Desde el ya lejano siglo XIX, el solar constituyó una cobija sencilla y barata para grupos de familias. Con servicios básicos colectivos y siempre en estrecha interrelación, se desarrollan costumbres, tradición y religión.
En largos y enrevesados pasillos, la vida transcurre a ritmo de conga y guaguancó, juegos tradicionales y tragos de ron.
A lo anterior se añaden los simpáticos, picarescos e ilustrativos nombres que identificaban a muchos solares.
En Cienfuegos existieron El Sartén Caliente, El Muerto Parado y El Trueno; en La Habana estaban La Cueva del Muerto, El Sopapo y La Galleta; y en Matanzas se recuerdan, ente otros, La Yuca Agria, La Cochera de Pepón y El Reverbero Encendido. (Foto del autor/Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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