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«Antes que nada, toco para mí. Si hay gente que viene a escucharme, mejor» (1971). El 26 de mayo de 2026, Miles Dewey Davis III habría cumplido cien años. El centenario del trompetista y compositor estadounidense (1926–1991) activó una programación global, desde conciertos sinfónicos en Brooklyn hasta retrospectivas en Madrid, Chicago y Los Ángeles.
La propia herencia de Davis, presentó el pasado 30 de marzo The Voice of Miles: A Symphonic Celebration, un proyecto que mezcla grabaciones aisladas de su trompeta con nuevas orquestaciones. La audaz propuesta exhibió una nueva experiencia orquestal e inmersiva en vivo. Se estrenó el día exacto de su cumpleaños, en el National Sawdust de Brooklyn .
A cien años de su natalicio, la industria volvió a reconocer a un músico que cambió de estilo cada vez que el jazz amenazaba con acomodarse.
Miles Davis llegó a Nueva York en 1944 para estudiar en Juilliard, pero abandonó pronto las aulas para tocar con Charlie Parker, el saxofonista que lideraba la revolución del bebop.
Allí aprendió el oficio a golpe de noche y heroína, una adicción que arrastró durante los 50 y abandonó. De esa experiencia no salió un músico arrepentido, sino uno más selectivo.
Davis no inventó el jazz, pero si lo desmontó y lo volvió a armar tantas veces como consideró necesario. Lo hizo con el cool a finales de los 40, con el jazz modal a finales de los 50, con el hard bop y, sobre todo, con la fusión del jazz y el rock a finales de los 60.
Cada uno de esos giros generó rechazo entre los puristas y, con el tiempo, se convirtió en material de estudio obligatorio.
Fue el músico más popular del jazz durante esos años quitándole ese lugar al mismísimo Louis Armstrong, el Padre del Jazz.
Su disco Kind of Blue (1959) se considera el álbum de jazz más vendido de la historia, señaló a su vez, de manera acertada, la cadena de noticias BBC. «Quienes lo habían criticado por haber «comprometido» el jazz con el rock, quedaron sin argumentos convicentes».
La lista de músicos con los que trabajó es, en la práctica, un mapa del jazz de la segunda mitad del siglo XX. El saxofonista John Coltrane, el cantante Billy Eckstine, el pianista John Lewis, el saxofonista barítono Gerry Mulligan, el baterista Kenny Clarke, el vibrafonista Milt Jackson, son solo algunos de los nombres de su larga lista profesional.
Precisamente, la relación entre Davis y Coltrane y la coincidencia de sus centenarios protagonizará la programación del festival JazzMadrid, en España, que se extenderá del 2 de octubre al 30 de noviembre.
Yo no hago rock ni jazz porque ambas son definiciones blancas; yo hago música negra y la hago según el día en que vivo, sin alienarme con reminiscencias pretéritas, afirmó en una ocasión, a decir del diario La Vanguardia.
La influencia de Davis no se limita al jazz. Su manera de entender el silencio como parte activa de la música, su uso del espacio y su rechazo a la ornamentación excesiva anticiparon formas de componer que después adoptaron el rock, el hip-hop y la música electrónica. «Siento la necesidad de estar cambiando todo el tiempo».
Sin embargo, la vida de este príncipe del jazz no estuvo exenta de malas decisiones y controversias. Era, según sus propios biógrafos y colegas, un líder exigente y a menudo brutal, y al mismo tiempo, encantador y preocupado por su equipo de trabajo. Sus episodios de violencia doméstica hacia algunas de sus parejas y su etapa de contacto con las drogas están documentados en su autobiografía y en varios trabajos académicos.
Reconocerlo no resta mérito a su música, pero sitúa al personaje en una dimensión más compleja que la del genio intocable.
El centenario de Miles Davis es, por tanto, la constatación de que este músico nacido en una familia de clase media de Illinois, que estudió trompeta desde los 12 años y que murió a los 65 por una combinación de neumonía, insuficiencia respiratoria y un derrame cerebral, sigue siendo hoy una referencia ineludible.
Cien años después de nacer, sus discos se reeditan, sus conciertos se recrean y su música sigue siendo de las más escuchadas del género.
La reflexión que él mismo dejó sigue flotando y genera opiniones diversas: «¿Jazz, rock, underground, clásico? Me niego a compartimentar los géneros. No es así como contemplo la música. Parto de una base completamente diferente. (…) Nunca decido qué tipo de música voy a tocar, sencillamente porque nunca he pensado que la música se divide en diferentes categorías».

