Hay voces que se instalan en el alma antes de que uno sepa siquiera quiénes son. Voces que, al primer compás, nos devuelven a una esquina de Santiago, a un carnaval sin fecha, a la certeza de que la música cubana tiene un pulso que no se detiene. La de Pacho Alonso es una de esas.
Cien años han pasado desde aquel 22 de agosto de 1926 en que Santiago de Cuba lo vio nacer, el antepenúltimo de los dieciséis hijos del cubano Longino Alonso y la puertorriqueña Luisa Fajardo. Nadie lo sabía entonces, pero ese día llegaba al mundo uno de los hombres que mejor entendió que cantar no era un lujo, sino un oficio del pueblo.
Pacho estudió magisterio porque en aquellos años no se veía con buenos ojos vivir del arte. Ejerció como enfermero también, pero el llamado de la música era más fuerte que cualquier diploma. Y qué bien que lo fue, porque su voz no era para un aula, sino para las plazas, para los bailaderos, para el sudor y la alegría de quienes encuentran en un estribillo la razón para seguir moviendo los pies.
Desde sus primeras actuaciones junto a Mariano Mercerón hasta la fundación de sus propias orquestas: Los Pachucos primero, Los Bocucos después, Pacho Alonso demostró una cualidad poco común: hacer que la elegancia y el sabor convivieran en una misma garganta. Podía ser íntimo y contenido en el bolero, y al instante siguiente desplegar una energía pícara, un fraseo conversado, un sentido del ritmo que invitaba a levantarse de la silla. No cantaba para lucirse: cantaba para el bailador.

Junto a su amigo, el compositor Enrique Bonne, nació el pilón. Y con él, una fiebre que recorrió la isla de punta a punta. En los carnavales, en las fiestas de barrio, en las emisoras de radio, el ritmo se adueñó de Cuba. Pacho puso su voz y su carisma, y el pilón dejó de ser un simple género para convertirse en un movimiento.
“Rico pilón”, “Dame la mano”, “Que me digan feo”, “A cualquiera se le muere un tio”… canciones que aún hoy, seis décadas después, hacen que hasta el más tímido mueva la cadera.
Pero Pacho no fue solo el Rey del Pilón. Fue también el intérprete de “Niebla del riachuelo”, ese tango que se hizo bolero en la memoria de Frank País, su amigo entrañable con quien estudiaba en la Escuela Normal de Maestros. Hay en esa canción un eco de otras épocas, de noches de serenata y de amistades que trascienden los libros. Frank acompañaba a muchos artistas, y Pacho lo recordaba siempre con el respeto de quien sabe que la música también es memoria histórica.
Su legado no se mide solo en discos. Se mide en la escuela que representó. Por su orquesta pasaron músicos y cantantes que luego brillaron con luz propia. Llevó la música cubana a América. Europa y África.
Un apellido que sigue sonando
Cien años después, su huella sigue fresca. Su hijo Pachito, que desde los siete años estudió música y mantiene viva la orquesta recuerda la frase que su padre repetía como un mandamiento: “El problema no está en que tú seas popular, sino en que tú estés en el corazón de tu pueblo”. Y él, tuvo esa dicha.
Sus nietos Christian y Rey llevan el apellido como una bandera. Christian lo dice con la humildad de quien ha nacido en esta cuna musical: “Para mí es una suerte haber nacido en este seno familiar. He tratado de mantener dignamente el apellido musical de mi familia en un nivel elevado, respetando el valor de la cultura de nuestro país”.
Y es que la música de Pacho Alonso es un viaje a través de la historia. Este 22 de agosto, Cuba celebra el centenario de su natalicio. Celebra la vigencia de un artista que supo ganarse el corazón de su pueblo y que, desde algún lugar, sigue cantando.


