
Foto: Ricardo López Hevia
La victoria de Cuba en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Ponce-1993, Puerto Rico, aconteció desde antes de comenzar el evento, del 19 al 30 de noviembre, animado por 31 países.
Una vez más el gobierno de Estados Unidos, haciendo valer su imposición a los boricuas de la condición de estado libre asociado, interpuso el mandato de que la delegación de la Mayor de las Antillas no podría viajar a la sede en aviones de la aerolínea Cubana, lo que ponía en peligro la asistencia de 565 deportistas, la mayor representación a la cita.
La fuerte oposición de las naciones que concurrirían y del Comité Organizador, conocedores del prestigio y la calidad que aportarían esos atletas, defendió su presencia en la competencia, que celebró el aniversario 500 de la Isla del Encanto.
Cuba ganó el primer lugar en los diez días de duración, entre 4 853 participantes. La cosecha de los triunfadores se extendió hasta 227 medallas de oro, 76 de plata y 61 de bronce, seguida por México (66-106-68) y Venezuela (23-54-78), de las 25 naciones con preseas.
MUESTRA DE AMOR ENTRE DOS PUEBLOS
Más allá del éxito deportivo, hubo acciones demostrativas del cariño y respeto de los puertorriqueños hacia sus hermanos caribeños, refrendado en la solidaridad dentro y fuera de la cancha.
José «el Gordo», un pequeño comerciante de quien nunca preguntamos el apellido, desde la inauguración se puso en función de trasladar con su transporte de diez plazas a periodistas hacia las instalaciones que, por su lejanía, harían perder mucho tiempo en espera de los carros oficiales. Así se mantuvo todos los días.
Tanta era la colaboración y la alegría ante el paso de los cubanos que una noche, en una reunión informal, surgió de parte de los anfitriones la propuesta de efectuar lo que más tarde fue el Convivio Cubano Boricua de Baloncesto Infantil.
La Liga de Baloncesto Infantil de Mayagüez propició el intercambio entre niños de 8 a 16 años, quienes viajarían a La Habana, acompañados por sus padres, para cumplir un programa de una semana lleno de partidos, recorridos culturales y recreativos.
Ruperto y Tomás Herrera, medallistas bronceados en el baloncesto de los Juegos Olímpicos de Múnich-1972, por entonces dirigentes nacionales de ese deporte, aportaron su esfuerzo, junto a la dirección logística de Cubadeportes y el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación, para hacer realidad el objetivo.
No faltaron, durante los recorridos por escuelas de Puerto Rico para explicar el proyecto, quienes intentaron hacer fracasar la idea, pero de apenas unas 40 personas que vinieron en la primera edición del evento, la cifra ascendió a casi 500 en la siguiente.
Venían con donaciones de balones, cestas, uniformes y trofeos, para una celebración abierta junto a infantes locales, con los corazones repletos de amor, entusiasmo y compañerismo que perduraron durante años. A partir de aquella noche se produjo una prueba indeleble de que ambos pueblos sienten orgullo por su amistad.
