La historia oficial de Cuba suele ser un mausoleo de hombres a caballo. Pero hubo partes de la guerra que no se escribieron con pólvora, sino con manos femeninas tras los discursos más incisivos contra la metrópoli. Así, Magdalena Peñarredonda Dolley, nacida en Mariel el 22 de julio de 1846, fue lo que su época odiaba: una feminista combativa.
Destacó por ser la primera mujer de Cuba en fungir como delegada del Partido Revolucionario Cubano en una provincia: Pinar del Río. No es un detalle menor, sino un logro para una época donde el voto femenino no era posible. Magdalena, conocida como «la de indomable verbo», «La Delegada» o «La Generala», cortaba en su labor de justicia fiscal con faldas, todo intento por frustrar las ideas independentistas.
Su prestigio fue tal que Antonio Maceo le otorgó grado de comandante, siendo la única mujer cubana con ese rango en la Guerra Necesaria. No solo el Titán de Bronce quedó admirado por su entereza. José Martí la conoció en Nueva York tras el exilio de 1888 y no pudo evitar dedicarle, en su tributo, un ejemplar de Versos Sencillos. En ellos la llamó «modelo de paciencia y de patriotismo». Por supuesto, paciencia no es sumisión.
Su pluma a resguardo de la censura bajo seudónimos masculinos —Maine, Benito Gómez o Máximo Juárez—, se transformó en el medio acusador contra el abuso de poder y la corrupción. Denunció fenómenos de su tiempo como la Reconcentración de Weyler, la Enmienda Platt, los gobiernos de turno y la dictadura de Gerardo Machado. En 1888 fue procesada por su labor en El Criollo y forzada a huir a Estados Unidos.
Durante la guerra, cruzó en numerosas ocasiones la Trocha de Mariel a Majana con la correspondencia para el general Maceo bajo su cuidado. Fue apresada en la Cárcel Nacional de La Habana el 4 de abril de 1898, donde se convirtió en líder y defensora de los derechos de las mujeres reclusas. Se negó a salir en libertad gracias a la caridad de las esposas de oficiales españoles, pues lo consideraba una traición a sí misma.
En el período de la República, su hogar sirvió de asilo a intelectuales del grupo minorista, combatientes del Movimiento de Veteranos y Patriotas y organizadoras del primer congreso nacional en el año 1923. Defendió el sufragio femenino desde sus columnas en La Noche. Es conocida por sus artículos Epidemia morbosa y Ráfagas de verdad. En su obra queda evidenciada la profunda labor periodística que llevó como corresponsal.
Cuba la requería como fragua para la lucha por los derechos de todo un pueblo, en especial, las mujeres. Peñarredonda fue la mano firme que alzaba pedestales para las cubanas, la fuerza impulsora que las subía al altar del coraje, la valía y la memoria. Entendió que la independencia de un país no se completa si las mujeres, hijas y heroínas de la nación, son relegadas a las sombras.
El empoderamiento femenino es recurrente en la actualidad. Para su exploración conviene mirar atrás, a la Cuba del siglo XIX, donde Peñarredonda luchó. Pues era el dedo acusador que hacía temblar al corrupto y encarnaba los paradigmas dignificadores de la patria cubana.
Magdalena falleció en Artemisa, en septiembre de 1937, a los 91 años.
A través de caminos diferentes, los de la pólvora y la tinta, logró desafiar las normativas de su época y transmitió una máxima imperecedera: la patria no es una tierra que se defiende solo con balas, sino también, un relato que se salva con personas como ella «de letras tomar».
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