Es insostenible lo que está viviendo mi pueblo: apagones, carencias de todo tipo, la violencia que, está claro, crece en tiempos de crisis… sí, me dan ganas de convocar al CDR, al Consejo Popular, a toda la variopinta comunidad donde vivo y sonarle todos los calderazos posibles en los oídos del culpable.
El tipo vive relativamente cerca, pero no lo suficiente para escucharme desde mi esquina de Centro Habana, así que habrá que llegar al Malecón y caminar un poco. Probablemente nos confundan con grillos ensordecedores, porque el representante del culpable no está interesado en escuchar la verdad ni más voces que las que repiten sus cuentos de camino.
Francamente, es hora de sacar todo el aluminio de la cocina y armar la conga frente a la Embajada de los Estados Unidos, porque sí, en casa hay mucho por hacer, pero hay que ser ciego para no darse cuenta de que la pelea es de león para mono y mono amarrado.
¿Cuántos meses sin que entre un barco de petróleo a esta isla? ¿Qué nación sobrevive en esas condiciones? ¿Cuántas sanciones: a entidades, personas, países…?
Tenemos al grandulón de la escuela “puesto para nosotros” y el resto de los compañeros de aula (de mundo) pasan, miran y siguen, no falta quien se atreva a alzar la voz, no estamos solos, pero al grandulón le importa un bledo, tiene cómo aplastar a cualquiera que se le atraviese en el camino, ha secuestrado todos los derechos.
¿La ONU? Bien, gracias. Acabamos de verlo: 136 países a favor de abrir el debate contra el cerco inhumano al que somos sometidos hace más de 60 años y que hoy Trump ha recrudecido. El Grupo Africano, el Movimiento de Países No Alineados (MNOAL), el Grupo de los 77 y China, la Organización de Cooperación Islámica (OCI), la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), el Grupo de Amigos en Defensa de la Carta de la ONU, expertos en derechos humanos y el propio Secretario General del organismo internacional, han alertado sobre un posible “hundimiento humanitario” en mi patria.
¿Y entonces qué? ¿Vamos contra nosotros mismos, contra quienes trabajan, con más y con menos, por sobrevivir al genocidio? ¿Quemamos basura y atizamos el odio entre cubanos? No señor, de los trapos sucios hablaremos luego, porque esos, lo aprendí desde niña, se lavan en casa, lo que deberíamos cambiar, los caminos que, necesariamente, toca corregir, son asuntos internos que solo a los cubanos nos compete resolver.
Pongamos la mira, primero, en el verdadero culpable: ¿o acaso tiene derecho el vecino poderoso a cortarme los cables eléctricos y las tuberías de agua de mi casa porque no le parece correcto el modo en que administro mi familia? Sí, es hora de tomar la calle y sonar todas las cazuelas, pero contra el bloqueo, porque en este caso, la maldita culpa sí la tiene alguien: el gobierno de los Estados Unidos y sus mascotas de la mafia anticubana de La Florida.