¿Quién le pone elcascabel… al ruido?
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¿Quién le pone elcascabel… al ruido?

En el Instituto Superior Pedagógico de Enseñanza Técnica y Profesional, compartí cinco años de Facultad y carrera con fundadores del grupo humorístico “Pagola la paga”, especialistas en hacer parodias de algunos clásicos de nuestra música.

Recuerdo que Pagola retrató el aspecto y los sonidos de las guaguas de la capital en aquella etapa, cantando: “Como lata ruidosa de la civilización, las guaguas en La Habana hacen su aparición…”.

Salvando la distancia y las diferencias, bien aterrizada, esa parodia pudiera describir un fenómeno bien incómodo que vivimos en el municipio cabecera, quienes tenemos la desagradable obligación, porque no queda de otra, de escuchar una avalancha de ruidos grotescos, indecentes e infernales emitidos por algunas motos, triciclos y bicitaxis eléctricos, en cualquier hora, lugar y circunstancia.

Lo mismo estás a expensas de esos “ruidos” en céntricas cuatro esquinas con semáforo incluido que frente a la funeraria, la biblioteca, una escuela o en una cuadra donde permanece un paciente encamado. No tienen límites de tiempo ni espacio. Nada ni nadie se lo impide.

Fui testigo de un altercado de uno de estos desconsiderados, con un comportamiento burlón e irrespetuoso hacia un señor, ya entrado casi en los ochenta, que le llamó la atención frente al Policlínico Tomás Romay, donde detuvo su artefacto sin bajar el volumen siquiera.

Al final del pleito el malhechor siguió su rumbo calle abajo con su bullaranga a lo máximo posible, y el oponente lo tildó de “mondongo social”. Aplaudí hasta el delirio el ingenioso y ajustado calificativo.

Amén del suplicio provocado al oído ajeno por estos sujetos rodantes, promotores a ultranza de letras vulgares, que no alcanzan ni la categoría de composiciones de bajo costo, rematadas con malas palabras y ofensas a las mujeres, dejando ver su pésimo gusto musical; es muy evidente cómo la producción de esos ruidos excesivos, desde un vehículo automotor en movimiento, pueden traer fatales consecuencias al conductor, a sus acompañantes, a peatones y a quienes viajen en otros vehículos.

Pero las tienen todas para sentirse impunes y empoderados. Existen regulaciones para el ruido y, por consiguiente, se pueden adoptar medidas. Pero nadie las aplica. Lo demuestra el libertinaje con que ruedan estos infractores.

Al indagar en Salud Pública conocimos de un grupo subordinado a la Administración Municipal, para el enfrentamiento a estas conductas. ¿En serio?

En el CITMA nos aclaran que solo actúan cuando estos casos se dan en Áreas Protegidas, y el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social solo tiene jurisdicción en centros laborales, estatales y en los privados. Desde la PNR trasciende que, varias motos están retenidas por un mes, debido a la manipulación en el tubo de escape con el objetivo de que “sonara mejor”. Pero nada de combatir el fenómeno de referencia. Como si no existieran formas de resolverlo.

El artículo 192 de la Ley 109, Código de Seguridad Vial, prohíbe en los vehículos que se instalen o utilicen silbatos, sirenas o cualquier otro aditamento productor de ruidos con intensidad y estridencia.

Vigentes están el Decreto-Ley 200 del año 1999, en el cual se establece el régimen de contravenciones en materia medioambiental y la Ley 150, aprobada en el 2022, de Recursos Naturales y del Medio Ambiente.

Ambas reconocen las consecuencias fatales del ruido desmesurado y sin control. Rige además la Norma Cubana 26/2012, la cual regula para zonas habitadas los requisitos higiénicos y sanitarios del ruido y evitar se sobrepasen los límites de peligrosidad.

El marco legal existe. ¿Y entonces, quién o quiénes deben hacer cumplir estas leyes y enfrentar a los generadores de ruido ambiental contaminante, de forma deliberada, abusiva e indiscriminada? ¿Algún organismo en Artemisa se encarga de velar por su cumplimiento?

Dura realidad. Nadie asume la responsabilidad de medir, al menos de promediar con lógica los niveles irresistibles de ruido con los cuales nos obligan a convivir, a riesgo para la salud, la calidad de vida, el necesario descanso y la tranquilidad.

Las instituciones estatales con ese encargo no juegan su papel. Esa estridencia pasa de indisciplina a delito y, por ende, se convierte en causa de males mayores; pero cae en saco roto, porque nadie le pone el cascabel, no al gato, sino al ruido.

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