El único productor genético de carneros de Mayabeque tiene una finca donde integra el pastoreo de ovinos con la producción de mangos
Bien merecido tiene el sobrenombre de Miguelón. El hombre es alto, fornido y con una voluntad, entereza y nobleza, digna de los buenos campesinos cubanos.
Conoce cada uno de sus ovinos y a todos les lleva un registro y pone un alias. Se detiene frente a los potreros y con solo llamar al cabeza de la manada, este levanta la cabeza, echa las orejas hacia delante y va en busca del dueño. Detrás sigue el resto del rebaño.
Cuando entras a la finca Los Mangos de Miguel Alfonso Pulido, en los límites entre La Habana y Mayabeque, parece que llegas al paraíso.
Todo está organizado, desyerbado, limpio. La bienvenida te la dan las cercas vivas, creadas con cardona y otras especies. Ellas delimitan áreas de manera armónica y natural. Allí pasta la masa de animales, bajo frondosos árboles que le dan nombre al sitio.
Son tierras de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Nelson Fernández, del municipio de San José, en la provincia de Mayabeque.
En esa zona logran una de las mayores producciones de mango de alta calidad del país. La mayoría está destinada a la cercana Empresa Agropecuaria Bacuranao, del municipio capitalino de Guanabacoa.
Criador genético
En la sala de la casa de Miguel Alfonso hay un cuadro bastante grande donde exhibe las medallas de los premios alcanzados por su labor. Entre ellos está el de Campeón de Campeones, la máxima categoría otorgada en la Feria Internacional Agropecuaria, celebrada periódicamente en el Recinto de Rancho Boyeros, en La Habana.
También tiene Primer y Segundo lugares, Reservado Campeón. Todos logrados con los más de 20 carneros llevados a distintas ediciones del certamen.

El productor es el único criador genético de esa rama, en la provincia de Mayabeque. Aporta sementales para gran parte de la nación. La especie principal es el Rojo Cerezo Pelibuey.
En las mañanas, cerca de la casa, las madres reúnen a los recién nacidos. Desde muy pequeños se les ve la estirpe de sangre pura: por el color, las energías y el pelo. A algunos, aun les colgaba la tripa del ombligo.
Al hablar del ganado menor, Miguelón dice:
“Cuando nacen, los tatuamos, pesamos. Al destetarlos los volvemos a llevar a las básculas, los identificamos en las orejas. Además, llevamos una tarjeta con todos los registros de la madre y el padre”.
–¿Qué cantidad de animales tienes?
–Ahora hay seis padrotes, 14 en desarrollo: esos ya están grandes. También otros 16 jóvenes, 54 madres y más de 40 crías. Ayer desteté 22 de estos pequeños.
–¿Criarlos es muy complicado?
–Es dócil el trabajo. Es importante tratarlos con cariño. Pero siempre con “mucha vista”, atenderlos en todo momento. Estar pendientes de las amenazas de los bichos, revisarle los cascos.
“Uso el sistema silvopastoril. Los pongo a pastar en las arboledas. En el tiempo de seca les suministro plantas proteicas sembradas por mí, como el kingrás, la leucaena, la trichanthera y la caña de azúcar. Lo muelo todo en la máquina forrajera.
“Voy avanzando. Para la próxima campaña tengo sembradas morera y titonea.
“Les estoy haciendo un pienso criollo, con maíz, soya y palmiche. Todo logrado aquí.
“Tengo alianzas con centros científicos. Me ayudan con la inseminación artificial, la colecta y extracción de embriones. Soy el único productor particular al que han hecho ese trabajo en la propia finca.
–¿Y en el caso de la veterinaria?
–Medicamentos no hay. Hay que comprarlos en la calle. He aprendido mucho. Poco a poco te vas capacitando. El animal cuando necesita el tratamiento, debes estar listo para hacerlo en ese momento, nunca esperar a después.
A nuestro lado, mientras conversábamos, merodeaban algunos perros criollos.
¡Carburo, Guaso!, gritaba una muchachita desde el portal de la casa.
Uno de ellos nunca se separaba del dueño, aunque este lo espantara.
“Ellos me ayudan a recoger a los carneros. Este es Tobi. Tú lo mandas y él sabe qué hacer. Los demás, cuidan la finca. Cuando aparece un extraño, empiezan a ladrar”.
Las labores Miguel las comparte con su esposa Elianys Aliva Camejo y las niñas Erika y Emily. Estas últimas son quienes adiestran a caminar con jáquimas a los animales durante tres meses antes de exhibirlos en las pistas de rodeo. Les enseñan a pararse, las poses.
“El animal no sabe de soga, ni nada de eso, debemos enseñarlos”, apunta el dueño.
Llegar a esos predios es un poco complicado, pero preguntas por Miguelón y quizás te indiquen el camino algunos de los niños y mujeres que van cargando cubos, cubetas y pomos de agua por toda la carretera desde El Molino Rojo hasta las comunidades de Pedro Pi Nuevo y Santo Cristo. Ellos llevan meses sin recibir el líquido y deben acarrearlo en los hombros.

Mangos para minindustrias
Además de los carneros, otro de los aportes fundamentales de la familia es la cosecha de mango de clase. Quisimos llegar a tiempo para esa etapa, fue imposible debido al conocido déficit de combustible este año.
“Se están echando a perder los frutos, periodista, ya ni los carneros los quieren comer. No hay cómo llevarlos al mercado”, nos decía por teléfono el campesino con frecuencia en los meses de junio y julio.
Dispone de 3.11 hectáreas propias. Por sus buenos resultados le concedieron en usufructo otras 5.8.
Para el autoconsumo siembran frijoles, plátanos y hortalizas.
“El mango lo destino principalmente a las minindustrias, la Empresa de Acopio casi nunca puede comprarlo, por la falta de combustible y transporte. Los últimos años vendí los frutos a la Comercializadora de Bacuranao.
“Cuando puedo los llevo yo mismo a la fábrica, pero en el pico de la cosecha pierdo mucho. Eso es algo de lo cual siempre hablo en las reuniones y encuentros en la cooperativa y otros lugares. Estamos dejando de aprovechar todo lo producido, con los precios tan altos en el mercado.
“Hay quienes me dicen, alquila un camión y llévalos para La Habana, pero cómo si no tengo ni el medio de transporte, ni el petróleo para eso”.
El paisaje es divino. Cuando fuimos estaban los árboles florecidos y combinaban con las palmas reales en una danza guiada por la brisa fresca.
En un bajío permanece serena una micropresa. Pequeñas elevaciones la rodean, siempre coronadas con los penachos del árbol nacional.
Hacia cualquier lugar que mirabas parecía estar viendo una postal. Imágenes logradas, gracias al esfuerzo cotidiano de una familia heredera del arresto, laboriosidad y la bondad de sus ancestros.




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