En los últimos tiempos se ha vuelto habitual ver a adolescentes con una lata de Shaka en las manos. Para muchos es una bebida de moda, una forma de «tener más energía», mantenerse despiertos para estudiar o simplemente seguir una tendencia. Sin embargo, detrás de su llamativa imagen y su sabor agradable existe una realidad que las familias no deben ignorar.
Shaka pertenece al grupo de las bebidas energizantes. Su fórmula combina cafeína, azúcar y otros ingredientes estimulantes, como la taurina y vitaminas del complejo B. Aunque estos componentes pueden ser consumidos por adultos sanos con moderación, no son recomendables para adolescentes, cuyo organismo, especialmente el sistema nervioso y cardiovascular, continúa en desarrollo.
A ello se suma una situación aún más preocupante: en el mercado circulan algunas variantes de Shaka con sabores asociados a bebidas alcohólicas, como vodka, mojito y otras presentaciones similares. Aunque su imagen pueda resultar atractiva para los jóvenes, estos productos contribuyen a normalizar el consumo de bebidas vinculadas al alcohol desde edades tempranas, generando una percepción equivocada de inocuidad y fomentando hábitos que pueden convertirse en riesgos mayores en el futuro.
El exceso de cafeína puede provocar palpitaciones, aumento de la frecuencia cardíaca, elevación de la presión arterial, nerviosismo, ansiedad, temblores, irritabilidad, insomnio y dolores de cabeza. Cuando su consumo se vuelve frecuente, también puede generar dependencia a la cafeína y afectar el descanso, la concentración y el rendimiento académico.
Lo más preocupante es que muchos adolescentes recurren a estas bebidas antes de practicar deportes, para pasar largas horas estudiando o simplemente para combatir el sueño. Pero la energía que producen es pasajera. En realidad, obligan al organismo a mantenerse en alerta, enmascarando el cansancio sin resolver la verdadera necesidad del cuerpo: descansar, hidratarse y alimentarse correctamente.
La adolescencia es una etapa decisiva en la formación de hábitos y conductas. Por ello, la orientación de la familia resulta fundamental. Conversar sobre los riesgos asociados al consumo de bebidas energizantes, supervisar lo que consumen nuestros hijos y promover estilos de vida saludables son acciones que contribuyen a proteger su salud física y emocional.
La verdadera energía no se encuentra en una lata. Cuidar a nuestros adolescentes también implica enseñarles a distinguir entre lo que está de moda y lo que realmente beneficia su bienestar. Porque la salud de hoy será la calidad de vida del mañana.


