Girón

Silencio y flores frescas por Carilda

Carilda Oliver Labra

Amanece en Pueblo Nuevo con un vaho de ciudad antigua. El alba se derrama sobre los tejados coloniales, las calles sucias y, en esa luz primera, algo viaja con el rocío. Podría ser el recuerdo de una mujer menuda, o solo la brisa veraniega.

Camino por la calzada de Tirry, frente a la casa que fue suya. Un aire denso escapa del portón y trae una fragancia inconfundible. No hay jardín a la vista; el perfume parece brotar de los muros. Un vecino sentado en el quicio afirma que cada julio vuelve ese aroma, como si ella acabara de pasar con un ramo de flores frescas.

Las campanas de la Catedral de San Carlos tañen despacio. Un grupo de niños corretea alrededor de la estatua de Milanés. Alguien, en un banco, lee en voz alta versos sueltos. Escucho fragmentos que reconozco de inmediato: «me desordeno, amor, me desordeno (…) y casi sin por qué, casi por nada…». La voz es ronca, femenina, y el poema se abre paso entre el tráfico de riquimbilis y las discusiones sobre el precio del dólar.

Avanzo por Calle Medio. Un ejemplar de Al sur de mi garganta espera por mí en un puesto de libros usados. La tinta sobre el papel amarillento aún palpita. El guardián, un hombre calvo de espejuelos, me confiesa que en las noches de luna nueva las ventanas de su establecimiento crujen sin motivo. Yo tomo nota del dato, con el escepticismo del oficio y la emoción del cómplice.

Llego hasta Versalles. La brisa del Yumurí se encabrita entre las buganvilias. En el patio de una escuela primaria, una maestra jubilada enseña a sus alumnos un poema que memorizó de niña. Los pequeñines corean: «todo te debo, Matanzas: / la Biblioteca, el estero, / tener alma y no dinero… / Te debo las esperanzas».

Subo hasta Monserrate. Desde allí, la ciudad se ofrece como un abanico de techos rojizos. El sol, ya agonizante, pinta franjas violáceas en el cielo. En ese silencio de la hora violeta, siento una presencia a mi lado. No emite palabra, pero su manera de mirar el valle es la de quien reconoce un rostro amado. Descubro, entonces, que su espíritu no se aferra a los objetos: se aferra a la luz específica de esta ciudad y esta hora.

Anochece. Las farolas del Parque de la Libertad permanecen apagadas. Un manantial de niños y adolescentes inunda la plaza con sus bailes reparteros. Busco entre los rostros infantiles alguna señal; algún gesto que delate la herencia. La hallo en una niña que, ajena al bullicio, lee sentada en un escalón, alumbrada por una vela. No puedo ver el título del libro, pero sus labios se mueven con una cadencia familiar.

Ya en la madrugada, la bahía se aquieta como un animal moribundo. La luna es un tajo de luz sobre el agua oscura. Me despido de la ciudad con la certeza de haber sido testigo de un festejo íntimo. No hubo discursos ni ofrendas. Hubo, apenas, una brisa con olor a flores frescas, unos versos sueltos y el andar levísimo de una mujer que decidió quedarse para siempre en su Matanzas amada. El resto es silencio.

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