Los sábados por la mañana, cuando muchos niños todavía disfrutan de las horas de descanso, Ronald Alejandro Quesada Ríos, de 11 años, se prepara para asistir a sus clases de música. Vive una jornada que comienza en casa y continúa entre tambores de metal, ejercicios de percusión, compañeros y profesores. Desde hace un año, forma parte de Steel Band Habana, un proyecto comunitario del municipio de Diez de Octubre, en La Habana, donde la música del Caribe se convierte en una oportunidad para aprender, compartir y descubrir nuevas posibilidades.

Al principio, Ronald apenas conocía los instrumentos que hoy forman parte de su vida. Comenzó con la percusión y, con el tiempo, aprendió a tocar otros elementos de la agrupación, entre ellos el tenor y el bajo. Su formación también transcurre en la escuela de música Paulita Concepción, donde estudia percusión. La experiencia en Steel Band Habana le permite ampliar esos conocimientos y desarrollar sus habilidades junto a otros niños de edades e intereses similares.

“Me puedo realizar con mis amigos y aprendo mucho”, cuenta el pequeño músico al referirse a un espacio que combina el aprendizaje artístico con la convivencia. En sus palabras aparecen la curiosidad por los instrumentos, el vínculo con sus compañeros y el reconocimiento a los profesores, factores que explican por qué continúa asistiendo a los ensayos.
A pocos metros, otros niños recorren un camino semejante. Eric Xavier Díaz Rodríguez, también de 11 años, llegó al proyecto hace aproximadamente un año, después de conocerlo a través de las clases de percusión en una Casa de Cultura. Su madre lo llevó a una primera sesión y el sonido de aquellos instrumentos terminó por convencerlo de quedarse.

Eric vive en La Palma, una localidad del municipio de Arroyo Naranjo, y cada sábado debe organizar su mañana para llegar al taller. La distancia no ha sido un impedimento para continuar una actividad que disfruta tanto por sus posibilidades musicales como por el ambiente entre los integrantes. “Me gusta la convivencia que hay aquí”, afirma.
Su recorrido también refleja los cambios que puede experimentar un niño cuando encuentra un espacio para desarrollar una vocación. Antes de llegar a su instrumento actual, el doble tenor, pasó por otras opciones y adquirió conocimientos que le permiten comprender mejor el funcionamiento de la agrupación. Reconoce que al principio le costaba mantener el ritmo y que necesitó paciencia y memoria para aprender las canciones.
“Yo quisiera salir adelante con la música, es lo que me inspira a seguir”, expresa Eric. La frase resume una aspiración que todavía está en formación, pero que ya cuenta con un escenario donde ponerse a prueba.
Detrás de esas experiencias se encuentra Mario Emilio Hechavarría, director de la agrupación profesional Steel Band Habana y responsable del taller y del conjunto infanto-juvenil. La iniciativa nació de una necesidad concreta: ofrecer a los niños de las comunidades una propuesta cultural diferente, vinculada a la tradición musical cubana y abierta a las sonoridades del Caribe.
El proyecto parte de una combinación particular. Los tambores metálicos aportan una identidad sonora procedente de Trinidad y Tobago, mientras el repertorio incorpora composiciones y ritmos asociados a la música cubana. La intención no consiste en sustituir una tradición por otra, sino en establecer un diálogo entre ambas y acercar a las nuevas generaciones a un instrumento poco habitual en su entorno.
Hechavarría explica que la agrupación trabaja con obras de compositores y referentes de la música cubana, en una propuesta que busca conservar la identidad nacional a través de un formato instrumental de origen caribeño. Para los niños, esa combinación significa acercarse a un repertorio conocido desde una perspectiva distinta y descubrir las posibilidades de instrumentos que, en muchos casos, no habían visto antes de llegar al taller.
La historia de Steel Band Habana también está relacionada con los intercambios culturales entre países del Caribe. Según recuerda su director, en 1984 se desarrolló un convenio entre Cuba y Guyana que permitió la fabricación de instrumentos de metal en la isla. Con el paso del tiempo, aquellos equipos envejecieron y dejaron de responder a las necesidades de los músicos.
Una donación de Trinidad y Tobago permitió renovar el instrumental y disponer de equipos destinados tanto a la agrupación de adultos como a los niños. La incorporación de esos instrumentos abrió nuevas posibilidades para el trabajo pedagógico y artístico, pues el proyecto necesita contar con recursos adecuados para que los estudiantes puedan familiarizarse con las distintas voces que integran el conjunto.
En el taller, el aprendizaje comienza por la percusión. Un profesor especializado prepara a los niños para que desarrollen las habilidades necesarias antes de avanzar hacia otros instrumentos. La convocatoria está dirigida a menores de entre siete y 14 años, aunque la incorporación a la banda infantil depende del progreso individual y de las aptitudes que demuestre cada participante.
No todos llegan con la misma experiencia. Algunos han estudiado música con anterioridad; otros descubren los instrumentos por primera vez. El propósito es acompañar ese proceso y ofrecerles una preparación que les permita continuar estudios musicales o, si reúnen las condiciones necesarias, incorporarse en el futuro a la agrupación.
Hechavarría señala que el taller cuenta con 18 niños en formación y que el crecimiento del proyecto ha permitido organizar dos grupos en diferentes etapas de desarrollo. Mientras unos comienzan a familiarizarse con los instrumentos y el lenguaje musical, otros ya poseen las destrezas necesarias para asumir un repertorio más exigente.
Esa diferencia entre niveles no impide que compartan el mismo espacio. La práctica colectiva exige escuchar a los demás, respetar los tiempos, mantener la concentración y comprender que el resultado depende del trabajo de todos. En una agrupación de este tipo, cada instrumento cumple una función y cualquier avance individual repercute en el conjunto.
Para Ronald, el aprendizaje va más allá de conocer nuevas técnicas. Su interés por la música comenzó cuando era pequeño y pasó por distintas experiencias antes de incorporarse a Steel Band Habana. Ahora encuentra en los ensayos la posibilidad de continuar su preparación y compartir con otros jóvenes que también aspiran a desarrollarse como músicos.
Eric, por su parte, recuerda las dificultades iniciales para mantener el ritmo y memorizar las canciones. El progreso ha llegado con la práctica y la orientación de sus profesores, a quienes describe como personas pacientes y dispuestas a enseñarle. Ese acompañamiento resulta importante en una etapa en la que el entusiasmo necesita convertirse en disciplina para sostener el aprendizaje.
La formación artística requiere continuidad, y esa condición representa uno de los principales desafíos para el proyecto. En el contexto económico que atraviesa Cuba, llegar hasta el taller puede resultar complicado para las familias que viven lejos o no disponen de transporte. Algunos niños deben recorrer parte del trayecto a pie para participar en los encuentros.
Pese a esas dificultades, el director destaca el compromiso de los padres, cuya participación considera indispensable para mantener las actividades. Las familias organizan los traslados, acompañan a sus hijos y respaldan una iniciativa que exige tiempo y esfuerzo, incluso cuando las condiciones cotidianas no facilitan la asistencia.
La agrupación lleva su música a diferentes espacios, entre ellos el Parque Lenin, el Palacio de Pioneros y comunidades de La Habana. Esas presentaciones permiten a los niños mostrar lo aprendido fuera del aula y enfrentarse a una experiencia distinta de los ensayos. También acercan al público a una sonoridad que combina la percusión melódica de los instrumentos metálicos con elementos de la música cubana.
Para los integrantes más jóvenes, tocar frente a otras personas supone un ejercicio de confianza. Eric reconoce que disfruta la sensación de actuar y recibir los aplausos. En esos momentos, el trabajo realizado durante las clases adquiere otra dimensión: las notas dejan de ser ejercicios individuales y se convierten en una interpretación compartida con el público.
El alcance del proyecto no se limita a quienes ya integran la banda. Hechavarría aspira a que la formación funcione como una vía de acceso a las escuelas de música para aquellos niños con aptitudes e interés por continuar sus estudios. Para quienes elijan otro camino, la posibilidad de formar parte de la agrupación representa una alternativa de desarrollo artístico.
Esa perspectiva cobra importancia en comunidades donde el acceso a determinadas experiencias culturales puede depender de la existencia de iniciativas cercanas. La propuesta abre una puerta a niños de Diez de Octubre y de otros municipios, sin limitar la participación a quienes viven en las inmediaciones del taller.
Steel Band Habana articula así varias funciones: enseñar música, estimular la disciplina, favorecer la convivencia y ampliar las opciones culturales de la infancia. Su identidad nace de un instrumento vinculado a la historia musical del Caribe, pero adquiere un sentido propio cuando sus sonidos se incorporan al repertorio cubano y pasan a formar parte de la vida comunitaria.


