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El novelista cubano Leonardo Padura publicó el pasado domingo 30 de agosto en el diario El País un largo artículo con el proustiano título de «En busca del tiempo perdido».
En consonancia con el título, el texto empieza con un preámbulo filosófico-científico-literario de cinco párrafos sobre las formas que el tiempo puede asumir (y perder), según las perspectivas de los usuarios. El rango de las explicaciones es tan pedestre —»el tiempo es un plano que discurre cronológicamente» [sic]— que el propio autor trata de disculparse de antemano por el carácter wikipédico y tautológico de su razonamiento —»lo hasta ahora anotado puede ser rebatido o considerado un disparate conceptual»— y termina refugiado en la más estricta subjetividad: «la única defensa a mi favor (es) la certeza de que lo dicho sobre el tiempo y la literatura es una experiencia personal». A confesión de parte…
Pero el interés del artículo no radica en estas glosas de internet, sino en la proverbial capacidad del novelista para nadar y guardar la ropa. Padura trata de mantener en Europa un cartel de autor rebelde, cuasi disidente, y conservar al mismo tiempo las mejores relaciones con las autoridades de la Isla. Por eso sus críticas a la situación actual contienen una cuidada proporción de baba y curare: una de cal y cuatro de arena. O como suelen decir en Cuba, es un maestro en el arte de manosear la cadena sin irritar al mono.
Así, toda la segunda sección del artículo está dedicada a exponer detalladamente las condiciones en las que vive la gran mayoría población cubana, con profusión de voces pasivas: «las bolsas [de heces] son lanzadas al basurero», este «no es recolectado en varios días», etc. Como si la construcción gramatical fuera el reflejo de la destrucción real. No hay electricidad más que dos o tres horas al día, escasea el agua potable, faltan los alimentos, apenas hay transporte y la flaquea la atención sanitaria.
Todo eso acontece, según Padura, porque estas personas «viven en una guerra de supervivencia, en un tiempo que a la vez se ha detenido, se dilata y se percibe como enemigo». Hasta aquí, ni una palabra del origen de esta catástrofe nacional ni de sus responsables. El culpable, si alguno hay, es el tiempo que se ha paralizado, como en una maldición bíblica o una pesadilla de Stephen Hawking.
Lo más próximo a una explicación de las causas del desastre asoma en la tercera parte del texto, en la que Padura recuerda que «el país dejó de ser sostenido por las interesadas arcas soviéticas» y se convirtió en la sociedad actual, «con una economía devastada, que por incapacidades políticas sostenidas en el tiempo no ha logrado levantar boga [sic]». Pero acto seguido añade que esta crisis ha tenido en los últimos meses «otro componente catalizador: la política de hostilidad de Estados Unidos (…) que de los diversos embargos ha pasado a un bloqueo puro y duro». Y por si todo esto fuera poco, ahora el Gobierno de Díaz-Canel, «buscando alivio, ha implementado 176 medidas que […] de concretarse, abrirían de par en par las puertas al mercado y sus leyes más capitalistas».
Las víctimas de esta trampa histórica, según el autor, no pueden cambiar su situación «pues no existen mecanismos para hacerlo». Al parecer, a nadie, mucho menos a Padura, se le ocurre preguntar por qué no existen esos mecanismos que en casi todas las sociedades del mundo permiten modificar pacíficamente la estructura política y social.
Plantear esos interrogantes molestos, sin atribuirle la mayor parte de la culpa al imperialismo yanqui y la codicia de los monopolios capitalistas, es tarea riesgosa, tanto en Cuba como en España. En la Península, el indagador corre el riesgo de perder el cartelito de «progresista» y de que lo veten en los medios de izquierda, que dominan el panorama mediático. En la Isla, menear demasiado la cadena puede molestar al mono, con las consecuencias que ya se sabe.
El problema es que, por un rasgo de polisemia que el autor conoce bien, esa cadena metafórica es también la cadena perpetua a la que el Gobierno del Partido Comunista ha condenado a todo el pueblo. No es el tiempo el causante de esta catástrofe nacional, sino el partido único, la economía centralizada y la sociedad estabulada, implantados por la familia Castro y mantenidos por el presidente subalterno Díaz-Canel y sus secuaces.
Al poner su notoriedad al servicio del régimen para maquillar las causas reales del problema y a sus responsables, Padura se hace cómplice de un crimen rayano en el genocidio y contribuye a aumentar la confusión en torno a la crisis terminal de la mal llamada «Revolución Cubana».
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Comparar las palabras de Padura con las de Alejo Carpentier. por supuesto que salvando las distancias artísticas. Es curioso en lo que vino a coincidir…
Donde están los defensores de este autor. Weston, preséntate y defiéndelo. La mayoría de los blogueros aquí siempre acusaron a este autor de ser un arrastrado y hay lo tienen.
Juanito, caramba, tú también tienes fijación conmigo. Yo a ti te perdono la tontería, porque tienes la valentía de reconocer que eres Demócrata. Ya eso viene siendo como una autocrítica.
Mi opinion personal sobre Padura se refleja en estos versos:
«El cubano no mutila sus ilusiones.
Pero Padura no escapa a la trivialidad
de soñar con su posteridad;
no deja de soñar con su legado.
Padura nos muestra la alta valoración
de su presencia en esta vida.
Para Padura —digo yo, que siento pena por los “creídos”—,
esa posteridad transita por la cuerda floja de la Revolución.
Y la transita con la visión de tubo
de su Retinosis Pigmentaria Revolucionaria,
porque gente como Padura lo adornan casi todo:
adornan la Revolución
y adornan la vejez».