Mizoguchi y el alma femenina
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Mizoguchi y el alma femenina

Imagen del filme La señorita Oyu (Kenji Mizoguchi, 1951).

Imagen del filme La señorita Oyu (Kenji Mizoguchi, 1951).
Foto: Tomada de Mubi

Junto a Akira Kurosawa, constituyó Kenji Mizoguchi uno de los primeros cineastas nipones en ser conocidos en Occidente y en ser tratados como autores. Ambos, al lado de Yazujiro Ozu, conformarían la tríada histórica más reverenciada, homenajeada y citada por sus colegas europeos y americanos.

El Festival de Venecia lo impulsó, merced al Premio Internacional otorgado a su Vida de O–Haru, mujer galante (1952), inicial de una permanente estela de lauros en dicha cita cinematográfica mundial.

La obra de Mizoguchi (fallecido el 24 de agosto de 1956, hace setenta años) se distingue por varios rasgos, entre los cuales sobresalen la plasticidad de sus espacios dramáticos, la expresividad de sus puestas escenas y la inspiración en el tratamiento de la cámara: resultan modélicos su uso de las tomas largas y del plano–secuencia.

Entre los rasgos básicos, desde el punto de vista argumental, se sitúa su capacidad de acercarse a relatos sobre las mujeres, como pocos realizadores asiáticos de su época lo hicieron.

Las indagaciones en torno al carácter femenino fueron concebidas por sí, en pantalla, a través de personajes de entidad dramática y profundidad sicológica.

Especialmente ducho fue en plasmar el sufrimiento de ellas como consecuencia de un status quo, un imaginario patriarcal a grado sumo y un sistema social que las destinaba a ser víctimas de sacrificios personales rayanos en la inmolación, durante la etapa histórica que le tocó vivir al creador.

Quizá ese interés por darle visibilidad guardase relación con un pasado familiar que contempló la venta de su hermana a una casa de geishas por parte de un padre que la violentaba tanto a ella como a su madre. Esta última falleció cuando él solo era un adolescente. A la mujer, por tanto, lo unió desde temprano el amor, la compasión, el dolor y el respeto.

Cuentos de la luna pálida después de la lluvia (1953), acreedora del León de Plata en Venecia, resulta otro de los títulos remarcados suyos. El halo poético de su manera de entender y expresar la dramaturgia y la técnica cinematográficas halla en la película destinatario perfecto.

Dicho clásico del cine japonés, calificado además como una obra maestra de la pantalla mundial, deviene sutil parábola de Mizoguchi alrededor de la inasible conquista de la gloria y la felicidad, debido tanto a la misma naturaleza esquiva de los pináculos como a la naturaleza complicada de los seres humanos. Es un filme donde afloran la sugerencia y la emoción, con simetría ejemplar.

De 1954 es El intendente Sansho, merecedora de otro León de Plata en Venecia, esta vez al Mejor Director. Ríspido relato, todo el pesimismo que embarga al filme (por regla, ínsito en casi todo Mizoguchi) no le impide apostar por un universo de justicia donde prime la igualdad entre los seres humanos.

Nominado al León de Oro al Mejor Director, La calle de la vergüenza (1956), el opus postrero del autor japonés va, en la línea de sus antonomásicos filmes dedicados al sexo femenino, sobre la condición de un grupo de prostitutas, visto ello desde una cruda posición de análisis del fenómeno.

En el año del estreno de este último largometraje fallece Mizoguchi, quien naciera el 16 de mayo de 1898 y contase con una extensísima trayectoria creativa iniciada en el cine silente, la cual diese cabida a 89 títulos.

El firmante de Historia del último crisantemo (1939), maestro del blanco y negro cinematográfico, dejó una estela de filmes imborrables y la posibilidad de encontrarnos con formidables aproximaciones a distintos períodos históricos del Japón, país del cual en varias de sus obras este señor pareciera erigirse en una suerte de conciencia moral que objeta convencionalismos y taras.

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