Más allá de La Farola: La noche del torpedo
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Más allá de La Farola: La noche del torpedo




 

Esa oscura noche en las proximidades de Miami, Armando, el sirviente de a bordo, no tenía sueño. Caminó por cubierta con algún mal presagio en su cabeza. Oteó el horizonte, pero la negrura no le permitía ver más allá de las espumosas aguas que desplazaba el Samá, vapor de 50 metros de eslora dedicado al tráfico bananero entre Baracoa y La Florida.

Era 9 de mayo de 1942, época en que los cañones tronaban prepotentes en la Europa sacudida por la Segunda Guerra Mundial. Dos días antes, con 24 000 racimos de plátanos en sus bodegas, el buque había abandonado las tranquilas aguas de la bahía de Baracoa y puesto la proa rumbo a Punta de Lucrecia, para de ahí enfilarla hacia Cayo Lobo, en Las Bahamas y seguir su curso norte en busca de Estados Unidos.

Armando Martínez Carcasés mentalmente calculaba en treinta o cuarenta millas la distancia hasta el puerto. Se dirigió despacio a la nevera y tomó una manzana que luego comió lentamente, tendido sobre su cama. Tenía la vista clavada en el techo del camarote y los malos augurios no abandonaban su cabeza.

Trató de alejar los presentimientos sumiéndose en los recuerdos de su cotidiano vivir en el tibaracón formado entre el río Macaguanigua y la bahía de Baracoa, donde siempre había cinco o seis buques cargando banano, porque la zona podía considerarse el emporio bananero del Caribe, hasta que apareció la sigatoca o no se sabe que otra enfermedad y comenzó a diezmar las plantaciones.

A la mar lo trajo el primo, cocinero del Samá, que un día ya perdido en la memoria lo subió a bordo para que lo ayudara como sirviente. Al capitán le gustó su trabajo y al siguiente viaje lo contrató, ahí cambió el curso de la vida y unas veces de sirviente y otras de ayudante de engrasador, comenzó a conocer el mundo: México, Puerto Rico, República Dominicana, Haití, con la legendaria miseria de ese pueblo, y los Estados Unidos, receptor de los bananos.

Trajinaba sus recuerdos cuando una conmoción descomunal lo arrojó del lecho. Corrió desesperado a la cubierta para comprobar con terror que el barco estaba partido al medio, atravesado por un torpedo de un submarino fascista. Soltaron los pescantes y el bote salvavidas cayó al agua. Ya Armando y otros tripulantes nadaban hacia él e instantes después remaban frenéticamente huyendo del remolino que se tragaba en sólo siete minutos el vapor de tantos viajes.

Eran las cuatro de la madrugada y nerviosos buscaban el submarino. Nunca lo vieron, pero intuyeron que era alemán, pues ya habían sucedidos desmanes similares en el Atlántico con mercantes como el Sancurve, y los cubanos Baracoa, Manzanillo y Santiago de Cuba.

Cinco horas después, los catorce tripulantes del Samá eran rescatados por un mercante inglés, y finalmente fueron llevados a Jacksonville, sede de la Suani Fruit Company, para la cual cargaban el banano.

Armando(1) logró recuperarse del susto, lo que no pudo conseguir fueron los pantalones dejados en el barco: aún estaba en calzoncillos.

(1) Armando Martínez falleció en el año 2000, ocho años después de haber narrado sus recuerdos de la noche del torpedo.

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