El ciclón arruinó la finca, pero nunca derrumbó el arrojo de María Elena Cabrera Cabrera y su familia, quienes comenzaron de cero, hace cuatro años, en Pinar del Río
La niña tiene cinco años. Se llama Salet. Dejó a un lado su juguete y se puso a escuchar encima de una mesa las explicaciones de la madre acerca de las clasificaciones del tabaco de la clase Sol, dividido en “torcenas” o “quincenas” secas, ligeras y boladas.
Mientras hablaba, la madre acariciaba las hojas color café y de aroma peculiar. La muchacha es una de las 20 trabajadoras contratadas por María Elena Cabrera Cabrera, en la escogida levantada en la finca, que lleva su nombre.
La heredó de los abuelos y padres. Hoy sus resultados, repercuten en buenos salarios del personal y la alimentación de la comunidad. Sus muchachas habían acabado de comprar una jaba con 10 libras de arroz, ajo, malanga, boniato, aceite y harina de maíz, a precios diferenciados. Además, tienen excelentes sueldos y almuerzo.
Hace cuatro años fue necesario comenzar de cero; los intensos vientos arrasaron con todo. Algo acostumbrado para las mujeres y hombres de la zona, quienes reciben con frecuencia azotes de ciclones.
La casa es la misma donde nació, aunque ahora renueva paredes.

“Yo me senté donde estaba el portal y me puse a llorar, porque todo había quedado peladito. Podías ver hasta el final del monte aquel. La noche del 26 de septiembre del 2022 nuca la podré olvidar”, cuenta la propietaria.
Imposible imaginarse el esfuerzo para hacer renacer las casas de curado y la cochiquera. Hoy tiene 60 reproductoras. Son enormes. Alimentadas con el pienso entregado por Tabacuba, a partir de un convenio con la entidad. Ellos le aportan la comida y ella les paga con carne. Empezó con 10 madres y poco a poco fue creciendo la cría.
Esa mañana, uno de los 12 cerditos de un parto, había salido del corral.
–¡Raúl, ven a ponerlo donde va!, gritó la dueña y el muchacho supo a qué corral devolverlo. Es uno de los cuatro hombres a cargo de la cochiquera.
La finca de María queda en el municipio de Pinar del Río, de esa provincia. La dueña tiene 39 años de edad. Es licenciada en Derecho y fue cinco años fiscal de la localidad.
Además de las labores en la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Gilberto Barcón, se desempeña como especialista en control de la tierra de la Empresa Tabacuba.
“Me gusta esa función, porque nos encargamos de entregar las áreas a quienes de verdad las van a trabajar”, comenta.
“Mis padres me exigieron tener una carrera; luego regresé a mi terruño. Realmente nunca me fui de aquí”, sentencia y sonríe. Lo hace a menudo.
“Para recuperar los bienes, sembramos posturas de col en un área. Con esa venta pagamos la primera casa de curar tabaco. Ya tenemos cuatro levantadas y ahora quiero hacer otra más”, acota, en intercambio con Félix Duartes Ortega, presidente de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).

Tiene en explotación en la CCS cuatro hectáreas propias y 16 en usufructo, y quiere seguirse extendiendo.
“Yo no me voy a parar”, explicó, antes de presentar a uno de sus dos hijos varones. Este tiene 16 años. Es alto, delgado. Pretende quedarse trabajando en el campo con la familia. Además, María Elena tiene dos hembras. “Ellos son mi retaguardia”, revela.
Cuando llega a la vivienda, casi siempre va directo a la escogida a ver cómo van las cosas y asegura que es mejor beneficiar uno mismo el producto, porque los resultados son más favorables, “defiendes” la calidad del tabaco y también el ingreso económico.
Este año sembró ocho hectáreas de la variedad Sol y una de tapado. Cuando les visitamos aún estaban en la etapa de beneficio, aunque esperaban buenos resultados.

Benito Echevarría Vargas, por ser un veguero de experiencia está al frente de una brigada y argumenta la trascendencia de hacer una buena selección, y así asegurar un producto exportable.
Van y vienen quienes cumplen distintas funciones en una finca donde las producciones están diversificadas, porque atienden las vegas, cerdos, peces y cultivos varios.
Hace poco, María preparó junto a la ANAP un encuentro con muchachitos de la casa de niños sin amparo familiar y con frecuencia exhibe experiencias en intercambios con mujeres creadoras.

“Cuando vienen las compañeras de la Federación, se sorprenden, porque yo les anuncio algunos de mis planes, pero ellas encuentran muchas más cosas hechas”, asegura.
Luego confiesa: “Centavo a centavo, minuto a minuto la familia está pensando siempre qué debemos hacer en la casa, o en la vega. El secreto está en recuperarte, invertir y seguir pa’lante”.
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