Un amigo árabe mío en los años 90 se brindó para reconstruir todo Tarará, completo, pero empezando por fases.
La propuesta suya era echar abajo todo, no dejar piedra sobre piedra, y volver a construir cada casa a partir de cero, aunque idéntica a cómo era.
Usaría una tecnología de escáner y de no sé qué historia que fue la que se utilizó en el restaurante El Floridita de La Habana Vieja.
Pues en mi cara le dijeron que si estaba loco…
Y miren los iluminados que le dijeron loco a mi amigo árabe, hombre de mucho dinero, y amante de Tarará, las ruinas que tenemos hoy, 30 años después, por culpa de unos tarados con poder.
¿Y quién paga por todo esto? Nadie.
En Cuba lo público no es de nadie.













