En el léxico digital de la Generación Z —y otras— ahora está de moda «farmear aura», un concepto que según fuentes de Internet, es heredado del mundo del gaming y la cultura del hype. ¿De qué se trata esto de lo que todos hablan en redes sociales, sobre todo los más jóvenes, y que se ha salido del espacio virtual hasta las calles en forma de competencias?
Para empezar debemos entender que «farmear» es un término que se deriva de «to farm» (cultivar), que, adecuado al mundo de los videojuegos, se refiere a repetir acciones para conseguir puntos, recursos o recompensas. Mientras tanto, en tal ambiente «aura» se utiliza para definir seguridad, estilo y atractivo.
Conociendo su génesis podemos entender que se trata de un fenómeno popular que se impone con un carácter adolescente para «caer bien». La intención es casi noble, pero forzada para transmitir carisma y confianza con una elegancia particular premeditada, sin embargo esto habla un poco de falta de autenticidad. Es el principio básico de querer ser aceptados con una actitud que despierte interés en los demás.
«Farmear aura» no es una simple jerga de internet, detrás exhibe un comportamiento con demostraciones diversas de «personajes». Si tradicionalmente el aura remite a una cualidad inmaterial, intrínseca y difícil de impostar, una idea más apropiada de entornos poéticos sobre la energía única que nos circunda, la lógica algorítmica logró empaquetarla como un recurso acumulable.
Bajo ese razonamiento popular resulta que hoy el magnetismo personal no se descubre, es posible cultivarlo de forma obsesiva para ser mostrado, sometido a aprobación e, incluso, utilizarlo como iniciativa para monetizar en esa vorágine de interacciones de consumo rápido que tiene a medio mundo hipnotizado.
Resulta que en ese camino en busca de la popularidad se experimenta con distintas personalidades. Cada quien «actúa», se comporta y muestra de sí lo que entiende que puede resultar llamativo. Por eso vemos en las redes videos de muchachos haciendo lo que entiende para simpatizar. Puede ser un gesto, una mirada, un movimiento que supone original, que le identifica.
El fenómeno de «farmear aura» abarca desde la estética del desenfado calculado hasta una actitud de estoicismo hiperestudiados. Podemos hablar de cómo se gestiona la vulnerabilidad, cómo se utiliza el histrionismo —o todo lo contrario— para proyectarse superior, misterioso, o crear escenarios que controlen todos los detalles para proyectar la imagen deseada.
Es una forma de actuar, de interpretar un papel diseñado para impactar. Y en esto interviene el efecto manada y la validación rápida del grupo.
Es una tendencia que se presenta como un juego de roles, donde cada quien expone su versión más extrema para la audiencia de turno, ya sea en redes sociales, o más reciente en parques y calles donde se citan semejantes para medirse y cada uno saberse más original que el otro.
Hasta ahora parece un juego sano en el que interviene un poco la actuación, permite socializar y, evidentemente, opera la necesidad de pertenencia y a toda costa evitan quedar expuestos al rechazo y al ridículo. Esa es la parte fea en un sector etario susceptible. Negativo puede ser que de tanto actuar se pierda un poco el rumbo y aflore una crisis de sensibilidad.
No obstante, de todas las tendencias parece ser que esta no es tan compleja. Pero los mayores deberían velar por sus hijos de cerca porque, aunque parece inocente, en un entorno saturado de ruido digital, la espontaneidad puede resultar riesgosa porque estamos hablando de fachadas muchas veces impuestas para encajar, y esto contrasta con el riesgo de ser vulnerable alejado del filtro de una pantalla o ante el grupo.
El peligro de este recurso de «farmear el aura» reside en la banalización de la identidad, en la paradoja de intentar cuantificar y fabricar el carisma, y esto obliga a estar hiperalerta para no salirse del personaje. Lo que empieza como un hobby de estatus entre adolescentes puede terminar por estimular una neurosis colectiva por el control de la percepción ajena.
Quizás son muy jóvenes para entender que el carisma real no surge de un diseño de producción ni de la repetición calculada de tendencias, sino que es resultado involuntario de nuestra personalidad, que es única, no puede ser fruto de autenticidad ensayada.
