
DDC
A mis 65 años de exilio de mi agonizante país, Cuba, el actual portavoz oficial es un personaje al que llaman burlonamente «El Singao» y no es más que lo que mi padre, con aquella expresión tranquila y triste del más profundo desprecio, llamaba «un pobre diablo». Con ese sujeto se proyecta aún la faz siniestra de un régimen de pobres diablos inaugurado hace casi siete décadas por el mayor de ellos, FC, cuyas iniciales me suscitan inevitablemente la asociación latina fex, fecis, la escoria que ha vertido y por vía hereditaria sigue vertiendo sobre el pobre pueblo cubano. A la merced de tales «singaos» y repartidores de heces, somos en verdad un pobre pueblo.
El adjetivo «pobre» aplicado a la Cuba actual indica algo mucho más tóxico y más degradante aun –si cabe– que la pobreza generalizada que allí se vive: es la muerte del alma, el robo de la dignidad humana, el mal en su forma más obsesiva y (b)anal, a la luz de Sigmund Freud y Hannah Arendt. Es un pueblo al que se han empeñado en convertir —miedo mediante— en una nación obligada a asentir irreflexivamente o, de plano, contra su voluntad; a hacer bulto en apoyo de una cúpula hipócrita y militares corruptos prestos a empuñar las armas contra sus compatriotas para mantener sus prebendas (y que en última instancia podrían ser llevados a empuñarlas contra sí mismos, tal como lo hicieran los numerosos partidarios suicidas que osaron, en los albores de la capciosa revolución y en distintas etapas de la dictadura castrista, a ver la realidad de frente) o, lo más probable, listos a cambiarse rápidamente de bando. Esos pobres diablos aduladores del poder consiguen sacar a miles de personas a la calle en apoyo de su discurso de trapo con un gesto de la mano, un tono de voz, un lema omnipresente que las atormentarán hasta en sus horas más íntimas. Y de no acatar o —peor— manifestarse en contra, las condenarán como si nada a 20 años de prisión.
El último ensayo de mi libro Devoraciones. Ensayos de periodo especial (Almenara, 2016) terminaba en una aporía (ya no sé si el acento era escéptico tratando de ser esperanzador o viceversa) con una invocación a los dioses griegos, apelando a una imagen mitológica de reconocimiento, perdón y sanación por medio de la figura de Ifigenia, una puerta abierta a algún bondadoso deus ex machina experto en artes de magia: escapismo, mutación.
Sin embargo, como era más bien previsible, aquella patológica estirpe ha seguido colocándose estratégicamente en el poder, siendo los nuevos pobres diablos igual de despreciables y el pobre pueblo cada vez más pobre: un pueblo apagado no solo de luz (eléctrica y espiritual), sino de energía vital, privado de comida, de libre arbitrio, de inspiración. Incluso en sus puntuales protestas, ha sido una y otra vez aplastado con creciente violencia, con verdadera saña. «Morir o morir» es la consigna dirigida al pobre pueblo en boca del pobre diablo de turno, al que ahora se suman a coro el decrépito heredero dinástico y su séquito de hijos, sobrinos y nietos cortados por el mismo patrón incombustiblemente cínico. Pues, a estas alturas, a ellos tampoco les queda otra alternativa que no sea morir o matar.
Surge entonces del caos global un deus ex machina, no el imaginado al final de aquel ensayo, sino uno real y poderoso, que en su frenética hubris lanza amenazas, alardes de vindicación y cambio radical en un pobre país que no es el suyo. El pobre pueblo oprimido se ilusiona pero permanece incrédulo; el próspero —y también pobre— pueblo exiliado se ilusiona y lo da por hecho. Todos, en alguna medida, olvidan la arrogancia fatal del narcisista; deniegan o ignoran la fatuidad de los dei ex machina. «Muerte o muerte» parece ser también el lema, el grito planetario de este insólito avatar de los dioses olímpicos en su órbita azarosa de ruleta rusa. Henos nuevamente ante la aporía, el dilema indecidible. Solo me atrevo a decir que es un deus ex machina de mucho cuidado, como la perla de Rosalía.
Nueva York-Viena, mayo-junio de 2026
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Ya no tienen apoyo de Rusia ni China ni Europa, al mariconazo Raúl le quedan 2 telediarios, se murió Ramiro Valdés, el pueblo no tiene comida ni agua potable ni electricidad ni medicinas, hay un presi en EEUU decidido a acabar con esa mierda de gobierno. Ahora sí a esa mafia de asesinos y ladrones le queda poquito