¿Por qué Estados Unidos recurre a la guerra?
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¿Por qué Estados Unidos recurre a la guerra?

El economista argentino Claudio Katz analiza el declive de la hegemonía estadounidense, la pérdida de competitividad de su economía, el ascenso de China y el creciente recurso de Washington a la fuerza militar. En una entrevista concedida a La Mesa Express, sostiene que la administración de Donald Trump ha fracasado en sus intentos de recuperar la primacía económica de Estados Unidos y ha profundizado una estrategia belicista que expresa las contradicciones de una potencia en retroceso.Por Claudio Katz | A partir de su entrevista en La Mesa Express

El declive económico de Estados Unidos

El principal determinante del declive de Estados Unidos es económico. Es una potencia que está afrontando una gran regresión industrial y productiva, un estancamiento de la productividad y un deterioro muy fuerte de la competitividad. Esta situación se refleja en la financiarización de gran parte de su economía.

Como el declive productivo es tan fuerte, los capitalistas contrarrestan las reducidas ganancias en la producción invirtiendo en el campo de las finanzas. Esta combinación de caída productiva y expansión financiera ha agigantado la deuda pública estadounidense, que alcanza niveles muy elevados, y ha deteriorado también la propia moneda en un proceso paulatino, pero sostenido, de desdolarización de la economía mundial.

Estados Unidos concentra, además, los dos grandes desequilibrios del capitalismo contemporáneo: la desigualdad social y el deterioro del medio ambiente, asociado al cambio climático. Es una economía y una sociedad que sintetiza todos los desequilibrios del capitalismo mundial.

Basta hacer algunas comparaciones para notar esta pérdida de relevancia. Si se compara el perfil de Estados Unidos en la actualidad con el que tenía en la posguerra, entre 1945 y 1970-1980, la caída es más que evidente. En aquella época, la fortaleza geopolítica y militar estadounidense estaba asentada en una preponderancia económica que se fue perdiendo.

Esa superioridad le permitía contrarrestar la aparición de Alemania y Japón como competidores. Incluso cuando debió declarar la inconvertibilidad del dólar en oro, a principios de los años setenta, pudo recurrir al mundo árabe y asegurar la continuidad de la primacía de su moneda mediante los petrodólares.

El declive económico quedó parcialmente oculto durante los años de unipolaridad, cuando parecía haberse producido una recuperación de la hegemonía estadounidense. Sin embargo, ese escenario obedeció más a un hecho externo, la caída de la Unión Soviética, que a una recuperación de la propia potencialidad económica de Estados Unidos.

Washington ni siquiera pudo aprovechar aquellos años de hegemonía unipolar para recuperar su papel económico preponderante. Por el contrario, se embarcó en una serie de aventuras bélicas con resultados adversos. No pudo repetir nada parecido al Plan Marshall en los países que invadía o atacaba, y su incapacidad para transformar las acciones militares en beneficios económicos terminó agravando el declive.

La inteligencia artificial y el riesgo de una nueva burbuja especulativa

Estados Unidos está embarcado actualmente en la gran apuesta de la inteligencia artificial. Es la inversión a través de la cual Trump imagina que puede recomponer la economía norteamericana.

Sin embargo, este proceso está generando múltiples desequilibrios. Hay una gran sobreinversión y se incrementa el monto de capitales colocados en el sector, sin que se conozca con claridad cuál será la transmisión efectiva de esta innovación al ámbito productivo. No se sabe si mejorará la productividad o la competitividad.

Estados Unidos ha perdido la capacidad de transformar las innovaciones que protagoniza en resultados económicos, debido a la desindustrialización de su economía. La vinculación entre liderar una innovación y convertirla en un producto rentable que permita recuperar competitividad internacional continúa bloqueada.

Por eso existen tantas sensaciones e intuiciones de que se está formando una gran burbuja especulativa alrededor de la inteligencia artificial, especialmente por la creciente competencia de China y por el propio descontrol que comienza a verificarse en este ámbito tan impredecible.

La combinación de nuevas apuestas tecnológicas con contradicciones acumulativas —baja productividad, estancamiento, escasa competitividad, elevado endeudamiento y dificultades para sostener la deuda pública con el dólar— retrata un declive económico que constituye el corazón del retroceso general estadounidense.

De la supremacía industrial a la globalización neoliberal

El momento exacto del inicio del declive estadounidense es objeto de debate, pero existen varios puntos de inflexión.

Uno de ellos fue la inconvertibilidad del dólar a principios de los años setenta, cuando Estados Unidos dejó de poder sostener su primacía monetaria mundial mediante el oro. Otro indicador, quizás más subyacente, fue la pérdida progresiva de competitividad frente a nuevos rivales.

Estados Unidos salió de la Segunda Guerra Mundial dominando el 50 % de la producción industrial y aproximadamente el 60 % del comercio. Era la potencia indiscutida, pero esa posición se fue reduciendo a medida que aparecieron competidores y su industria perdió competitividad.

Los distintos modelos de acumulación ensayados no lograron revertir la desindustrialización. La pérdida de competitividad llevó a las propias empresas estadounidenses a invertir en el exterior.

La globalización neoliberal fue comandada por empresas estadounidenses que comenzaron a encontrar menores costos, no solamente laborales, sino también productivos en general, al fabricar en otros países.

La expansión de los acuerdos de libre comercio y la decisión de las corporaciones norteamericanas de localizar sus inversiones fuera del país constituyen el mejor indicio de la pérdida de primacía económica sostenida en el aparato industrial propio.

El deterioro del sueño americano y la pérdida del poder blando

La razón básica de la pérdida de influencia internacional estadounidense es su tendencia a contrarrestar el retroceso económico y la disminución de su primacía geopolítica mediante agresiones militares.

En la medida en que Estados Unidos recurre cada vez más al instrumento bélico para asegurar su dominio mundial, el poder blando, como contraparte del ejercicio explícito de la fuerza, se va reduciendo.

El poder blando estadounidense estuvo asociado a la pujanza del capitalismo norteamericano, que generó una ideología americanista capaz de atraer la admiración de las clases dominantes de numerosos países.

Estas élites admiraban, elogiaban y querían imitar al capitalismo estadounidense. También asumían la ideología, los valores y la cosmovisión transmitidos por sus clases capitalistas.

Ese poder blando se fue deteriorando junto con la avería estructural del sueño americano.

Estados Unidos presenta una realidad social marcada por personas que viven en las calles, fallecimientos cotidianos por sobredosis de drogas, masacres periódicas vinculadas al descontrol de las armas, estudiantes agobiados por el endeudamiento y diferencias sociales abismales.

A ello se suman la falta de ahorros mínimos para afrontar imprevistos y la imposibilidad de financiar enfermedades graves. Todo ocurre en una sociedad donde, según las cifras expuestas en la entrevista, los 50 individuos más acaudalados poseen la misma riqueza que la mitad de los habitantes del país.

La admiración por ese modelo decae junto con la evidencia de esta realidad social.

Estados Unidos encubría además su acción imperial mediante una ideología basada en la exportación de la democracia y en la afirmación de que encarnaba los valores universales, el desarrollo y el respeto a los derechos humanos.

Esa mascarada de democracia se fue derrumbando a medida que Washington comenzó a hacer valer de manera cada vez más descarada su acción militar en el mundo.

Aunque esta tendencia resulta muy evidente durante el período de Trump, también estuvo presente en gobiernos anteriores.

Actualmente existe una reivindicación más directa de la coerción, acompañada por la idea de que Estados Unidos es un pueblo elegido, de que el mundo ha sido ingrato con sus acciones y de que debe recibir una retribución por haber actuado como supuesto benefactor de la humanidad.

Con el ascenso de la ultraderecha y del trumpismo se fortalece un fundamento religioso de estos credos conservadores: la creencia de que Estados Unidos es un pueblo elegido por Dios para consolidar la superioridad anglosajona y las creencias protestantes.

Se produce así un resurgimiento de la ideología macartista, según la cual Occidente debe encarnar la misión de salvar a la única civilización que merece perdurar y gobernar al género humano.

En la medida en que se afianza este mensaje, el poder blando necesariamente decae y se deteriora.

El militarismo como respuesta a la pérdida de hegemonía

«El instrumento que tiene EEUU para contrarrestar su declive es su primacía militar en el mundo».

Es el único recurso que utiliza efectivamente para intentar sostener su liderazgo mundial. Estados Unidos es una potencia imperial atravesada por una compulsión militarista que la empuja a guerrear en detrimento de cualquier solución negociada de los conflictos.

Durante todo el siglo XX actuó mediante el uso de la fuerza, generalizó el bombardeo contra la población civil y la demolición de sociedades, sin introducir un verdadero paréntesis en ese accionar destructivo.

Esta lógica no se limita a Trump. Hillary Clinton festejó el asesinato de Gadafi y Barack Obama celebró la muerte de Bin Laden. Katz incluye también entre sus ejemplos la exaltación atribuida a Trump del magnicidio de Jameneí.

En esta evolución identifica la adopción de métodos que vincula con el accionar israelí, caracterizados por el terrorismo explícito y la acción vandálica.

El recurso creciente a la fuerza constituye un signo de impotencia. Como Estados Unidos no logra preservar su preponderancia tradicional y no asume que la unipolaridad terminó y que la globalización neoliberal está en crisis, recurre a la acción militar.

La gran novedad del período de Trump es la acumulación de fracasos militares muy explícitos. Estados Unidos viene agotando su tesoro en largas batallas y costosas conflagraciones que no logra ganar.

Las acciones en Somalia, Yemen y, más recientemente, Irán, ilustran una contradicción: la continuidad de la intervención militar y, simultáneamente, la creciente fragilidad de sus resultados.

Esa impotencia se explica también por el agotamiento del esquema militar tradicional utilizado por Estados Unidos para dominar el mundo.

Washington mantiene un sistema de bases militares construido durante la Guerra Fría que ha perdido parte de su operatividad anterior. Ya no puede contener la proliferación nuclear y muestra fragilidades frente a nuevos adversarios, como Corea del Norte.

Al mismo tiempo, la acción militar estadounidense se ha deslizado hacia la privatización de las guerras, mediante la contratación de mercenarios en lugar de recurrir exclusivamente a sus propias fuerzas armadas.

Esto erosiona la legitimidad política de las intervenciones, percibidas por buena parte de la población como acontecimientos lejanos y no patrióticos.

La sustitución de la confrontación bélica convencional por acciones terroristas constituye otro indicio del deterioro general de la primacía estadounidense.

China y los BRICS: el desafío a la hegemonía estadounidense

La pérdida de hegemonía estadounidense también se manifiesta en la aparición de nuevos polos internacionales y en las tensiones con sus aliados tradicionales.

Durante la era Trump se ha fortalecido el bloque de los BRICS, mientras se registra una erosión de la alianza transatlántica prácticamente inimaginable en el pasado. Existen conflictos significativos incluso con socios muy próximos a la esfera del poder estadounidense, como Canadá y Gran Bretaña.

Sin embargo, lo más trascendente de la pérdida de hegemonía de Estados Unidos es la aparición de China como potencia capaz de disputar la primacía mundial. Aquí existe una diferencia cualitativa respecto de la Unión Soviética. Durante la Guerra Fría había una disputa de liderazgos en el plano político, geopolítico e ideológico, pero la Unión Soviética no competía por el liderazgo económico mundial. China, en cambio, sí lo hace de manera categórica.

El hecho de que China mantenga la bandera del libre comercio mientras Estados Unidos se desplaza hacia el proteccionismo constituye una expresión de sus distintas capacidades competitivas. Quien sostiene el libre mercado lo hace porque considera que puede ganar en la competencia comercial. Quien se repliega hacia el proteccionismo mediante aranceles revela que ha perdido capacidad para disputar mercados.

El avance de China es contundente en numerosos ámbitos. Katz considera que el comportamiento estadounidense ante Pekín ilustra las adversidades de Washington: de intentar imponer sanciones y aranceles ha pasado a buscar cuotas de mercado, contratos y negocios.

El hostigamiento arancelario de Trump terminó convirtiéndose en un bumerán, porque afectó a la propia economía estadounidense.

La globalización neoliberal, que constituyó la última gran apuesta estratégica norteamericana para recuperar primacía mundial mediante la expansión internacional de sus transnacionales, terminó produciendo el resultado contrario.

«La globalización neoliberal terminó empoderando económicamente a China y debilitando estructuralmente a EEUU».

Ese resultado explica las diferencias de crecimiento y la creciente competencia china en sectores industriales, servicios, telecomunicaciones y alta tecnología.

En el propio campo de la inteligencia artificial, experiencias como DeepSeek muestran que China está compitiendo en los niveles más significativos del desarrollo tecnológico.

Dos modelos de organización económica

Las diferencias entre China y Estados Unidos no se limitan a la competitividad de sus empresas. También están relacionadas con la estructura estatal, la organización social y la relación entre el poder político y las clases capitalistas.

Existe una plutocracia digital que rodea a Trump y que no puede competir eficazmente con China, porque la estructura del Estado y la forma de gestión económica del gigante asiático se ubican en las antípodas del modelo estadounidense.

Hay clases capitalistas en ambos países, pero con una diferencia fundamental.

En China, la clase capitalista no controla el poder estatal. Ese límite explica la capacidad y la autonomía de la dirigencia política para orientar la economía.

En Estados Unidos ocurre lo contrario: los grandes grupos económicos de multimillonarios imponen al Estado sus conveniencias y le impiden definir una estrategia de planificación económica a mediano plazo.

Esta diferencia estructural constituye uno de los obstáculos que Washington no logra remontar.

Trump: causa, consecuencia y respuesta fallida al declive

«Es una causa del declive, una consecuencia del declive, y un fracasado intento de responder al declive».

Trump expresa una corriente soberanista dentro de la clase dominante estadounidense que intentó desarrollar un camino alternativo al de los globalistas y a la política de los neoconservadores.

Inicialmente imaginó un pequeño paréntesis en la intervención bélica para recuperar primacía económica e intentar una batalla en el terreno comercial contra sus adversarios.

Buscó alcanzar ese objetivo mediante sanciones, aranceles y chantajes, pero fracasó.

Enfrentó una resistencia generalizada en el mundo. Al observar el declive de Estados Unidos, las principales potencias y otros países relevantes no consideraron necesario someterse a las demandas de Washington.

Todos los grandes proyectos de Trump quedaron frustrados: recuperar primacía comercial, lograr la reindustrialización, conseguir el retorno de las empresas estadounidenses instaladas en el exterior, colocar nuevamente al dólar en el centro de la política monetaria mundial y garantizar automáticamente la refinanciación de la deuda pública.

«Todo eso falló, falló, falló y falló».

Como consecuencia de esos fracasos, Trump terminó aceptando un giro belicista y embarcándose en la guerra con Irán, después de comprobar que su proyecto de recuperar posiciones mediante la acción económica no había dado resultado.

«No dio resultado la acción económica y ahora no dio resultado la acción militar. Y es el peor de los mundos».

Trump se encuentra en el peor de los escenarios porque fracasa en el exterior, no alcanza ninguno de sus propósitos económicos y afronta un enorme debilitamiento político interno.

Su gestión está atravesada por disputas con sus propios aliados, votaciones adversas en el Senado y vetos de la Corte Suprema. El caso Epstein constituye un factor permanente de presión sobre su administración.

Ni siquiera la cruzada reaccionaria contra los inmigrantes ha logrado consolidar su proyecto político.

El gobierno intentó utilizar sentimientos de revancha y hostilidad hacia el prójimo mediante una persecución interna de los inmigrantes, multiplicando las deportaciones y otorgando amplios poderes a los grupos parapoliciales del ICE, con el propósito de crear un clima de guerra interna.

Sin embargo, esta política también encontró resistencia.

Hubo importantes rechazos en las calles, una derrota de sus iniciativas en Minneapolis y un crecimiento de la respuesta política articulada alrededor de las manifestaciones multitudinarias con el lema No Kings.

Paralelamente, los Socialistas Democráticos de América están ganando peso como canal de protesta ante la decepción provocada por los demócratas tradicionales.

Una potencia que pretende imponer un orden que ya no puede sostener

La administración Trump llegó al poder intentando romper todas las reglas del orden internacional, pero sin ninguna capacidad para sustituirlas.

Esa contradicción explica los continuos vaivenes de su gestión, las marchas y contramarchas y la sucesión de declaraciones contradictorias.

El problema central radica en que Trump ha intentado colocar nuevamente a todo el mundo al servicio de Estados Unidos, pero ya no cuenta con las condiciones necesarias para materializar ese objetivo.

Por eso, su administración se ha convertido prácticamente en una gestión sin rumbo.

El desorden constante, las improvisaciones, las alocuciones diarias que desmienten lo afirmado la noche anterior y las intervenciones que generan burlas o desprecio entre numerosos analistas no son fenómenos aislados.

Son manifestaciones de un problema más profundo: el declive imperial de largo plazo que afronta Estados Unidos y la incapacidad de sus dirigentes para encontrar alternativas que permitan revertirlo.

La creciente militarización de su política exterior no expresa, por tanto, una recuperación de su fortaleza, sino la dificultad de una potencia para aceptar la pérdida de la primacía económica y geopolítica que sostuvo durante décadas.


Nota editorial: Artículo elaborado a partir de la transcripción de la entrevista de Claudio Katz en La Mesa Express. Se eliminaron las intervenciones y preguntas del entrevistador, se organizaron las ideas por ejes temáticos y se corrigieron problemas de transcripción, sintaxis y repetición. Las frases entrecomilladas conservan la formulación de Katz. Las valoraciones y afirmaciones corresponden al entrevistado y no han sido contrastadas con fuentes externas. No se trata de un artículo escrito directamente por Claudio Katz.

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