Hay rutinas aparentemente insignificantes que pueden salvarnos, como el lavado de las manos.
Es una de las medidas más sencillas y eficaces para prevenir enfermedades porque las manos entran continuamente en contacto con superficies, alimentos, personas… y pueden convertirse en vehículos para la transmisión de gérmenes.
Por eso, la higiene de las manos constituye una herramienta fundamental de salud pública, tanto en la vida cotidiana como en los centros sanitarios.
Conviene lavarlas con agua y jabón antes de preparar o consumir alimentos, después de ir al baño, tras limpiar a un niño o atender a una persona enferma, y siempre que estén visiblemente sucias.
Cada 15 de octubre se celebra el Día Mundial del Lavado de Manos, una iniciativa promovida en 2008 por la Alianza Global para el Lavado de Manos con el propósito de extender dicha práctica y recordar su contribución a la salud pública.
La primera celebración movilizó a más de 120 millones de niños en 73 países, que participaron en actividades destinadas a promover el lavado de manos con jabón. Desde entonces, la jornada se ha convertido en una oportunidad para impulsar campañas educativas, involucrar a las comunidades y reclamar mejores condiciones de higiene.
De las mejores barreras
Unas manos limpias pueden convertirse en una barrera eficaz frente a numerosas enfermedades infecciosas. El lavado con agua y jabón ayuda a prevenir enfermedades diarreicas, incluidas las causadas por norovirus y contribuye a reducir la transmisión de infecciones respiratorias, como la gripe.
También disminuye el riesgo a contraer algunas infecciones oculares y enfermedades transmitidas por alimentos contaminados, entre ellas las provocadas por Salmonella.
Foto: tomada de unicef.org
En lugares donde las condiciones sanitarias son deficientes, este hábito adquiere especial importancia, pues contribuye a interrumpir la circulación de microorganismos que pueden afectar con mayor gravedad a los niños pequeños y a las personas vulnerables.
Segundos que cuentan
Lavarse las manos correctamente requiere agua corriente y jabón, además de entre 40 y 60 segundos para completar todo el procedimiento. Primero, hay que mojarlas y aplicar jabón; después, frotar las palmas entre sí, el dorso de cada mano, los espacios entre los dedos, el dorso de los dedos, los pulgares y las puntas de los dedos, incluidas las uñas. A continuación, se enjuagan bien y se secan con una toalla limpia o servilleta.
La fricción es esencial para desprender la suciedad y los microorganismos; pasar las manos rápidamente bajo la llave, o solo verter sobre ellas un chorrito de agua, no equivale a lavarlas.
Infografía: tomada de argentina.gob.ar
Cuando no se dispone de agua y jabón, un desinfectante de manos con al menos 60 % de alcohol puede ser una alternativa temporal. Sin embargo, no elimina todos los tipos de gérmenes ni sustituye al lavado cuando las manos están visiblemente sucias.
Un derecho que necesita condiciones
Convertir este hábito en una práctica universal exige algo más que información. Millones de personas viven sin acceso regular a agua y jabón o carecen de instalaciones adecuadas para mantener una higiene básica. Por eso, promover el lavado de manos también significa el acceso al agua potable, al saneamiento y a condiciones dignas de vida.
En definitiva, las manos limpias no son solo una cuestión de responsabilidad individual, constituyen también una conquista de la salud colectiva. En este mundo donde las enfermedades pueden propagarse con rapidez, unos segundos dedicados al agua y al jabón representan una inversión mínima con beneficios que alcanzan a toda la comunidad.

