No hace falta preguntarle cuánto pesa el oficio: basta verlo salir del Latinoamericano y saber que aún le queda otra jornada, porque el entrenador de pitcheo de Industriales termina aquí y corre hacia la Antillana de Acero, donde lo esperan otros muchachos, otros brazos y la misma vocación.
“Yo no me quito el traje del béisbol”, dice, y la frase parece menos una metáfora que una descripción exacta de su existencia, repartida entre el gimnasio, el diamante, las clases que planifica y una familia a la que intenta robarle algunas horas.
Madruga comenzó a trabajar en la pelota a los 19 años, en San Francisco de Paula, su tierra natal, después de abandonar arquitectura en tercer año y encontrar en la cultura física y la psicología caminos que terminaron conduciéndolo hacia la formación de peloteros.
Allí permaneció 11 años, primero como entrenador de categorías inferiores y después como responsable principal, acumulando medallas y aprendiendo una lección que definiría su carrera: formar a un lanzador no consiste únicamente en enseñarle a soltar una pelota.
Después llegaron la EIDE (Escuela de Iniciación Deportiva Escolar), la Academia Provincial, las categorías juveniles, el Sub-23 y las selecciones nacionales, hasta convertirse en uno de esos técnicos que han subido lentamente por la pirámide, sin saltarse escalones y sin olvidar de dónde vienen los muchachos que ahora tiene delante.
Su hoja internacional incluye seis equipos Cuba —cinco Sub-15 y uno Sub-23— y, si todo marcha como espera, el Mundial de Nicaragua será su séptima experiencia con una selección nacional, esta vez como integrante del cuerpo técnico que dirigirá Guillermo Carmona, precisamente el hombre que primero confió plenamente en él como entrenador de pitcheo.
“Mi mayor virtud yo le digo a ellos que es saber escuchar y saber aprender”, confiesa, consciente de que buena parte de lo que hoy sabe nació de observar a otros, desde Javier Gálvez hasta José Elósegui y Julio Romero, además de numerosos maestros que dejaron huella en su manera de entender el montículo.
De cada uno tomó “su poquitico”, como quien reúne pequeñas piezas hasta construir una filosofía propia, y quizá ahí esté una de las claves de su permanencia: Madruga no parece tener prisa por llegar, sino voluntad para prepararse cuando llegue la oportunidad.
Por eso define su carácter profesional con tres palabras: disciplina, voluntad y entrega.
La primera lo obliga a cumplir; la segunda le enseñó a esperar; la tercera explica por qué, después de una jornada agotadora, todavía puede sentarse en casa, encender una lámpara en medio de los apagones y dedicar otra hora a planificar las clases del día siguiente.
Porque el béisbol cubano que recibe hoy a sus jóvenes lanzadores no es el mismo de otras generaciones y Madruga lo sabe: “tienen menos carretera” debido a la reducción de series provinciales, temporadas y campeonatos que antes acumulaban innings y experiencia antes de llegar a la Serie Nacional.
“Hay que hacer un trabajo superior a lo que nosotros pensamos”, advierte, porque en la Serie Nacional ya no debería comenzar el aprendizaje elemental, sino consolidarse lo aprendido.
Ahora Industriales prepara su próxima batalla y Madruga trabaja con los brazos que deberán sostener buena parte de las aspiraciones capitalinas, mientras mira también hacia noviembre y hacia un Campeonato Mundial Sub-23 que anticipa complicado por la calidad de los rivales y las ausencias de varios lanzadores cubanos.
“Es un evento donde el mundo entero, sus grandes figuras participan”, explica, sin esconder las dificultades, aunque tampoco renuncia a la esperanza: Cuba ha perdido hombres importantes por lesiones y situaciones contractuales, pero él insiste en que existe un buen equipo y que la clave estará en elevar la concentración.
El pitcheo, como suele ocurrir en cualquier campeonato, vuelve a aparecer como una pregunta incómoda, pero Madruga responde desde el trabajo, no desde el lamento.
Quizá porque para él enseñar a lanzar también significa enseñar a vivir, y por eso concede a la comunicación un valor que muchas veces queda oculto detrás de las estadísticas: “si tú no te sientas, no hablas con ellos, no les preguntas qué te pasa, cómo te sientes, qué es lo que debemos cambiar en tu plan, no sale nada”.
En sus palabras aparece el entrenador, pero también el hombre que conoce las grietas de quienes tiene delante, porque sabe que detrás de cada brazo hay miedos, frustraciones, sueños y una historia que no aparece en ninguna planilla.
Él mismo carga con una historia donde el dolor y el sacrificio tienen nombres propios. Cuando habla de la muerte de su madre, los ojos se le aguan. Fue el momento más difícil de su carrera y de su vida, justamente cuando todavía soñaba con llegar lejos como atleta y tuvo que asumir responsabilidades familiares que terminaron desviando aquel camino.
No llegó como jugador hasta donde quería, pero encontró otra manera de permanecer en el béisbol y quizá el destino, con sus extrañas formas de compensar las derrotas, terminó llevándolo hacia un lugar desde el que podía ayudar a otros a alcanzar aquello que él no pudo.
Y si su madre representa una herida que todavía conmueve, sus tres hijos —una hembra y dos varones— encarnan el orgullo.
Cuando habla del mayor de los varones, de apenas 14 años, la emoción vuelve a asomarse a sus ojos: recuerda aquel niño campeón en la categoría 9-10 años y después destacado internacionalmente, hasta convertirse en líder de jonrones con cuatro vuelacercas en un torneo en República Dominicana.
Madruga no habla entonces como entrenador, sino como padre, y detrás de sus palabras se adivina la satisfacción de haber visto florecer un talento nacido también entre sacrificios, carreras, entrenamientos y horas robadas al descanso.
“Yo lo único que hago es béisbol, y estar en la casa con mis hijos”, resume, como si ambas cosas fueran inseparables.
Ha perdido cumpleaños, celebraciones y momentos familiares por representar a Cuba, incluso apenas dos días después del nacimiento de su nieta, cuando tuvo que viajar a un torneo internacional, pero intenta recuperar el tiempo en pequeños rituales domésticos: un parque, una comida, una pizza para los niños.
Esos momentos son su manera de respirar lejos del béisbol, aunque reconoce que desconectarse resulta “muy difícil”. Tal vez por eso busca también otro refugio.
Los domingos va a la iglesia católica donde fue bautizado y donde bautizó a sus hijos, un lugar en el que ayuda a limpiar, construir y recoger, pero sobre todo encuentra una paz que el terreno no siempre puede ofrecerle.
Allí, lejos de las rectas, las curvas y los planes de entrenamiento, vuelve a ser simplemente Reynier, el hijo de Víctor Madruga, el padre, el esposo, el abuelo de una niña y el hombre que todavía cree que hacer el bien puede ser una forma de vivir.
Su sueño deportivo permanece intacto: dirigir algún día un equipo nacional de primera categoría y representar a Cuba en unos juegos multideportivos, una meta que considera posible si los resultados continúan acompañándolo.
No habla de ese futuro con arrogancia, sino con la paciencia de quien ha esperado durante décadas. “Todo no depende de mí, depende de los resultados”, admite.
Mientras tanto, sigue mirando a los niños de 9-10 y 11-12 años, visita los terrenos de las categorías 15-16 y juvenil, observa brazos que apenas comienzan a descubrir sus posibilidades y acumula información para que mañana no lo sorprenda ningún talento.
Quiere ser recordado como formador, no como el hombre que simplemente enseñó a lanzar una recta, una curva o un cambio, sino como aquel que ayudó a varias generaciones a encontrar su camino en el béisbol.
Y quizá esa sea la verdadera dimensión de Reynier Madruga: un entrenador que empezó queriendo llegar lejos con su propio brazo y terminó dedicando su vida a poner el suyo detrás de miles de brazos ajenos.
Porque mientras otros miden una carrera en victorias, campeonatos o medallas, Madruga parece medirla en muchachos que un día abandonan el montículo convertidos en mejores lanzadores, mejores peloteros y, sobre todo, mejores hombres.
Él seguirá allí, con el silbato al cuello, los tacos puestos y el plan de entrenamiento bajo el brazo, esperando que alguna de esas pelotas lanzadas al futuro regrese convertida en la respuesta que lleva toda una vida buscando: que el béisbol cubano vuelva a encontrar, en sus lanzadores, la fuerza de sus mejores sueños.



