Hace veintitantos años llegué a su casa de Caimito, tímido, con un manuscrito en las manos donde temblaban mis primeros versos. Ya conocía a Terry, el escritor del barrio, pero su presencia imponía respeto, encarnaba lo que yo quería ser en la vida. Jamás pasó por mi mente que un día recibiría su invitación para presentar un libro suyo. Y aquí estoy. Leer y releer Criaturas del corazón fue un ejercicio interesante y aportador. No es un libro más de crónicas o de comentarios o de artículos. Es una provocación, un abordaje profundo a fenómenos esenciales de la existencia, o al menos de la existencia de un escritor cubano de su generación, con obra firme y nombre escrito ya en la historia literaria de la nación.
Las miserias humanas y el triunfo de la grandeza y el talento sobre esas miserias son combustible de este libro. Sus criaturas no son de ficción. Allí sonríen los amigos, los coterráneos, espacios físicos entrañables, deportistas de culto… con esas criaturas juega Miguel y las encarna. Pone su voz al servicio de la justicia, como arma ante la desmemoria, como intento reivindicativo necesario de lo valioso. Miguel defiende la belleza: en nuestro idioma, en un artista local, en una generación pujante con mucho que decir y tiempos recios, en el estadio de pelota de su pequeño pueblo o en las inolvidables figuras del llamado pasatiempo nacional. Defiende la belleza sin pactos espurios que la mancillen, apegado a la historia, a los hechos.
Criaturas… es un grito, un reclamo, una lanza partida en favor de la coherencia, el sentido común, de la verdad.
No está lejos de estos escritos el Terry periodista. Aquí comenta, cuestiona, indaga, propone, sentencia, cronica, investiga para develar y acusa con rigor argumentado a quienes ensucian el idioma español, o la historia, o la cubanía misma con su memoria selectiva y su oportunismo.
En una Artemisa donde los méritos de Proa dormitan a la sombra, eclipsados por el origenismo que es más contemporáneo, donde se conoce poco la huella de Paco Mayfrend, donde la identidad se construye a retazos, resulta útil un libro como Criaturas del corazón, donde el autor nos recuerda los valores de lo cercano, de lo consustancial a nuestra realidad cotidiana, de lo que llamaría un Grande de las letras lo Real Maravilloso que late en cada esquina de nuestra América.
La casa de Terry Valdespino está, él mismo lo ha dicho, en una esquina de un pueblo cualquiera; pero los libros, el arte, la cultura sobre todo le han hecho desandar el universo. Yo diría también conquistar el universo.
Criaturas… es un libro bien escrito, con oficio, intertextos y sentencias tácitas, enjundiosas y necesarias. Es una obra que no solo favorece al teatrista Juan José Jordán o al entrañable y talentoso artista visual Denys San Jorge, a los que dedica sendos textos. Todos los artistas y creadores, sobre todo los de provincia, tienen en este libro una plataforma, una vitrina, un amplificador del sentir común. Terry escribe como un cubano, vive como un escritor cubano y tiene, como es lógico, las inquietudes de cualquier creador cubano. Recuerda en su libro que todo poeta está siempre en peligro. Por eso se sostiene en su creación, se salva en ella bosquejando al Borges mítico al tiempo que aborda al desconocido coterráneo Rolando Morales Crespo. Vindica a Anglada, a Changa, a Huelga, a muchos otros. Se para sobre la lomita y lanza otro libro como una recta de muchas millas y no hay quien le batee. Su nombre no podrá ser borrado por nadie. Intentarlo sería un acto inútil. Nada ni nadie podrá borrarlo del aleph luminoso de la nación cubana con su pluma sagaz, cuestionadora, necesaria.
Terry mismo es una criatura del corazón artemiseño y cubano al que las páginas le sostienen el alma y no siempre (casi nunca), el bolsillo. Un escritor que, para colocarle alguna tara en estas líneas, no sabe escoger presentadores para sus libros y me tiene aquí, con las manos temblorosas como hace veintitantos años, para recomendarles que lean el libro, se acerquen al hombre, admiren al hijo ilustre de Caimito y conozcan, privilegio que nos permite concurrir en este azar del tiempo, solo algunas de las criaturas que lo habitan.
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