Pequeños vándalos…
Hace algunos días ocurrió un hecho vandálico cerca de mi casa, en una institución que presta servicio a la comunidad. No es el único acontecido allí. Primero, unas tuberías de agua rotas y hurtadas; luego, otras fechorías similares que atentan contra su normal funcionamiento. Los vecinos del entorno más cercano aseguran que también el barrio ha sido blanco de los pequeños malhechores, sí, porque los vándalos no sobrepasan la mayoría de edad.
Con sus cuerpos menudos, aparente inocencia y la frescura que encierra la niñez, suelen pasar desapercibidos, al menos para quienes no concebimos que niños y adolescentes campeen a su libre albedrío haciendo y deshaciendo sin la supervisión del ojo adulto. Más, si se trata de actos contrarios al feliz desarrollo de esa etapa de la vida, como hurtar, causar daños a la propiedad social o invadir un centro laboral cerrado para acometer cualquier tipo de indisciplina.
Estas no son travesuras típicas de la edad, como quizás alguien piense. Son actuaciones graves que pudieran terminar siendo hechos tipificados en la ley como delitos. Conductas que, de no identificarse, seguirse de cerca o corregirse a tiempo, deforman y poco a poco escalan a comportamientos de mayor violencia y temeridad.
Lo que pudiera parecer un hecho aislado —que no lo es, pues he escuchado historias de mayor violencia, como robo de celulares y riñas— se convierte en un llamado de atención social. Una alerta sobre todo para los padres, las escuelas, las instituciones, la comunidad y los encargados de velar por el pleno desarrollo de la niñez y la adolescencia en Cuba.
La dureza de estos tiempos y la agitación con la que la mayoría de los padres vivimos el día a día, pendientes de conseguir lo imprescindible para asegurar un plato de comida a nuestros hijos, o adquirir la mochila, los zapatos, las meriendas, conservar los alimentos, encender el carbón o cargar agua, no pueden ser factores que nos impidan desligarnos de otras cuestiones también importantes en sus vidas.
Conocer sus amistades, saber qué hacen en su tiempo libre, verificar cómo se desarrollan académicamente, o notar cualquier transformación en su conducta que nos indique cambios en su comportamiento o modo de actuar también son responsabilidades que nos atañen. La responsabilidad parental implica educar a nuestros hijos “mediante formas de crianza positivas, participativas y libres de violencia, acordes con su edad, capacidad y autonomía progresiva, para contribuir a su desarrollo saludable y a su preparación para una vida responsable en familia y sociedad”. Así lo establece el Código de las Familias, así debe ser para asegurarnos de que su niñez sea plena.
Aunque el orden comienza por el hogar, esta no es una tarea exclusiva de los padres o tutores legales. Los centros docentes, las instituciones y la comunidad también desempeñan un rol esencial en educar y prevenir este tipo de indisciplinas. Desde predicar con el ejemplo hasta crear espacios para fomentar valores resultan acciones indispensables para contribuir con la formación de las nuevas generaciones.
La pérdida de valores éticos y el irrespeto a las buenas costumbres, dados por la crisis social que desde hace años atraviesa la Isla, no pueden ser pretexto para desentendernos ni justificar lo mal hecho. Si hoy somos cómplices de estos comportamientos, estaremos poniendo en riesgo mañana no solo la estabilidad del hogar, sino también la de esa casa grande que es la sociedad.


