Somos generación ansiosa. Pareciera que cada vez las personas, sobre todo desde muy jóvenes, tienen más problemas de salud mental, necesitan acompañamiento psicológico, son frágiles, demasiado sensibles y parecen menos felices. ¿O será que así es la naturaleza humana y antes no estaban tan disponibles los terapeutas y los espacios de apoyo? Quizá la diferencia no esté únicamente en que hoy suframos más, sino en que hemos aprendido a ponerle nombre a lo que antes se soportaba en silencio.
No sé, pareciera que somos más susceptibles y con lo mínimo reaccionamos a la tremenda, a veces no es para tanto. Es cierto que durante mucho tiempo la tristeza se confundió con debilidad, la zozobra con falta de carácter y la depresión con desgano. Muchas personas atravesaron duelos, abusos, soledad o crisis familiares sin siquiera imaginar que podían pedir ayuda; bien porque no existía o porque estaba mal visto. No debemos idealizar ese pasado en el que, supuestamente, éramos más fuertes porque tal vez, simplemente, éramos menos conscientes de nuestra vida emocional y teníamos menos herramientas para hablar de ella.
También sería ingenuo pensar que todo es cuestión de mayor conciencia. Vivimos bajo una presión psicológica que tiene características nuevas. La inseguridad económica, la incertidumbre laboral y el peso constante de las redes sociales se mezclan incitan a la comparación permanente. Antes podíamos sentirnos insuficientes frente a unas pocas personas de nuestro entorno que era muy limitado; hoy podemos hacerlo cientos de veces al día frente a miles de vidas aparentemente exitosas, felices, bellas y perfectas, esas que vemos en los distintos espacios digitales.
Es la realidad, nunca antes estuvimos tan expuestos al escrutinio y a la comparación. A través de una pantalla nuestra intimidad recibe guerras, catástrofes, insultos, tragedias, discursos de odio y toda forma de violencia en una sucesión interminable de noticias capaces de mantener nuestro sistema de alerta siempre activado. El cerebro humano no evolucionó para procesar semejante cantidad de estímulos, mucho menos negativos, ni para recibir, a cada instante, las amenazas de un mundo entero más allá de nuestras fronteras. Vivimos en una especie de oeste salvaje digital, donde la atención es disputada, las emociones se amplifican y casi nada parece tener un verdadero descanso.
Quizá por eso convenga preguntarnos si somos realmente más frágiles o si estamos más sobreestimulados. La ansiedad no siempre aparece porque una persona sea débil; también puede ser la respuesta de un organismo que lleva mucho tiempo intentando adaptarse a un entorno incierto. Y, paradójicamente, reconocerlo puede ser una forma de fortaleza. Pedir ayuda no nos hace de cristal. Pretender que podemos con todo, quizá sí nos rompe.
El desafío está en encontrar un punto medio, no convertir cada malestar en una enfermedad, pero tampoco romantizar el sufrimiento. No está bien hacer de la vulnerabilidad una identidad, pero tampoco avergonzarnos de ella porque la buena salud mental no consiste en no quebrarse nunca, sino en desarrollar recursos para comprender lo que nos pasa, atravesarlo y, cuando sea necesario, aceptar que no tenemos que hacerlo solos, para eso hay profesionales.
Esa indefensión no es aislada sino construida. Nunca antes tuvimos tanta información sobre nosotros mismos, pero tampoco estuvimos tan expuestos a la mirada de los demás. Tal vez por eso somos una generación que se observa, se compara y cuestiona como ninguna otra. Demasiada autocrítica tampoco es bueno, y quizá la verdadera madurez psicológica no consista en volvernos de hierro, sino en aprender a ser flexibles: suficientemente fuertes para resistir pero al mismo tiempo humanos para reconocer cuándo necesitamos apoyo.
