Naomi Klein y Astra Taylor publicaron el 15 de septiembre End Times Fascism, un libro cuyo título podría traducirse como «el fascismo del fin de los tiempos». Su tesis incomoda a la industria de la inteligencia artificial (IA). Los centros de datos donde funciona la IA gastan enormes cantidades de electricidad, y las autoras sostienen que esa energía sale, sobre todo, de combustibles fósiles. Klein lo adelantó días antes en un extracto que publicó The Globe and Mail el 12 de septiembre y que reprodujo en su Substack con un título directo, «Big Tech and Big Oil have fused – Call it Fossil Tech», algo así como «Big Tech y Big Oil se fusionaron, llámenlo tecnología fósil».
Las petroleras y las gasíferas encontraron en la IA un cliente que necesita energía rápida y en enormes cantidades. En una entrevista con el AI Now Institute, en febrero, Klein lo explicó con la imagen de un taburete de tres patas, la tecnología, los combustibles fósiles que buscan un mercado y el Estado, que actúa como cliente. La consultora East Daley Analytics anticipó para 2025 que el auge de los centros de datos mejoraría los precios del gas y traería más trabajo de perforación a los productores. Más pozos, en otras palabras.
La prueba está en Memphis, Tennessee. Para mantener en marcha Colossus, la supercomputadora que Elon Musk levantó allí para su empresa de IA, xAI, llegaron a funcionar 35 turbinas de gas metano, un combustible fósil especialmente dañino para el clima. Según las autoras, operaban sin los permisos necesarios y producían energía para unos 280.000 hogares de la ciudad. Pilotos voluntarios lo confirmaron sobrevolando el predio con cámaras térmicas.
Fue solo el comienzo.
Meses después, a pocos kilómetros, Musk abrió un segundo complejo del doble de tamaño, con un consumo equivalente al de casi dos millones de hogares, y luego un tercero que llegó a funcionar con 18 turbinas. Durante años se había presentado como el hombre que sacaría al mundo de los combustibles fósiles, pero con la prisa de alcanzar a OpenAI eligió la electricidad que conseguía más rápido.
Klein y Taylor dibujan el resultado como un centro de datos gigantesco con un tubo de escape humeante. Lo llaman tecnología fósil.
Lo describen como una alianza peligrosa y sin antecedentes entre los dos sectores más poderosos y rentables de la historia. Antes de fundirse con el petróleo, las tecnológicas habían jurado lo contrario.
De prometer clima a quemar gas
El juramento databa de 2020, cuando Google, Microsoft y Jeff Bezos competían por parecer los más verdes. Con la carrera de la IA, cuentan las autoras, abandonaron ese discurso primero de a poco y después de golpe. Google borró de su sitio web la meta de emisiones netas cero y admitió en su informe ambiental de 2025 que la IA le complica los objetivos. Esa complicidad quedó a la vista en abril de 2025, en una conferencia sobre IA en Washington. Doug Burgum, secretario del Interior de Trump, criticó lo que llamó la agenda climática extremista de Silicon Valley y elogió el carbón. Ruth Porat, presidenta de Google y Alphabet, respondió que su discurso le parecía fantástico y que, para aprovechar la IA, hace falta la energía que la haga funcionar. Ahí estaban, sentados uno junto al otro, la tecnología, los combustibles fósiles y el Estado, las tres patas del taburete de Klein.
Los números detrás de esa escena los puso Kairos Fellowship, una investigación independiente que el libro cita y que calculó que las emisiones de Google subieron 65 % entre 2019 y 2024, y no 51 % como informó la empresa. Solo entre 2023 y 2024 crecieron 26 %.
Las autoras marcan un día simbólico a fines de octubre de 2025. Bill Gates difundió un memorando que quitaba gravedad al riesgo climático, el huracán Melissa arrasaba Jamaica y OpenAI completaba su conversión en empresa con fines de lucro, con Microsoft como dueña de 27 % de las acciones. Allí terminó, dicen, la etapa en que las tecnológicas decían salvar el mundo. Empezó la de devorarlo.
A fines de agosto de 2026, en plena campaña legislativa, Donald Trump exigió por redes que las comunidades dejen «reinar a los datos», y advirtió que quien se oponga terminará «atrasado y pobre». La frase provocó una revuelta hasta dentro de su propio partido, una encuesta de comienzos de septiembre encontró que siete de cada diez estadounidenses rechazan estas instalaciones cerca de su casa.
