En un ejercicio de ingloriosa vanidad, el presidente Donald Trump convirtió su más reciente intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en una nueva ceremonia de autoelogio.
Desde la tribuna multilateral por excelencia, el mandatario estadounidense se presentó como hacedor de la paz mundial, defensor de la democracia y garante de las libertades universales; un retrato grandilocuente de sí mismo que contrastó con el tono amenazante y unilateral de buena parte de su discurso.
“Mientras otros han hablado de paz, yo he hecho la paz”, afirmó Trump, con absoluto desparpajo en una de las frases que mejor condensó la lógica de su exposición.
No se limitó a reivindicar decisiones de su administración ni a exponer una estrategia diplomática concreta: se adjudicó una suerte de misión histórica, como si la estabilidad internacional dependiera de manera exclusiva de su liderazgo y de la capacidad de Estados Unidos para imponer sus designios.
La declaración habría podido interpretarse como una apelación al diálogo, la cooperación y la solución negociada de los conflictos.
Sin embargo, esa pretendida vocación pacificadora estuvo acompañada por la exaltación del poderío militar estadounidense y por advertencias dirigidas contra gobiernos considerados adversarios de Washington.
Trump insistió en que Estados Unidos había recuperado fuerza, autoridad y prestigio bajo su mandato, y sugirió que esa supremacía era la base de la paz mundial.

Tal concepción revela una contradicción esencial. La paz no puede ser reducida a la obediencia ante la potencia más armada del planeta, ni las libertades universales pueden ser defendidas mediante amenazas, sanciones indiscriminadas o políticas de aislamiento económico. Menos aun cuando se pronuncian tales palabras desde un escenario concebido, precisamente, para promover la soberanía de los Estados, la cooperación entre naciones y la búsqueda colectiva de soluciones a los grandes problemas de la humanidad.
La Asamblea General de la ONU no fue, para Trump, el espacio de concertación que reclama la compleja coyuntura internacional. Fue, sobre todo, una plataforma para reafirmar su narrativa de fuerza: Estados Unidos como centro del mundo y él como su conductor indispensable.
En esa visión, la diplomacia aparece subordinada al chantaje, y el entendimiento, a la demostración de poder.
Al proclamarse constructor de paz mientras reivindicaba la amenaza como recurso político, el presidente estadounidense dejó expuesta la distancia entre su retórica y los principios que dice defender.
La comunidad internacional necesita menos mesianismos personales y más diálogo genuino; menos imposiciones y más respeto al derecho internacional.
La paz no es el trofeo de un gobernante ni la consecuencia automática de la superioridad militar: es una obra colectiva, frágil y siempre inacabada.
