Madre trabajadora cuenta que depende de sus vecinos para comer en un «llega y pon» de La Habana

Adiuska Suárez Morton, una madre que trabaja como empleada de limpieza en un hospital habanero relató a CubaNet cómo intenta sobrevivir con su hijo pequeño en un asentamiento informal del municipio de Marianao, donde el salario, el cuidado infantil y la falta de agua se combinan en una ecuación que no cierra.
La mujer vive con su hijo de tres años en una pequeña casa de madera que compró con sus ahorros tras trasladarse desde Guantánamo para comenzar de nuevo.
«Vivo en una casa de madera, pero como quiera es mi casa. Estoy luchando aquí sola», declaró.
Su salario mensual es de 20.000 pesos cubanos, una cifra que casi triplica el salario medio nacional —situado en 7.354 CUP en agosto de 2026, equivalente a unos nueve dólares al cambio informal— pero que resulta insuficiente ante el costo real de la vida.
«Gano 20.000 pesos, que no me dan para mucho porque todo ha subido de precio», explicó.
De ese ingreso, destina 4.000 CUP mensuales al cuidado del niño mientras trabaja, un gasto que no cubre la alimentación del menor durante la jornada.
«Además tengo que llevarle sus panecitos, la comida, un jugo o yogurt, lo que sea para que él se alimente», añadió.
El Cuba Capacity Building Project estimó en mayo de 2026 que una persona necesita unos 96.000 CUP mensuales para cubrir necesidades básicas, más de cuatro veces lo que gana esta trabajadora.
«Estoy pasando cantidad de trabajo con los precios tan altos como están, es para volverse loca», resumió.
Sin agua y sin tanque
Una de las carencias más urgentes en su vivienda es el acceso al agua.
Sin tanque para almacenarla, recurre a los vecinos para conseguir el líquido que necesita cocinar, limpiar y atender al niño.
«Aquí estamos pasando mucho trabajo con el agua. Tengo que buscar agua en casa de algunos vecinos y no tengo tanque, tengo que llenar las vasijas que encuentre para poder guardarla», detalló.
Marianao es uno de los municipios más afectados de la capital por la crisis hídrica: una residente denunció en julio que su comunidad llevaba 12 días consecutivos sin agua potable.
A escala nacional, el régimen admitió en octubre que 2,5 millones de cubanos tienen afectado el suministro, y Human Rights Watch documentó en julio que en algunos barrios habaneros el agua corriente llegaba solo una vez cada 10 o 20 días.
Las fluctuaciones de voltaje eléctrico agravaron aún más su situación: las inestabilidades dañaron su televisor, un gasto de reposición que no puede asumir con sus ingresos actuales.
La solidaridad como red de supervivencia
Cuando el dinero no alcanza para comer, la red vecinal del asentamiento opera como último recurso.
«A veces los vecinos me ayudan a mí y yo los ayudo a ellos. Hace dos días yo no tenía nada de comer y la vecina me dio un poquito de potaje de frijoles», recordó.
Los asentamientos informales conocidos como «llega y pon» han crecido en distintos puntos de La Habana ante la imposibilidad de acceder a una vivienda formal. Cuba registra un déficit habitacional de entre 800.000 y 929.000 unidades y existen 961 barrios informales en el país, 513 de ellos sin reconocimiento oficial.
En esos espacios, las familias resuelven por cuenta propia los problemas de construcción, abastecimiento y servicios que en otros entornos dependen de infraestructuras estatales.
Para esta madre, la aspiración inmediata no es abstracta: seguir trabajando, garantizar la alimentación de su hijo y conseguir agua para las necesidades del hogar.
«Esto tiene que cambiar un día porque no es fácil esto», insistió, con una frase que no suena a consigna sino a la única certeza que le queda.
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