¿Quién ganará: El Tigre o Cepeda?
Deseo sinceramente que Abelardo de la Espriella sea el vencedor. Mi preocupación ante una presidencia de Iván Cepeda no parte de negar la necesidad de justicia social ni de reformas, sino de su condición de heredero político de Petro
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Hoy Colombia vuelve a las urnas para definir su próximo presidente en una segunda vuelta de enorme trascendencia. Compiten Abelardo de la Espriella, abogado y candidato de Defensores de la Patria, e Iván Cepeda, senador del Pacto Histórico y continuador declarado del proyecto de Gustavo Petro. No es una elección rutinaria: es una decisión entre dos diagnósticos muy diferentes acerca de la seguridad, la economía, el papel del Estado y el futuro de la democracia colombiana.
En la primera vuelta, De la Espriella obtuvo el 43,7 % —más de 10,3 millones de votos—, frente al 40,9 % de Cepeda, cerca de 9,7 millones. La diferencia fue estrecha: unos 700.000 votos. Sin embargo, las últimas encuestas autorizadas antes de la veda mostraron una ventaja mayor para De la Espriella: el Consejo Nacional de Consultoría lo situó en 48,6 % frente a 44,7 %, mientras Guarumo EcoAnalítica le dio 52,6 % frente a 45 %. Las encuestas orientan, pero no sustituyen el veredicto final de los ciudadanos.
La clave está en el voto de quienes no llegaron a la final. Paloma Valencia, con 1.639.685 votos, equivalentes al 6,92 %, anunció su respaldo a De la Espriella. Sergio Fajardo, que alcanzó algo más de un millón de votos, alrededor del 4,3 %, mantuvo la neutralidad. Claudia López, con poco más de 224.000 sufragios, cerca del 1 %, se incorporó a la campaña de Cepeda. Entre candidaturas menores, voto en blanco y votos nulos o no marcados, hay alrededor de 3,9 millones de papeletas cuya redistribución, junto con la abstención, puede inclinar la balanza.
Colombia llega a esta jornada con fortalezas enormes: una sociedad emprendedora, recursos naturales excepcionales, dos costas, un tejido empresarial relevante y un Índice de Desarrollo Humano de 0,788, que la ubica en el puesto 83 de 193 países. Pero llega también con retos graves: la violencia de los grupos armados, el narcotráfico, la extorsión, la inseguridad territorial, una pobreza monetaria todavía alta —31,8 % en 2024— y una economía que creció 2,2 % en el primer trimestre de 2026, con desempleo de 8,8 % en marzo.
Cepeda ofrece continuidad de las reformas sociales del petrismo: paz integral mediante diálogo, más impuestos progresivos, fortalecimiento de la salud y educación públicas, Banco del Pueblo y una agenda ambiental contraria al extractivismo. De la Espriella ofrece lo contrario en puntos cruciales: recuperar el control territorial con una política de seguridad dura, poner fin a la “paz total”, reducir trabas e impuestos al sector productivo, adelgazar el Estado, combatir la corrupción con tecnología y reactivar la exploración energética.
Deseo sinceramente que Abelardo de la Espriella sea el vencedor. Mi preocupación ante una presidencia de Iván Cepeda no parte de negar la necesidad de justicia social ni de reformas, sino de su condición de heredero político de Petro y de un programa que amplía la intervención estatal en una nación que necesita, sobre todo, seguridad, inversión, empleo y respeto inequívoco por los límites institucionales. Temo que, bajo consignas de paz y justicia, Colombia pueda deslizarse hacia un modelo de poder concentrado, burocracia creciente y libertades debilitadas.
Colombia merece reformas, sí; pero reformas que fortalezcan la democracia, la propiedad, la iniciativa privada y el Estado de derecho, no que abran el camino a otra tragedia como la venezolana. La justicia social no puede convertirse en pretexto para debilitar la libertad, castigar al que produce o entregar el país a una burocracia todopoderosa. Por eso, hoy deseo que los colombianos elijan seguridad, libertad, crecimiento y una democracia con instituciones fuertes.
Por supuesto, la última palabra la tiene el pueblo colombiano y hay que respetarla. Como se deben respetar siempre todos los derechos humanos.
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