Traidor a su pueblo es quien defiende a quien lo esclaviza
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Traidor a su pueblo es quien defiende a quien lo esclaviza

Traidor a su pueblo es quien defiende a quien lo esclaviza

Una anciana camina junto a las ruinas del ISDI, en La Habana © CiberCuba
Una anciana camina junto a las ruinas del ISDI, en La Habana Foto © CiberCuba

«Quien ve a su pueblo en desorden y agonía, sin puerta visible para el bienestar y el honor, o le busca la puerta, o no es hombre, o no es hombre honrado… El que se conforma con una situación de villanía, es su cómplice».

Estas palabras de José Martí conservan una actualidad estremecedora cuando contemplamos la tragedia cubana. Cuando un pueblo padece opresión, represión, miseria,  hambre y éxodo permanente, el deber de quienes aman a su patria no consiste en resignarse, sino en buscar una puerta que permita sacarla de la agonía.

La mejor solución para salvar, liberar y reconstruir a Cuba sería que los propios cubanos, dentro y fuera de la Isla, uniéramos nuestras fuerzas y lográramos, mediante la lucha cívica no violenta, una gran movilización nacional y un paro general capaces de quebrar los mecanismos de dominación y abrir paso al fin de la dictadura y a un serio proceso de democratización.

Esa es la vía que considero preferible, pero debemos ser realistas. La mayoría de los cubanos desea cambios, bienestar y libertad, pero décadas de brutal represión han sembrado un miedo profundo. La mayoría sigue temiendo a las detenciones, las golpizas, las torturas físicas y psicológicas, las condenas desproporcionadas y  a las terribles condiciones penitenciarias: hambre, desnutrición, enfermedades (tuberculosis, sarna, parasitismo…), chinches, insectos, roedores, insalubridad, falta de atención médica,  etc.

La indefensión sembrada en las mentes de nuestros compatriotas hace que muchos piensen que sus propias fuerzas nunca serán suficientes para liberara Cuba.  Muchos hemos salido del país y, desgraciadamente, la mayoría una vez fuera, tampoco se incorpora activamente a la lucha ni ayuda a quienes continúan enfrentando la represión dentro de Cuba. Así resulta mucho más difícil producir la gran movilización nacional que necesitamos. No es imposible, pero hay que trabajar mucho todavía.

Una segunda vía sería combatir militarmente al régimen, como nuestros mambises combatieron al colonialismo español. Pero hoy esa posibilidad resulta aún menos viable. Estamos ante un pueblo desarmado frente a un Estado que conserva el monopolio de las armas, controla sus fuerzas militares y policiales, ha tenido y sigue contando con el apoyo de potencias autoritarias como Rusia y China y dispone de enormes mecanismos de vigilancia y represión. Un levantamiento armado podría desencadenar una guerra civil de consecuencias imprevisibles.

Además, Estados Unidos lleva décadas oponiéndose a que desde su territorio se organicen expediciones militares de cubanos contra el régimen comunista. Sus propias leyes prohíben organizar determinadas expediciones armadas contra otros Estados. Quienes intenten preparar una empresa semejante desde territorio estadounidense se expondrían a la intervención de las autoridades federales.

Queda entonces una tercera posibilidad: una acción militar quirúrgica de Estados Unidos dirigida contra estructuras esenciales del aparato militar y represivo del régimen. Quienes vemos necesaria y positiva esta opción, no podemos afirmar que estaría exenta de riesgos. Extirpar un cáncer implica riesgos, liberar a una nación también. Pero esta Gran Nación es el único cirujano capaz de hacer que la operación sea exitosa y solo afecte a la enfermedad, no a la víctima que la padece.

Los del régimen, muy asustados ante la posibilidad de que terminen como Nicolás Maduro  o Alí Jamenéi, levantan campañas con la intención de conjurar el peligro y llaman “traidor” a quien, ante el sufrimiento de su pueblo y el cierre de las demás salidas, considere necesario solicitar ayuda del exterior como en su momento hicieron los mambises.

Nuestra propia historia demuestra que buscar apoyo internacional no es sinónimo de traicionar a Cuba. Todo lo contrario. Carlos Manuel de Céspedes envió representantes a Estados Unidos para buscar reconocimiento y ayuda moral y material para la causa independentista. El Comité Revolucionario de Camagüey, del que formó parte Ignacio Agramonte, buscó igualmente reconocimiento de beligerancia y auxilio exterior. Máximo Gómez apeló a Estados Unidos ante el drama que sufría Cuba durante la Reconcentración de Weyler y, llegada la guerra hispano-estadounidense, las fuerzas cubanas cooperaron con las estadounidenses contra España. Calixto García participó en esa cooperación militar, aunque después protestó enérgicamente cuando los cubanos fueron injustamente excluidos de la entrada y de decisiones relacionadas con Santiago de Cuba.

Los patriotas de hoy volveríamos a protestar energicamente ante cualquier opción que no contemple plena libertad, derechos y soberanía para Cuba y todos los cubanos.

Antonio Maceo defendía con orgullo la capacidad de los cubanos para conquistar la independencia con sus propios esfuerzos. No consideraba necesaria una intervención militar estadounidense. Pero una cosa era rechazar la intervención y otra muy distinta rechazar toda ayuda. Maceo comprendía perfectamente la importancia de obtener armas y municiones y buscó cooperación estadounidense para que esos recursos pudieran llegar a los combatientes cubanos.

También Martí, profundamente preocupado por preservar la soberanía futura de Cuba, comprendía que ninguna revolución podía vivir de espaldas al mundo. Llegó a escribir sobre la necesidad de «merecer, solicitar y obtener» la simpatía del Norte, porque sin ella la independencia sería muy difícil de lograr y mantener.

En las Bases del Partido Revolucionario Cubano estableció la necesidad de mantener discretamente relaciones con pueblos amigos para facilitar, con el menor derramamiento posible de sangre y sacrificios, el triunfo de la revolución y la fundación de la República.

Es decir, independencia no significaba aislamiento. Soberanía no significaba renunciar a obtener solidaridad, reconocimiento, recursos o cooperación exterior. La democratización de Cuba hoy, además, no interesa solamente a los cubanos. Durante décadas el régimen cubano ha desempeñado un papel activo y agresivo en América Latina apoyando gobiernos, movimientos y organizaciones ideológicamente afines. Sus relaciones con Venezuela y Nicaragua, entre otros países, muestran que el problema cubano posee una dimensión regional.

También Estados Unidos tiene un interés legítimo en que a pocas millas de sus costas exista una Cuba estable, democrática, soberana y respetuosa de los derechos humanos; una Cuba independiente, pero capaz de mantener relaciones de amistad y cooperación con su vecino del Norte. Hoy el régimen castrista tiene estrechas  alianzas con los principales enemigos de Estados Unidos y de la libertad en todo el planeta.

Hoy, mientras circulan informaciones sobre planificación militar estadounidense relacionada con diferentes contingencias en el área del Caribe, el régimen cubano intensifica entrenamientos, ejercicios militares y un discurso de supuesta defensa de la «patria». Defender a Cuba es una cosa, defender a la tiranía castrocomunista es otra muy diferente.

La patria no es un partido, no es la familia Castro. Cuba somos todos.

Nadie tiene derecho a acusar de traidor a quienes buscan la puerta más efectiva para sacar a Cuba de su agonía, para salvar a miles de ancianos, niños y familias enteras. Salvar a Cuba es el imperativo para todo buen cubano.

Martí fue muy claro: ante una situación de villanía, conformarse es hacerse cómplice.

Buscar ayuda para que un pueblo recupere sus derechos y pueda vivir con dignidad y bienestar, no es traición. Traicionar a un pueblo es defender a quien lo esclaviza y lo somete a criminal opresión y miseria extrema.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.


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