Entre el balance de un gobierno que sacó a millones de la pobreza y la sombra de un padre preso por intentar un golpe de Estado, Brasil define en las urnas la permanencia de Lula da Silva
El 4 de octubre Brasil volverá a pararse frente al espejo. De un lado, un veterano de la política que a sus 80 años atesora la sabiduría de haber vivido este trance como pocos. “Estoy muy entero”, aseguró al hacer oficial su nueva candidatura.
Será la séptima vez que Luiz Inácio Lula da Silva aparezca en una boleta presidencial, un recorrido que arrancó con dos derrotas en los años 80 y 90, atravesó dos victorias consecutivas en 2002 y 2006, sobrevivió a una cárcel injusta que lo sacó de la carrera en 2018 y regresó triunfante en 2022.

Del otro lado, un apellido que Brasil conoce demasiado bien, el de Flávio Bolsonaro, senador y heredero político designado a dedo por su padre, quien lo “confirmó” desde la prisión donde cumple una condena de 27 años por intentar un golpe de Estado.
Vale la pena recordar cómo empezó este tercer gobierno de Lula, porque no fue precisamente con una luna de miel. Apenas ocho días después de su investidura, el 8 de enero de 2023, miles de simpatizantes bolsonaristas asaltaron y saquearon el Palacio de Planalto, el Congreso y el Supremo Tribunal Federal, en un intento desesperado –y fallido– de forzar una intervención militar que revirtiera el resultado electoral.
Fue una postal brutal de lo que la ultraderecha estaba dispuesta a hacer con tal de no soltar el poder.
Casi cuatro años después, el balance del gobierno le da a Lula argumentos de sobra para pedir la reelección.
La verdad que respalda una reelección
Brasil salió del Mapa del Hambre de la ONU. Cerca de 8.7 millones de personas dejaron la pobreza y otros 3.1 millones abandonaron la pobreza extrema. El desempleo cayó a su nivel más bajo en la historia reciente, 6.1 por ciento.
El salario mínimo se recompuso con aumentos reales, la economía creció por encima del tres por ciento dos años seguidos y la balanza comercial registró superávits récords.
Ninguna de estas cifras es un invento de propaganda, sino datos de organismos oficiales y de seguimiento social que muestran un país que, aunque con desafíos pendientes, mejoró la vida material de millones de familias.
La derecha se abre paso a codazos
Frente a ese expediente, Flávio Bolsonaro llega con el peso de una historia familiar difícil de disimular. Fue señalado en el pasado por malversación de fondos públicos vinculada a las oficinas políticas de la familia –un proceso que los tribunales terminaron desestimando–, y ahora hace campaña bajo la sombra literal de su padre preso, apelando a la idea de “continuar el proyecto” de un liderazgo condenado por atentar contra la propia democracia que dice defender.
Su candidatura, además, cuenta con un padrinazgo internacional que dice mucho del bloque al que pertenece, con el respaldo abierto de Donald Trump, de Javier Milei y del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu.
Esta contienda no ocurre en el vacío, sino en medio de un ascenso de liderazgos de derecha en toda la región, con Javier Milei gobernando en Argentina, Nayib Bukele consolidado en El Salvador, Daniel Noboa en la ecuatoriana Casa de Nariño, entre otros… un fenómeno que varios análisis ya señalan como telón de fondo de la disputa brasileña.
La relación de Lula con Trump también atraviesa un pulso permanente por los aranceles del 37.5 por ciento que Washington impuso a productos brasileños en julio, después de vincularlos al juicio contra Jair Bolsonaro por el intento de golpe de Estado. El 21 de agosto ambos mandatarios acordaron retomar las negociaciones en una llamada de una hora y veinte minutos que la presidencia brasileña calificó de cordial, mientras Lula insistía en que los argumentos usados por Washington para justificar los gravámenes son “infundados”.
En una entrevista reciente con la televisión brasileña, Lula resumió esa relación con una frase que combina firmeza y sorna, al afirmar: “no podemos aceptar que ningún país interfiera en los asuntos de Brasil” y que “a veces tengo la impresión de que Trump es mucho mejor en las maniobras políticas que sus asesores”.
A pocos meses de la elección
La encuesta más reciente, divulgada por Datafolha el pasado 21 de agosto, le da a Lula 39 por ciento de las intenciones de voto en primera vuelta frente a 33 por ciento de Flávio Bolsonaro. En un eventual balotaje, la diferencia se estrecha a un empate técnico –47 contra 43 por ciento– dentro del margen de error.
Respecto a la medición anterior, de finales de julio, Lula perdió un punto y Flávio ganó otro, una tendencia que anticipa una recta final reñida.
Lo que sí parece claro es que el 4 de octubre no se va a decidir solamente quién gobierna los próximos cuatro años, sino qué Brasil quiere mirarse en ese espejo, el que salió a las calles a defender sus instituciones aquel 8 de enero, o el que todavía sueña con la foto de una toma militar del poder. Como en cada elección brasileña de la última década, el mundo entero estará pendiente de la permanencia de ese veterano de la política, curtido como el cuero viejo que resiste todos los climas, golpeado, remendado, pero todavía firme, capaz de aguantar otra temporada más dura que la anterior.
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