense, un episodio que incluyó su llegada con dos horas de retraso al Congreso de la FIFA. Ese mismo año, Infantino promovió el Mundial de Clubes disputado en Estados Unidos desde la propia Torre Trump, rodeado de empresarios y figuras del fútbol.
Con la organización del Mundial 2026 —el primero compartido por tres sedes: Estados Unidos, México y Canadá—, esa cercanía se consolidó en una plataforma de proyección mutua. Infantino se convirtió en visitante recurrente de la Casa Blanca durante la etapa previa al torneo.
El «Premio de la Paz» que encendió las alarmas de la diplomacia
El punto de mayor visibilidad de esa relación llegó durante el sorteo del Mundial en Washington, cuando la FIFA presentó por sorpresa un galardón inédito: el Premio de la Paz de la FIFA, entregado por el propio Infantino a Trump por sus supuestas «acciones extraordinarias para promover la paz». El gesto generó cuestionamientos internacionales por la incursión de una entidad deportiva en distinciones de carácter geopolítico, algo sin precedentes en la historia del organismo.
Durante el propio torneo, esa cercanía volvió a hacerse visible: cuando el futbolista estadounidense Folarin Balogun fue expulsado en un partido ante Bélgica, Trump intervino públicamente para pedir que se le levantara la sanción, en medio de la tensión que su gobierno mantenía por la guerra con Irán. La suspensión terminó siendo revertida.
La propuesta de Trump para controlar la ONU
Según reveló el diario New York Post este martes, en el entorno de Trump se evalúa impulsar formalmente la candidatura de Infantino para suceder a António Guterres al frente de la ONU. La fuente presidencial citada por ese medio habría señalado que Trump «preferiría a Infantino» antes que a cualquiera de los aspirantes ya en carrera, en una filtración que muchos analistas interpretaron como un globo de ensayo político a solo dos días del cierre del torneo.
Ni Trump ni Infantino confirmaron oficialmente la candidatura. Pero el solo hecho de que la idea trascendiera revela hasta qué punto el dirigente suizo-italiano acumuló peso político en su relación con la Casa Blanca, más allá de cualquier credencial diplomática previa.
Un camino cuesta arriba frente al derecho de veto en la ONU
El respaldo del mandatario estadounidense está lejos de garantizar el cargo. El secretario general de la ONU es designado por la Asamblea General a partir de una recomendación del Consejo de Seguridad, cuyos cinco miembros permanentes —Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido— tienen poder de veto individual sobre cualquier candidatura.
A eso se suma una tradición informal de rotación geográfica entre continentes: tras el mandato del portugués Guterres, existe una expectativa extendida de que el cargo no vuelva a recaer en un candidato europeo. También pesa, entre varios gobiernos, el reclamo histórico de que una mujer ocupe por primera vez la Secretaría General, ya que los diez secretarios generales que tuvo la ONU hasta ahora fueron todos hombres.
Un perfil marcado por cuestionamientos y una dura competencia
Infantino tampoco llegaría a esta carrera sin flancos débiles. Sus detractores señalan que su gestión al frente de la FIFA se ha caracterizado por una fuerte personalización de las decisiones y por tensar los límites de la neutralidad política que imponen los propios estatutos del organismo.
Para diversos analistas, episodios como la creación express de galardones a medida o su estrecho alineamiento con Washington exponen un estilo de liderazgo más enfocado en el pragmatismo político y comercial que en la diplomacia multilateral tradicional. Este perfil genera reticencias entre diplomáticos de carrera, quienes cuestionan si un dirigente acostumbrado al control vertical de la FIFA encaja en una institución basada en consensos y equilibrios globales como la ONU.
Actualmente compiten por el cargo otros seis candidatos con trayectorias diplomáticas consolidadas, entre ellos la expresidenta chilena Michelle Bachelet —con el respaldo de México y Brasil pese a haber perdido el apoyo del actual gobierno chileno— y el argentino Rafael Grossi, director del Organismo Internacional de Energía Atómica, reconocido por su rol en las negociaciones sobre la seguridad de la planta nuclear de Zaporiyia.
El fútbol como la nueva plataforma del poder global
Más allá de si la candidatura de Infantino prospera, el episodio funcionó como radiografía de una tendencia más amplia: la creciente politización del deporte más masivo del planeta. El propio desarrollo del torneo estuvo marcado por tensiones que excedieron lo deportivo, desde memorias históricas reactivadas en partidos entre selecciones con pasado en conflicto, hasta comentarios de figuras políticas europeas que replicaron discursos xenófobos ya vistos en mundiales anteriores.
El propio canciller estadounidense, Marco Rubio, había escrito semanas antes en The Wall Street Journal que su país «nunca aceptó un tribunal mundial que pudiera prevalecer sobre nuestras propias cortes», en referencia a la postura de la administración Trump frente a la Corte Penal Internacional. Para varios analistas, la eventual candidatura de Infantino se inscribe en esa misma lógica: la de intentar moldear, desde adentro, instituciones multilaterales que Washington ha cuestionado abiertamente en los últimos años.


